Rodríguez Frade, ante un audiovisual que recibe al visitante en el museo
Rodríguez Frade, ante un audiovisual que recibe al visitante en el museo - IGNACIO GIL

Rodríguez Frade: «Se ha quitado el olor a naftalina que tiene este tipo de museos»

El arquitecto responsable de la reforma del Museo Arqueológico Nacional desvela las claves de su ambicioso proyecto:«El público se va a divertir»

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Un museo del siglo XIX para el XXI. Ése ha sido el complicado reto del equipo de arquitectos capitaneado por Juan Pablo Rodríguez Frade, que no solo ganó en 2006 el concurso para reformar el Museo Arqueológico Nacional, sino también, en 2010, el de su museografía. Este arquitecto es ya un especialista en remozar y ampliar museos: Palacio de Carlos V en la Alhambra, por el que obtuvo el premio Nacional de Restauración; el Museo Sefardí de Toledo, el Municipal de Arte Contemporáneo y el de Historia, ambos en Madrid; el de Medina Azahara en Córdoba... Días antes de la reapertura del Museo Arqueológico Nacional, recibe a ABC para hablar de su proyecto más ambicioso.

¿Cuáles han sido los principales retos que planteó este proyecto?

–Desde el punto de vista de la arquitectura, lo más complicado era que la intervención se viera natural. Que si Francisco Jareño –arquitecto que lo creó en 1895– viera el museo, se sintiera cómodo, pues no se ha desvirtuado. Lo más complejo es lo que no se ve: las tripas del museo.

Acostumbrados a una arquitectura de marca, donde los arquitectos quieren que se reconozca sus obras a primera vista, usted no ha querido hacer un museo de autor...

–Claramente, no. Pero eso va con el estilo de cada cual. Mi arquitectura no está para eso. No tiene sello de autor, pero continúa en la línea de los museos que hemos ido haciendo: cogemos el aroma de los edificios antiguos y lo mantenemos. Que el visitante que añore el museo se identifique también con él. Este es un museo que está a nivel internacional. Cualquiera que lo visite pensará que está hecho a su medida.

Ha rehabilitado y ampliado muchos museos. ¿Ha sido éste su proyecto museístico más ambicioso?

–Es complejo, porque el edificio está muy protegido, es un Bien de Interés Cultural. No puedes tocarlo libremente. Pero nació como Palacio de Museos y Bibliotecas y el aire de museo ya lo tenía. Somos unos enamorados de los museos del XIX y queríamos mantener ese espíritu, que nos emociona, pero con un museo actual. Ese ha sido el reto.

Un sello de identidad del edificio son los patios originales recuperados.

–Los patios son un elemento fundamental. El público se preguntará:¿dónde estaban antes? Parece que los hemos hecho a medida. La instalación de las cubiertas de vidrio y cristal, cumpliendo la normativa actual, fue todo un reto.

También las nuevas escaleras voladas, muy potentes visualmente.

–Las escaleras son un edificio arquitectónico muy repetido en los museos. En este museo tienen varias funciones: sirven para comunicar todo el edificio, pero también son una especie de mirador, un balcón sobre las salas del mundo ibérico y el romano.

¿Qué materiales ha escogido?

–Hemos intentado que haya muy pocos materiales (madera de Merbau y de roble, travertino...). Y en las vitrinas hay un aluminio color tabaco. Es un museo muy uniforme, muy cálido. Hemos apostado por materiales de muy buena calidad, que envejezcan muy bien.

Se ha ganado más espacio para servicios que para exponer más piezas...

–El recorrido del museo es de unos tres kilómetros. De 7.000 metros cuadrados se ha pasado a 9.700 para colección permanente. Todo el museo tiene unos 30.000. Pero se ha ganado sobre todo en servicios para el visitante: espacio de acogida e información, salón de actos, tienda, cafetería...

¿Se han creado «capillas» para las obras maestras, a modo de la que el Louvre dedica a la «Gioconda»?

–Hay cuatro o cinco puntos muy emblemáticos. El lugar donde se exhibe la Dama de Elche esel único punto donde aparece el color en el museo (rojo). El resto es más neutro. Hay guiños en el recorrido con una especie de microarquitecturas: una sala de arte islámico con falso techo de la Mezquita, una sala repleta de mosaicos. Son recursos que ayudan a ver las piezas con mayor disfrute.

¿Ser un museo de arqueología condiciona mucho el proyecto?

–Sí, muchísimo. este museo tiene piezas desde la Prehistoria hasta Isabel II. Son muchos museos en uno.

El presupuesto de las obras fue de poco más de 33 millones, más otros 18,7 de equipamiento y museografía. En total, unos 51,7 millones. Siendo mucho dinero en los tiempos que corren, parece razonable si lo comparamos con lo que han costado otras reformas y ampliaciones museísticas...

–La obra de este museo ha costado 2.161 euros el metro cuadrado, mucho menos que en otros museos en Europa. Por ejemplo, el Museo de las Acrópolis de Atenas costó 130 millones de euros (5.652 euros el metro cuadrado) y el Neues Museum de Berlín, 295 millones de euros (14.390 euros el metro cuadrado). Aunque ha habido algún reformado, la obra no ha costado más del precio de licitación del proyecto. La museografía tiene un ratio más caro que el de la obra: es razonable por las calidades que tiene: vitrinas con control de humedad, grandes medidas de seguridad... No hemos escatimado, pero tampoco nos hemos desviado un euro del presupuesto.

Faltaban servicios para los visitantes, que hoy son clave en los museos.

–El visitante se va a divertir en el museo, va a aprender mucho: nos ayuda a conocer de dónde venimos, lo que somos, adónde vamos... Se ha quitado ese olor a naftalina que suelen tener los museos de arqueología. Hoy vemos en TVseries históricas que tienen un gran tirón. La Historia bien contada funciona muy bien. Tanto al arqueólogo como al niño que tiene ganas de aventura les va a enganchar el museo.

¿Reconocería hoy Jareño su museo? Ha habido mucho respeto a la arquitectura original.

–Siempre ha estado muy presente. Se dice que en arquitectura el aplauso hay que dárselo a un proyecto al cabo de cien años. Es el momento de homenajear a Jareño, porque su edificio es fantástico. De hecho, los espacios parecen contemporáneos: unas salas con crujías enormes, patios altísimos... Su arquitectura me encanta. Creo que Jareño es un arquitecto a descubrir.