Una imagen del espectáculo
Una imagen del espectáculo - H. FRAILE

Eslava Galán, ante el sueño de la historia

El novelista y divulgador escribe para ABC sus impresiones tras ver «El sueño de Toledo» en Puy du Fou España

Juan Eslava Galán
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El oficio más humilde que había en Toledo era el de azacán o aguador. Desde el amanecer hasta el ocaso los azacanes llevaban sus recuas de pequeños jumentos por las callejuelas de Toledo surtiendo de agua al vecindario.

Los asnos de los azacanes transportaban sus cántaros en unas aguaderas de palo cuyos extremos sobresalían un palmo, lo que a veces ocasionaba accidentes. La muerte más deshonrosa que podía temer un hidalgo de los que concurren al entierro del Conde de Orgaz era la de «cornada de burro», cuando, al doblar la esquina de cualquier callejuela, se topaba con el asno delantero de la recua y no lo esquivaba a tiempo.

El espectáculo de Puy du Fou «El sueño de Toledo» principia con un humilde azacán toledano que cruza el escenario llevando su burra de reata. En ese mínimo personaje que parecería perdido en tan dilatado escenario si no nos lo señalara una discreta luz, descansa la narración que nos va a tener en vilo la hora y media que dura el espectáculo.

El escenario, quizá el más grandioso que hemos visto en nuestra vida los aficionados al teatro, ocupa cinco hectáreas en las que cerca de cuatro mil metros cuadrados de decorado representan, en tamaño casi natural, un río, el Tajo, y en su dilatada orilla una ciudad medieval amurallada que puede ser Toledo o cualquier empinada ciudad española con sus castillos, plazuelas, iglesias y almenas.

Cerca de la puerta de la muralla el azacán encuentra a una joven lavandera, Sagrario (la advocación de la Virgen toledana). Se sientan a charlar y él le cuenta la historia de Toledo que es -por extensión- la de España, de la que la ciudad del Tajo fue capital durante unos siglos decisivos.

Eslava Galán, a la entrada de Puy du Fou España
Eslava Galán, a la entrada de Puy du Fou España - H. Fraile

En el impresionante escenario, que resume convincentemente un mundo, mediante hábiles juegos de luces y una variada selección de artificios técnicos que implican la actuación de 185 actores, acróbatas y jinetes que representan a unos dos mil personajes caracterizados en unos mil doscientos cuidados trajes, se van representando sucesivos cuadros que evocan de modo convincente mil quinientos años de nuestra historia.

El entretenimiento comienza por la conversión de Recaredo durante el III Concilio de Toledo (año 589) representada por el encuentro, en la ribera del Tajo, entre el séquito del obispo y el del Rey, a cual más espectacular, con su necesario alarde de pífanos, caballeros, pajes, monjes, damas, músicos, mantos dorados, pedrerías y lujos.

El cuadro siguiente nos muestra la leyenda de Florinda o la Cava. La vemos bañarse con sus amigas en la ribera del Tajo mientras el Rey Rodrigo la observa desde las almenas de su palacio y se enamora de ella o se encapricha. El caso es que la hace llevar a su presencia y la seduce o la viola. El padre de la muchacha, el conde don Julián, gobernador de Ceuta, se presenta a caballo ante los muros y jura venganza. Este episodio semilegendario determinó la invasión y conquista de la península por los moros facilitada por un padre ofendido en su honor.

Con la enseña de la media luna presidiendo la torre más alta de la ciudad asistimos a las luchas de moros y cristianos que culminan en la reconquista del reino taifa de Al-Mamum por Alfonso VI (1085) y su institución como ciudad de las tres culturas, la cristiana, la islámica y la hebrea, que conviven armónicamente.

La historia nos enseña que en realidad nunca existió convivencia de cristianos, moros y judíos, sino mera coexistencia y apartheid, cuando no abierto conflicto, pero el espectador que ha venido a gozar de espectáculo comprende que este acoja bondadosamente este mito de la convivencia entre culturas nacido entre los desinformados viajeros románticos, engordado por el idealista Américo Castro e impulsado hoy por la corrección política que nos impone la progresía.

