Detalle de «Malasaña y su hija batiéndose contra los franceses», de Eugenio Álvarez Dumont
Detalle de «Malasaña y su hija batiéndose contra los franceses», de Eugenio Álvarez Dumont - Museo del Prado

Manuela Malasaña, la doncella que representó la España ultrajada

Manuela Malasaña representa la inocencia rota, valga el tópico, por la sinrazón de una guerra a la que se vio abocada un pueblo que a partir de entonces sería una nación en armas, gracias a aquella Francesada en donde el enemigo común supo unirnos como nunca más lo ha vuelto a hacer

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Era lunes. El segundo día de mayo de un agorero año bisiesto. En la Villa y Corte no hacen sino llenarse cada vez más los mentideros. En las gradas de San Felipe el Real, junto a la populosa puerta del Sol madrileña, no cabe ni un alma. Todo es confusión por lo que parece que ha ocurrido cerca de la puerta oriental del Palacio Real, la del Príncipe. Al púlpito que corona la escalerilla de piedra del arco de los Cuchilleros de la Plaza Mayor, ha llegado del convento de San Gil el padre franciscano Antonio, sudoroso, jadeante e indignado. A lo largo de las escaleras se agolpan tenderos, chalanes, comerciantes, aguadores, forasteros, vecinos..., curiosos por saber qué habrán hecho de nuevo los gabachos. Los malditos gabachos…

Desde que se les invitara a entrar en la Península con la excusa de, presuntamente, llegar hasta Portugal, el comportamiento de los invitados era todo menos lo que se podía esperar de unos amigos. Madrid llevaba siendo durante demasiado tiempo una olla a presión incapaz de contenerse. Tras el tratado secreto de Fontainebleau firmado por el emperador Napoleón y el valido de Carlos IV, Manuel Godoy, en el que se repartían y se troceaba en tres partes al reino luso, todo habían sido problemas con los teóricos aliados. Tras atravesar el Bidasoa en 1807, las topas francesas instaladas en la capital, comandadas por el lechuguino y petimetre del mariscal Murat, no habían hecho sino ganarse la general enemistad de todo el pueblo de Madrid.

Actitudes chulescas, comportamientos arrogantes, sensación de ser la soldadesca francesa la ama y señora de calles, plazas y jardines, molestando a mujeres, intimidando y provocando a los hombres… Aquello no iba a acabar bien. Cuando ese lunes 2 de mayo de 1808, el último integrante de la familia real española, el infante Francisco José de Paula, poco más que un niño, saludó entre lágrimas despidiéndose de los que se habían arremolinado cerca de palacio tras los rumores que se estaban haciendo realidad, el grito de «¡Que se nos lo llevan!» fue yesca que incendió las rúas madrileñas como si en vez de tierra estuvieran hechas de pólvora.

Las mujeres contra Francia

Las arengas se sucedían. El llamado a las armas, atronador. El falso amigo había terminado de mostrar sus verdaderas intenciones y el pueblo no iba a consentir más atropellos. Las mujeres, en esta jornada marcada con sangre en nuestra Historia, iban a empezar a demostrar lo que por toda España sería replicado con un heroísmo y un valor inimaginable. Mujeres bravas que no por su condición femenina habrían de demostrar menos arrojo y temple ante las bayonetas y las bocas de los cañones por donde escupían la criminal metralla. Así quedaría plasmado por un ignoto redactor que firmando como «M», publicaría en «La Gaceta de Madrid» la siguiente pregunta: «¿Por qué en la insurrección española las mujeres han mostrado tanto interés, y aun excedido a los hombres en el empeño de sostenerla?».

En Madrid la marea humana se desbordo por las calles de Montera, Fuencarral y Hortaleza camino del Parque de Monteleón. Allí estaba, no sólo el cuartel de artillería en el palacio homónimo, sino el recién creado Museo del Ejército, donde podría el pueblo proveerse de más armas que facas bien engrasadas, cuchillos de matarife, o toscas escopetas de caza como mucho. La jornada la contará, remarcando la participación femenina, José Mor de Fuentes, un escritor aragonés, con los testimonios directos que recibiera de lo que ocurrió en las calles de la capital de España, relatando:

«En esto se aparece una mujer de 25 o 30 años, alta, bien parecida, tremolando un pañuelo blanco; se pone a gritar descompasadamente: "armas, armas", y todo el pueblo repitió la voz, yendo continuamente a más el enfurecimiento general […] Entretanto, las señoras, además de tener preparadas sus macetas o floreros, iban acercando sus muebles a los balcones para tirarlo todo a la cabeza de los franceses, con lo cual su caballería quedaba absolutamente imposibilitada de obrar, y su infantería iba a perecer a manos del paisanaje y de la guarnición».

Aquello era una guerra sin cuartel donde ni las bestias se librarían. Donde ante la reacción del loco de Murat disparando sin mesura, creyendo así atemorizar al pueblo, hizo de tábano enrabietando a cuanto habitante hubiera, no dejando que su condición por edad o sexo, fuera a ser impedimento alguno para revolverse sin piedad. Ante la virulencia descarnada que el pueblo hiciera ante los soldados más arrogantes del mundo, diera igual si eran los coraceros a caballo vencedores en Austerlitz, o los exóticos mamelucos de la campaña egipcia, o los imponentes granaderos que pasearon sus águilas en Marengo, un decreto de guerra fue proclamado de inmediato. Todo aquel que fuera pillado con un arma en la mano, sería preso, y pasado por las armas. En ese día, todo fue un arma en manos de los madrileños.

