La tentación de los pioneros

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Cuando el fundador de este diario quiso instituir un premio para el reconocimiento de un artículo firmado que, según sus propias palabras, «acreditara perfección literaria, arraigada cultura, juntamente con la facilidad y prontitud de redacción», estaba marcando el patrón del nuevo periodismo español. A mayor abundamiento, le dio al premio el nombre de Mariano de Cavia.

Mariano de Cavia nunca escribió una línea en ABC, era republicano y liberal; pero, como muestra del reconocimiento al talento, Torcuato Luca de Tena, en un gesto de clara independencia, quiso reconocer el mérito del genial periodista fallecido unos días antes de la creación de este premio.

El jurado que concedió el primero de la lista de los Cavia estuvo presidido por Antonio Maura, en su condición de académico de la Española; José Francos Rodríguez, masón ilustre y director de «El Heraldo de Madrid»; Antonio Royo Villanova, ex director de «El Norte de Castilla» y, después, activista contra la Autonomía de Cataluña; y Mariano Marfil, director de «La Época» y coronel de Intendencia.

Ese jurado le concedía el premio a Dionisio Pérez, republicano federalista y notable en Andalucía por su lucha contra el caciquismo. Quizás por ello, el artículo se titulaba «La musa de Joaquín Costa». Dionisio Pérez, negro literario de José Canalejas, firmaba como Post-Thebussem su obra gastronómica, que es importante.

Cito esos antecedentes porque en tiempos de gran confusión, como los que vivimos, acreditan algo que sigue vivo: el espíritu abierto y conciliador de esta Casa que, siendo vocacionalmente monárquica, nunca repudió a nadie por su manera de pensar. Mariano de Cavia y Dionisio Pérez, el primer Cavia, son claros exponentes de lo que digo.

En ese entendimiento, desde 1920, el ABC viene concediendo estos premios Mariano de Cavia. Desde 1929, también el Luca de Tena que, en esta edición, subraya los méritos de nuestro colega británico Charles Moore. En 1965 el dúo de galardones se convirtió en trío y el premio Mingote valora la expresión del periodismo gráfico, que este año reconoce el mérito de Enric Arenós Cortés, «Quique».

Como decía mi paisano Wenceslao Fernández Flórez, que, mejorando los presentes, comparte con mi también paisano Julio Camba la gloria del mejor periodismo parlamentario de la Historia de España, «un premio es, para un escritor, una mera anécdota, un sucedido; pero para un periodista se convierte en fundamento, en algo perpetuo y emblemático». La obra del escritor busca la perpetuidad y la del periodista no aspira a trascender más allá de las próximas 24 horas. Fernández Flórez, después de Ramón Pérez de Ayala, fue el tercer Cavia de la lista que agrupa, con escasas ausencias, a los mejores animales de pluma periodística. Hay otras plumas de mayor boato, pero ya son otra cosa. Nosotros ponemos, como mínimo, un huevo diario y ellos, aunque sus huevos sean como los del avestruz, tienen bastante con media docenita por biografía.

Me integro en esta lista de los Cavia con gran orgullo y satisfacción. Mi vida periodística tuvo siempre la tentación de los pioneros y, como es sabido y asegura Luis Ángel de la Viuda, a los pioneros, como en las películas, los matan los indios. El mérito queda para quienes, establecido el destino llegan a él en ferrocarril, en coche o en avión.

La radio fue mi primera gran tentación y, para mi satisfacción, siguen en antena, aunque con distinto protagonismo empresarial, los mismos programas que realicé en 1962 y en 1972. La televisión se cruzó de por medio.

En la Escuela Oficial de Periodismo, en la que los exámenes de ingreso y el reducido número de alumnos marcaron un alto nivel de formación, aún sometida a la censura de la época, apareció un cartel que buscaba redactores para TVE. Fui el único en presentarme a las pruebas de admisión. El presidente de aquel tribunal, Victoriano Fernández Asís, sin realizar prueba alguna, dijo: «Evidentemente, MMF es el mejor de todos los presentados. Queda admitido». El director de la Escuela, Juan Beneyto, me reprochó aquella iniciativa: ¿Cómo vas a la televisión, que es algo más cercano a la física recreativa que al periodismo? Visto lo que se ve tenía razón el profesor Beneyto.

Así entre la prensa, la radio y la televisión he ido gozando de la vida y, siguiendo las enseñanzas del primero de los premios Cavia, Dionisio Pérez Post Thebussem, tratando de no perder ninguna oportunidad de comer bien. Es decir, con gusto y buena compañía.