Después de la conquista y cristianización de Toledo asistimos a la recuperación de la mitad meridional de la península con la crucial batalla de las navas de Tolosa (1212).

La construcción de las catedrales, representada por una decreciente sucesión de arcos góticos reflejados en el aire sobre sendos chorros de agua (¿cabe mayor y más maravilloso artificio?) nos acompaña por el resto de la Edad Media hasta su broche final con la conquista de Granada, y la liberación de los cautivos cristianos que padecían esclavitud en las ergástulas del moro. Regresados a Toledo, por mandato de la reina, escalan los muros del monasterio de san Juan de los Reyes para colgar de ellos, como exvotos, sus grilletes y cadenas.

La Edad Moderna se abre en el providencial encuentro de Isabel la Católica con Cristóbal Colón que generó el descubrimiento de América.

¿Cómo puede mostrarse en un escenario la aventura de unos hombres que desafiaron el océano en unas navecillas?

Este es uno de los momentos culminantes de la obra. De la lámina de agua que representa el río en el dilatado escenario brota lentamente, como por ensalmo, una nave, la nao Santa María de Colón (porque su tamaño excede al de una carabela) con su alto castillo de popa, sus tres mástiles y sus marineros. Sírvanos este espectacular artificio para subrayar el complejo trabajo que han realizado los tramoyistas del espectáculo. No se han ahorrado ninguno de los artificios de su oficio, desde escenas de guerra en las que vemos despeñarse hombres por la muralla (o escalarla hábilmente en los asedios) hasta hombres envueltos en llamas que se arrojan del puente al río.

Las grandes civilizaciones americanas que encontraron los conquistadores, los aztecas y los mayas, se representan mediante la proyección de pirámides escalonadas y templos mexicas en los planos de los muros mientras que una convincente coreografía de danzantes con diademas de plumas actúa en el Tajo.

El siglo de Oro se encarna con la aparición de don Quijote caballero en Rocinante en la ribera y el caballero de Olmedo en el puente, los dos grandes caballeros de las letras de la época que salen valedores de los dos grandes y desavenidos autores Cervantes y Lope de Vega, a los que acompañan los caballeros toledanos que concurrieron al entierro del conde de Orgaz, con sus lechuguillas y sus coletos negros.

Después de las carrozas con lacayos de empolvada peluca que transitan el siglo XVIII, el malicioso espectador está aguardando a ver cómo representa la empresa francesa que apadrina el espectáculo el obligado episodio de la guerra de la Independencia. Irreprochable: asistimos a la llegada del poderoso ejército de Napoleón, a la ocupación de las ciudades, a la lucha del pueblo español, a los goyescos fusilamientos con descargas de fusilería, a la victoria final de los patriotas, y a la huida del invasor.

¿Cómo representar el siglo XIX con su incipiente revolución industrial? Ante el atónito espectador atraviesa el puente el primer tren que funcionó en la España peninsular, el de la línea Barcelona-Mataró en 1848, reproducido a tamaño natural, con su verde locomotora y sus vagones que todavía imitan en forma y decoración a las carrozas y galeras aceleradas que constituían el transporte de la época.

Así llegamos a la Guerra Civil, el inexcusable episodio de nuestra reciente historia representada por un fragor de batalla al que sucede el llanto de Sagrario, riberas del Tajo, ante sus dos hermanos caídos en uno y otro bando de la lucha fratricida.

Solo tenemos palabras de elogio para este extraordinario espectáculo tan ameno, didáctico, teatral, coreográfico y hasta pirotécnico que excede a cuanto ha visto una generación de espectadores difícil de impresionar después de los efectos especiales que nos ofrece cotidianamente el cine.

El parque temático que debe acompañar a este gigantesco escenario está todavía en construcción y tiene prevista su inauguración dentro de dos años, después de realizar una inversión de unos 250 millones de euros.

Cuando la gran Lola Flores actuó en Nueva York, el crítico de un prestigioso periódico escribió: «No canta, no baila. No se la pierdan». Permítanme que parafraseándolo les aconseje: No es luz y sonido, no es teatro, no es circo…. Es Puy du Fou ¡No se lo pierdan!