Como unas tijeras. Unas tijeras de costurera como las que llevaba encima una joven del barrio donde se ubicaba ese cuartel de artillería, y donde los nombres de los capitanes Daoíz y Velarde, del teniente Ruiz, o de los civiles como Clara del Rey, su marido y sus hijos, quedarían para siempre entre los laureles de la gloria y las palmas del martirio. Esa joven no era otra que la hija del chispero, que así se llamaban a los vecinos de aquella barriada de Maravillas, Juan (o Jean) Malasaña, paradójicamente de origen francés. De nombre, Manuela. Apellido que hoy en día da nombre a todo esa popular zona madrileña donde tanta sangre quedaría empantanada. Sangre que seguiría corriendo por los muros de la Montaña de Príncipe Pío, una noche en que las estrellas fueron los fogonazos incesantes de las chispas de los mosquetes franceses fusilando sin importar circunstancia de quien así asesinaban sin juicio ni compasión.

Las versiones de su muerte

¿Cómo murió Manuela (o Manuelita, como era llamada en el barrio), a la pizpireta edad de diecisiete años en esa jornada bien merecería ser fiesta nacional, pues fue verdaderamente el despertar de una nación lo que ese día ocurriera? Dos versiones son las que nos han llegado.

En una, estaría Manuelita en plena defensa del intento de toma por parte del 1º batallón del 4º provisional francés del citado cuartel de artillería, ayudando a su padre en medio de la refriega. Militares y pueblo llano hombro con hombro, espalda contra espalda, matando y muriendo por su rey, por su patria, por sus vecinos y por ellos mismos. Sin permitir que nadie les robara su soberana independencia. Manuela preparaba y servía con premura los cartuchos con los que disparaba su padre para que no le faltara munición. De repente, una bala acabaría bruscamente con su vida, quedando inerte a los pies de su progenitor quien, con los ojos anegados en lágrimas, seguiría disparando hasta que acabados los últimos cartuchos que su hija le preparara, abandonaría su arma, recogiendo su cadáver y marchando con ella exangüe entre sus brazos, por la calle de San Andrés…

La verdad es aún más cruel es que esta imagen, que seguramente ocurriría con otros casos anónimos. Pues el refrendo de lo acaecido a nuestra heroína lo encontraremos en las actas de aquella jornada, guardadas en el Archivo de Villa de Madrid. En ellas podemos leer la relación de víctimas, nombre, profesión, dónde caería o sería detenida y cuál sería la causa de su ejecución. Ahí queda reflejado de manera cierta que a Manuela Malasaña, de profesión dice que bordadora, se le incautaron unas tijeras. Tijeras que con el mencionado decreto, y con el uso que las mujeres les dieron, resultando más mortíferas que navajas de cinco muelles de los varones, o que las bayonetas del invasor, fue considerada un arma. Y por tanto, no había otro castigo para la joven que el ser fusilada de manera sumaria y casi inmediata.

Pues al producirse el tumulto que asolaba la Villa, del lugar donde se reunía con sus compañeras de labor, saldría sin saberlo nuestra Manuelita al encuentro de quienes serían a la postre sus verdugos. Las partidas de soldados franceses infestaban las calles en busca de quienes pudieran ser considerados insurgentes, para así ser detenidos. Cuando se toparon con la doncella, dice la tradición, y los desgraciados usos de la guerra siempre lo han confirmado, que desde luego sus intenciones en un día de cólera como aquél fue, no debieron ser las más honestas sino las más salaces. Y por supuesto aquella brava no iba a permitir que la violentaran sin más, y sacando de su faltriquera sus tijeras, logró poner a raya a aquellos infames salvando así su honor, pero no su prendimiento. Como así quedó en acta nombrada. Acabando finalmente su sangre estampillada sobre esa colina a las afueras de ese Madrid que clamó el grito de ¡Basta! con la voz que sería a partir de ese día, unánime en toda España.

El delito de Manuela Malasaña fue tan aparentemente nimio como importante como símbolo. Pues el ultraje hacia ella representó a partir de ese momento el que se hacía a toda una nación puesta en pie para dejar claro, como dicen los versos de la famosa oda, que «¡hasta las tumbas se abrieron gritando: ¡venganza y guerra!» ante la felonía francesa. Manuela Malasaña representa la inocencia rota, valga el tópico, por la sinrazón de una guerra a la que se vio abocada un pueblo que a partir de entonces sería una nación en armas, gracias a aquella Francesada en donde el enemigo común supo unirnos como nunca más lo ha vuelto a hacer. Que la sangre de esta pequeña heroína nos recuerde a todos que fuimos una vez un pueblo que supo levantarse ante la injusticia, y donde el honor era mucho más que una palabra huera, viejuna y descabellada, pues esa sangre fue la de quienes lucharon por lo que ya sería indubitablemente, una nación llamada España.