Dulce Pontes
Dulce Pontes - MAYA BALANYA
MÚSICA

Dulce Pontes: «Odio la muerte. ¿Por qué morir?»

La artista portuguesa que contribuyó al renacimiento del fado regresa a Madrid para entregarnos la calidad y calidez de su voz

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Treinta años de carrera compartiendo escenario con José Carreras, Andrea Bocelli, Caetano Veloso, Cesária Évora, Eleftheria Arvanitaki, Ennio Morricone y tantas otras primeras figuras. Dulce Pontes (Montijo, Portugal, 1969) nos recibe con apabullante humildad en los camerinos del Teatro Circo Price, en Madrid, entre bambalinas, hablando de un próximo vuelo para encontrarse con Morricone. Guarda sus pocas cosas en un bolso. «Ennio es impresionante, con noventa años y ahí está. Tenemos enero, la gira en Europa, luego junio y terminará. Y a esto le doy total prioridad. Ennio es muy valiente, es un gran ejemplo para mí. Es una alegría enorme, un privilegio poder estar a su lado, pero todo termina. Me gusta mucho, por eso tengo esa dualidad de tristeza y alegría en el corazón, fuerte, fuerte».

¿Cuando eras pequeñita cantabas en casa? ¿Te acuerdas? ¿Tenías un ambiente musical?

Sé que cantaba cuando tenía cuatro o cinco años. Mi padre cantaba muy bien, tenía una tesitura de tenor. Mi tío Carlos Pontes cantaba fado. Mis padres ponían música clásica, fado, folclore, yo entré primero por la clásica, me hacía sentir algo dentro más que ninguna otra, y cuando vi a Nureyev en la tele bailando, me dije: «esto es lo que quiero hacer». ¡Saltar como él por toda la casa! (risas). Creo que en una Navidad me regalaron un xilófono y descubrí que podía reproducir los sonidos. Mi madre se acercó y me dijo: «¿Quién te ha enseñado?». Y le dije: «No, mira, es que se puede, si se escucha». Entonces empecé con clases de piano y luego de danza con Anabela Gameiro. Pero el canto vino con dieciocho años en el teatro haciendo comedia musical, con mi profesora Maria do Rosário Coelho, que me ha dado una técnica vocal impresionante.

¿Pensabas que tenías el destino marcado?

Yo quería bailar. No había mucha concordia con mis padres acerca de ser bailarina. De repente, por una cuestión del destino, vi un anuncio en un periódico para una obra en Lisboa con los mejores actores y actrices de Portugal. La protagonista, Dora, se había escapado (toda una novela) a Brasil por una cuestión de amor. Fue mi gran oportunidad.

«Si llego al público estoy feliz, mi corazón se llena y pienso: “misión cumplida”»

Han pasado los años. «Peregrinação» es el resultado de haber viajado. Has vivido mucho, pero uno peregrina hacia algún lugar. ¿Puede ser también un viaje interior? ¿Cuál es el destino del viaje?

No sabemos. Esta edad, este tiempo, es difícil. Es una etapa más de aprendizaje. Porque mucha gente que amamos, se va. Desde que mi padre murió... (silencio) algo cambió en mí, profundamente. He perdido a mi primera profesora de danza, Anabela, a la que conocí cuando tenía siete años. Y siempre que perdía alguien querido, pensaba: «nos vamos a ver después». Pero desde que mi padre se fue, no sé nada. Es un misterio y odio la muerte, tengo esa relación de repulsa. ¿Por qué morir? ¿Cuál es el sentido de todo?

Has conseguido algo muy difícil, llegar a ser universal desde lo propio. Dulce Pontes ha logrado llegar a lugares de culturas diversas que, aunque no entiendan, pueden sentir.

¿Sabes lo que imagino? Que antes de Babel había una música matriz. Y desde esa música matriz nacieron todas las formas de folclore. Porque se encuentran pequeños detalles rítmicos, de melodías, lo descubrí en La Noche de la Taranta en Italia, o con el folclore portugués; también en Argentina hay parecido con las Rias Baixas, es decir, es como un hilo invisible: es la música del cante del pueblo. La gente confunde mucho el fado con el folclore y no tienen nada que ver. Portugal tiene tantas identidades. Haría falta reconocer todo el folclore portugués como patrimonio inmaterial de la humanidad. Y sigue vivo, en nuevas generaciones, con los cantes que pasan de forma oral.

«Toda mi vida he sido un brazo de hierro: gané mi libertad, pero perdí otras cosas»

Pienso en Loreena McKennitt y veo que tenéis puntos en común. Porque conseguís unir raíces con modernidad, dar un salto hacia adelante.

Sí, me encanta, tengo sus discos. Mira, es como una tela: absorbes y luego si tienes como yo la autoconfianza y la capacidad de producir cosas a veces muy locas, eso permite mutar sin fallar a la matriz. La propia música te dice cuál es el arreglo. Yo compongo muchas veces al piano. Pocas veces me ha pasado grabar a la vez voz, piano y poema. Es como un toque, no se sabe de dónde.

¿En qué canción recuerdas que te pasó eso?

En «O Meu Porto do Graal», que está en O Coração Tem Três Portas. Yo componía, pero solo instrumentales. Y mis amigos me animaban, porque me decían que mis poemas eran bonitos. En Lágrimas pasó lo mismo. Y luego con el poema de Pessoa, no sé porque me acordé de una música que había hecho meses antes, pero dije, «no puede ser». El caso es que la probé, y encajaba totalmente.

Hay mujeres de cerca de noventa años que han vivido otro paisaje y son fans de tu música. ¿Eres consciente de ello?

No, me sorprende y me hace muy feliz. No sé por qué será, quizá porque Dios lo quiere. Y no es un decir, también me añade aún más responsabilidad. Me llegan correos hablando de mi música que ayuda a personas con unas historias que no te imaginas. Y eso no es que sea una prueba, porque en todo este tiempo me desilusioné y luché, a veces pensaba en dejarlo. Toda mi vida he sido un brazo de hierro: puedo haber ganado mi libertad, pero perdí muchas otras cosas. No me arrepiento, todo está bien, si llego al público estoy feliz, mi corazón se llena y pienso: «misión cumplida». Es muy espiritual estar en el escenario y escribir. Hacer algo útil que pueda servir. Y pido perdón si alguna vez dudé.

El 30 de enero actúas en Madrid. ¿Qué cabe esperar de la cita que tenemos en el Price con Dulce Pontes?

Una entrega total, como siempre. Canciones de Peregrinação y algunas nuevas. Porque está surgiendo un nuevo proyecto con Daniel Casares y estoy con muchas ganas de empezar.