Ennio Morricone, dirigiendo a su orquesta durante el concierto del WiZink Center
Ennio Morricone, dirigiendo a su orquesta durante el concierto del WiZink Center - José Ramón Ladra

La última lección del maestro Morricone

El compositor italiano llenó el WiZink Center en su primer concierto de despedida en Madrid

Actualizado:

Es conmovedor, y a la vez inspirador, ver cómo ayudan a Ennio Morricone (Roma, 1928) a subir al escenario para ponerse al frente de una orquesta y un coro de 200 personas. Ver cómo camina lentamente hacia su atril, con los 10.000 espectadores que anoche llenaron el WiZink Center de Madrid, en pie, dedicándole una ovación antes incluso de que empezaran a sonar los tambores de «Los intocables de Elliot Ness», la película de Brian de Palma por cuya banda sonora el compositor italiano obtuvo su tercera nominación al Oscar en 1987. «¡Te queremos, Ennio!», gritan desde la otra punta de pabellón.

[ Ennio Morricone: «Llevo toda la vida contestando a preguntas estúpidas e irritantes»]

Estaban todas las entradas vendidas ayer -y lo están hoy-, para despedir de los escenarios y los cines a la que es, posiblemente, una de las personalidades musicales más influyentes del siglo XX. «Los síntomas son sencillos. Tengo 90 años y es un buen momento para retirarme», comentaba Morricone hace dos semanas a ABC Cultural. Lleva casi setenta años levantándose a las 4 de la mañana para escribir las más de 500 bandas sonoras que ha firmado desde «El federal», en 1961. Sin olvidar las cien obras de su «música absoluta», que anoche también tuvieron un hueco con «Ostinato ricercare per un’immagine».

Había interpretado ya la pieza principal de «La tienda roja» (1969) y homenajeado a Almodóvar con «¡Átame!», cuando sonaron el arpa y los metales de «Novecento» en la inmensidad del antiguo Palacio de los Deportes. Cuesta pensar que Morricone escribió esa melodía solemne y popular en un papel, al mismo tiempo que Bertolucci le mostraba el filme ya montado en 1976.

Vídeo de su actuación en Bilbao, el 4 de mayo

El maestro italiano economiza los gestos adrede cuando dirige a la orquesta. Se puede decir que casi esconde los brazos con su propio cuerpo para no llamar la atención del público, moviéndolos lo justo para que le entiendan los músicos. «Me gustaría que todos cerraran los ojos en mis conciertos. Mirar sirve de poco y hace perder la concentración de la música», suele sugerir, pero no lo consigue. Sobre todo cuando arrancan los temas de la famosa Trilogía del Dólar con la que Morricone y el director Sergio Leone cambiaron para siempre el género wéstern. Uno de los clímax de la noche llegó con la soprano Susanna Rigacci interpretando «El éxtasis del oro», de «El bueno, el feo y el malo». Melodía imperecedera que, a finales de los 60, convirtió al maestro en el compositor de cine más venerado y solicitado del mundo, aunque tardaran cuarenta años en otorgarle el Oscar Honorífico y el de « Los odiosos ocho», hace dos años, que sonó en el ecuador del concierto.

Los momentos más brillantes y épicos fueron de Dulce Pontes, que cantó los temas de películas menos clásicas como «La luz prodigiosa», ambientada en la Guerra Civil española; «Abolição», de «Queimada», con Marlon Brando, y «Sacco e Vanzetti». «Me encanta esta canción y la película», se escucha cerca entre el público. Hasta que llegaron al final las obligadas piezas de «La misión»: «Gabriel’s Oboe» y la famosa «On Earth As It Is In Heaven», que en su época recaudó por sí sola más dinero que la propia película, para disgustó de los productores.

Conmueve también ver a Morricone esconderse en un biombo minúsculo sobre el escenario, para no tener que subir las escaleras de nuevo antes de los bises de «Cinema Paradiso», esa obra maestra que al compositor le pareció «una de las cosas más hermosas que había leído nunca», tal y como le confesó al director Giuseppe Tornatore, por el que canceló sus compromisos con Hollywood para centrarse en este filme. Si fuera por los aplausos finales, Morricone habría tenido que salir y entrar del biombo durante toda la noche para satisfacer a los seguidores en el adiós final. Casi tres horas de concierto para llevar la contraria a sus amigo, que en 2014, tras una complicada operación de hernia, no paraban de preguntarle: «Pero Ennio, ¿quién te manda viajar y cansarte tanto?». «Me gusta sentir que el público está conmigo. Eso me fortalece», respondía siempre.