Yacimiento de Apamea, ciudad fundada por un general de Alejandro Magno, horadada por los saqueadores
Yacimiento de Apamea, ciudad fundada por un general de Alejandro Magno, horadada por los saqueadores - google

Coleccionistas sin escrúpulos financian desde Occidente al Estado Islámico

Los yihadistas han cambiado la destrucción total del patrimonio por la venta ilícita de las obras expoliadas en yacimientos de Mesopotamia y Siria

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Ha sido una constante durante las últimas semanas. Desde Irak y Siria han llegado testimonios escalofriantes y varias instituciones culturales internacionales, al igual que dirigentes políticos y varios servicios de inteligencia, han recabado los datos disponibles que dibujan una de las mayores catástrofes culturales de la historia. El autodenominado Estado Islámico (EI), que ha ido destruyendo los «ídolos de los infieles» mientras avanzaba por Siria y el norte de Irak, acaba de cambiar de política. El saqueo sistemático, la ocupación de museos y yacimientos tiene como nuevo fin vender piezas de miles de años de antigüedad en el mercado ilícito.

Los traficantes blanquean el origen de las piezas y ya se han detectado en subastas en Alemania y otros países, además de la venta directa a coleccionistas sin escrúpulos que, sabiéndolo o no, están financiando a los yihadistas. Las obras salen de la zona en conflicto por el sur de Turquía, Líbano e Irán. Pero nadie sabe la cifra real. Y ahora viene lo peor.

Hace dos semanas, oficiales de inteligencia iraquíes, según publicó «The Guardian», hallaron en un piso franco de uno de los dirigentes del EI más de 160 «pen drive» repletos de informes económicos que dibujan a la perfección la maquinaria financiera que sustenta el ejército yihadista. Entre ellos, llamaron la atención muchos relativos al tráfico ilícito de obras expoliadas en los yacimientos que controlan en sus dominios actualmente. Solo en una de las regiones de Siria, la cifra obtenida sumaba los 36 millones de dólares. La mala noticia es que el expolio se extiende.

La tragedia de Nínive

El pasado mes de junio, los yihadistas entraron en Mosul, una importante ciudad del norte de Irak. A su entrada, asaltaron, como suelen, el banco nacional y se hicieron con una gruesa suma, que aumentaron con las joyas y bienes de sus habitantes. También han destruido mezquitas y santuarios, centros de culto que les son ajenos. Los nuevos dueños de la ciudad publicaron un edicto (como los de los nazis al entrar en las ciudades polacas), cuyo decimotercer artículo declara que los «falsos ídolos» que están «contra el Islam» deben ser destruidos. Desde entonces las excavadoras no han parado de derribar, de día y de noche, templos, relieves y estatuas desde la de un poeta local a la tumba de un historiador amado por sus vecinos.

Nadie ha hecho caso a estos sucesos desde los últimos meses. Pero Mosul está rodeada por 1.791 yacimientos arqueológicos que, según testimonios llegados la pasada semana, han sido tomados y asegurados por los yihadistas. Frente a la ciudad moderna, al otro lado del río Tigris, se encuentra, por ejemplo, Nínive, la gran capital asiria de Asurbanipal y los grandes reyes que cita la Biblia. Y nada puede agradar más a estos combatientes que borrar de un plumazo la historia bíblica de Irak. La destrucción de este importante patrimonio no es un asunto que atañe a Irak sino a toda persona civilizada.

No hay medidas preventivas

A partir de ahora, piezas de las que lo más cabal que puede decirse es que son de incalculable valor serán objeto de la más insensata destrucción o almoneda. Según ha relatado la pasada semana, desde París, Qais Hussein Rashid, director del Museo Nacional de Irak, «la llegada de un grupo de terroristas a las instalaciones del Museo de Mosul supuso un shock brutal, llegaron sin previo aviso, y no dio tiempo de tomar medidas preventivas».

En efecto, en otros conflictos ha habido héroes que salvaban piezas principales del asalto de los saqueadores, como ocurrió en Bagdad. En Mosul no ha dado tiempo. Después de la venta de petróleo de los pozos del norte de Irak (incluso se lo venden al régimen de al-Assad) el saqueo de antigüedades está ya en la segunda fuente de financiación del EI. Antes de la toma de Mosul, «The Guardian» informó de una valoración de la caja de al-Baghdadí por parte de los servicios de inteligencia occidentales: 2.000 millones de dólares. Cerradas las cuentas en paraísos fiscales y otras vías tradicionales, el EI busca nuevas fuentes de financiación y los yacimientos de Mesopotamia, el origen de la civilización humana, están ahí.

Desde Irak se pide ayuda al mundo: Abbas Qureishi, director del programa de recuperación para el Ministerio de Turismo y Antigüedades, reconoce en «The daily beast» que no tienen medios para controlar la situación desatada en Mosul. «Ya no estamos hablando de museos. Mosul está situada en medio de 1.791 yacimientos arqueológicos, que incluyen cuatro capitales del imperio asirio. Así que el ejército iraquí se verá obligado a realizar operaciones junto a esos lugares. Los yihadistas destruirán y saquearán todo y dirán que fueron las bombas iraquíes». El panorama merece que la comunidad internacional se detenga a pensar si no debe impedir la destrucción de la cuna de la humanidad. Miles de tabillas con escritura cuneiforme han sido ya puestas en fuga de manera indetectable a través de las fronteras, pero las colecciones de un museo como el de Mosul, que llevaba años preparando su reapertura después de salvarse de las guerras del Golfo y la inestabilidad política iraquí de los últimos años, contiene legendarias colecciones, leones y toros alados de los grandes palacios de Nínive, como el «sin igual» del rey Senaccherib y relieves únicos de las construcciones de las capitales asirias que recuerdan -cómo no tenerlo en mente-, los bajorrelieves de la caza del león del Museo Británico.

Y quedan todos los objetos que aún no han aparecido en este infinito yacimiento de tres mil años de antigüedad, que nos pone en contacto con los tiempos del Antiguo Testamento. Todas esas piezas están en manos de quien quiere trocearlas, enturbiar su procedencia y ponerlas a la venta. Se sabe según testimonios procedentes de Irak que los dirigentes del EI imponen tasas (una mordida) a los saqueadores que quieren vender objetos de valor por su cuenta, aunque se supone que las tropas también realizan expolios igual que manejan el negocio del petróleo en la zona.

Falta que las instituciones culturales publiquen listas para comprobar el impacto de la desaparición o venta de obras en riesgo, una tarea que aún dista de ser terminada. El pasado 2 de noviembre Irina Bokova, la directora general de la Unesco, viajó a Bagdad y tuvo conocimiento directo de lo que está pasando. Denunció esta situación y pidió a la comunidad internacional que reaccione de inmediato: «No tenemos tiempo que perder, porque los extremistas están borrando nuestra identidad, porque saben que sin ella no hay memoria, ni historia».

No entendemos aún bien la gravedad de esta situación. La destrucción del pasado cuenta con la colaboración de compradores sin escrúpulos cuyo dinero financia, desde aquí, el reino del terror del EI. Ya no pueden decir que no lo sabían.