Por razones cronológicas, tras cincuenta años de ejercicio he conocido todo un muestrario de posibilidades de ser periodista: sin ninguna libertad, con un poquito de libertad, en libertad vigilada y libérrimamente. Y ahí empiezan mis tribulaciones. El derecho a la libertad de información que reconoce la Constitución y solemos invocar los de mi oficio es un derecho que afecta básicamente al derecho a recibirla que tienen los ciudadanos. Lo genuinamente periodístico, ya que lo de la libertad va de suyo, es la independencia y en eso andamos más confusos.

Lo poco que sé y soy se lo debo a mis maestros y he tenido el privilegio de tenerlos magníficos. En mis días de prácticas en «Diario de Cádiz», mi director efectivo, Federico Joly Höhr y mi redactor jefe, Fernando Fernández, me enseñaron lo que vale un fino de jerez y, con las limitaciones propias de 1960, la importancia de mantener intacta la independencia por escasa que fuera la libertad.

En la radio, Antonio Calderón —el más creador de los radiofonistas europeos del siglo XX— también me enseñó, al tiempo que las peculiaridades del lenguaje radiofónico, el valor de la independencia.

En la TV, el citado Fernández Asís, superviviente de la República, y José de las Casas Acevedo insistieron en recordarme el valor de la independencia, como estructura de la propia dignidad, frente al de la libertad, que escaseaba. Y, dicho sea de paso, a pesar de ello permitía hacer una TV mejor, y más adecuada a la demanda social, de la que hoy se nos ofrece en multitud de canales repetidos.

Cuando abordamos la creación de Antena 3 de Radio, hace treinta años, Guillermo Luca de Tena, uno de los pilares sobre los que se construyó aquella empresa, insistía en el valor de la dignidad como pieza de la independencia que debe servirnos de faro. Así consta en su emocionante discurso de inauguración de Antena 3 de Radio de Sevilla.

Sobre esos supuestos de la libertad, que nos los prestan nuestros lectores, oyentes, espectadores o navegantes de Internet y la independencia que potencia la posibilidad de ser, ya que no objetivos, honestamente subjetivos, nos encontramos ante los cinco sentidos del periodista que enunció y ejemplarizó Ryszard Kapuscinski: estar, ver, oír, compartir y pensar.

Pensar es importante. En el tardofranquismo el pensamiento periodístico amparó y amplificó el de los viejos luchadores por la democracia. La Transición no hubiera sido tan eficaz y constructiva como lo fue sin ese pensamiento de urgencia que expresaron los medios.

Ahora, en el ojo del huracán de una grave crisis, es también imprescindible el pensamiento periodístico. Nuestra crisis, que se integra en la crisis económica global, es también crisis de ideas, de liderazgo y de exigencia ética.

Por ejemplo, los tres grandes poderes del Estado viven revueltos. Alguien dio por muerto a Montesquieu y parece que asistimos a sus pompas fúnebres. El Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial se centran, de hecho, en la voluntad de los líderes de los dos grandes partidos nacionales y no median entre esos poderes las fronteras que son debidas. Como decía el párroco de mi pueblo, «entre santa y santo, pared de cal y canto». Pues entre poder y poder, mucha distancia, cuanta más mejor.

Lo que los ingleses llamaron el «cuarto poder» y los teóricos de moda entienden como «contrapoder» es otro poder, si lo es, que tiende a la promiscuidad con los tres clásicos. De ahí que vuelva a reivindicar la independencia, dando por hecha la libertad, como ambición colectiva e individual para nuestro futuro inmediato.

La independencia puede y debe ser solidaria, no es cosa de Robinson Crusoe o alguien parecido. Se puede ser independiente, como Nación, dentro de la Unión Europea y, como ciudadano, en el ámbito de la globalización. Pero, como en el juego de Antón Perulero, cada cual tiene que atender su juego. Y para ello es imprescindible que todos sepamos cuál es nuestro juego.

El mío engarza con el de la mayoría de mis predecesores en este premio Mariano de Cavia. He tenido el privilegio de crear un centenar de publicaciones, una gran cadena de Radio y otra de TV, de ser de los pioneros del periodismo en Internet, junto a Pablo Sebastián, y de haberme divertido muchísimo en todos mis otros trabajos. Ahora mi juego, patrocinado por esta Casa y reconocido por el jurado que presidió José Manuel Blecua, director de la Academia, como Maura hace 90 años, es el de decir lo que pienso... después de haberlo pensado. Y, además, vivo de ello. Es decir, que soy periodista porque, como bien define Gay Talese, en definición que supera todas las demás que conozco, es periodista quien dice serlo, hay una empresa que le reconoce como tal y le paga por ello. El problema reside en que, por su falta de especialización, y sin atender a su juego, últimamente hay empresas que están dispuestas a reconocer a cualquiera.

MANUEL MARTÍN FERRAND

ES PERIODISTA Y COLUMNISTA DE ABC