Alberto Campo Baeza, ayer durante la lectura de su discurso
Alberto Campo Baeza, ayer durante la lectura de su discurso - BELÉN DÍAZ

Campo Baeza: «He buscado y busco y buscaré la belleza hasta morir o hasta matarla»

El arquitecto vallisoletano ingresó ayer en la Academia de Bellas Artes con un hermoso discurso

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La suya fue una arrebatada declaración de amor a su profesión, la arquitectura, «la labor más hermosa del mundo». Alberto Campo Baeza (Valladolid, 1946) no se olvidó de nadie ni de nada en el discurso que pronunció ayer en su ingreso en la Academia de Bellas Artes. Recordó a su abuelo, arquitecto como él, y a su padre, que falleció el año pasado a los 104 años. Se acordó también de quienes, antes que él, tuvieron la Medalla nº 38 (Luis Moya, José Luis Fernández del Almo, José Luis Picardo...) Y de sus maestros: Javier Carvajal, Francisco Javier Sáenz de Oíza, Alejandro de la Sota y Miguel Fisac, a quienes dedicó este reconocimiento. Cree que los cuatro «deberían haber sido académicos de esta institución». En todos ellos supo ver el arquitecto un tipo de belleza: la belleza calva del trabajo de Sota, la belleza volcánica de Oíza, la belleza cincelada de Carvajal, la belleza rebelde de Fisac...

«Buscar denodadamente la belleza». Éste fue el título de su discurso, pero también una declaración de intenciones de su forma de entender la arquitectura:«En cada proyecto trato de conquistar la belleza con toda mi alma, con las armas de la razón y las de la imaginación. Cada nuevo proyecto ha sido y es para mí una ocasión de buscar y encontrar esa belleza». Por su disertación fueron desfilando Cervantes, Goya, Goethe, Platón, San Agustín, Santo Tomás, Zubiri, Zambrano, Zweig, Shakespeare, Keats... Advierte Campo Baeza que a la belleza en arquitectura se llega tras un trabajo riguroso y profundo, de la mano de la precisión y aparece cuando es capaz de trascendernos.

El arquitecto vallisoletano halla la belleza en una de las esculturas más hermosas de la Historia del Arte: «El rapto de Proserpina», de Bernini, un genio capaz de hacer que «el duro mármol de Carrara parezca blando, mórbido». ¿Hay mayor belleza que esa mano de Plutón hundida en el muslo de la diosa? Pero también la encuentra en la pintura abstracta, mística, de Rothko. Y en edificios como el Panteón romano («un extraordinario contenedor de belleza»), la Alhambra («otro dechado de Belleza») y el Pabellón de Barcelona de Mies van der Rohe («una arquitectura que ha conquistado la belleza para siempre»). Van der Rohe constituye, para él, junto a Le Corbusier y Frank Lloyd Wright, una santísima trinidad que aludía a la belleza como último fin de la arquitectura.

Anotó El Greco en un tratado de arquitectura de Vitruvio que había en su biblioteca: «¡Que la belleza lo abraza todo!» Una frase que bien podría resumir el trabajo de Campo Baeza: «He perseguido la belleza con denuedo. He buscado la belleza con ahínco. He andado tras la belleza desesperadamente. He buscado y busco y buscaré la belleza hasta morir o hasta matarla». En nombre de la Academia contestó este hermoso discurso el escultor y arquitecto Juan Bordes.