Días de ensayo y rosas
ABC Silvia Abascal y Carmelo Gómez, en una imagen promocional

Días de ensayo y rosas

POR JULIO BRAVO I MADRID.
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Silvia Abascal se confiesa «agotada emocionalmente»; Carmelo Gómez es todo energía incluso después de cruzar medio Madrid en bicicleta para llegar al teatro; y Tamzin Townsend apenas puede articular palabra a causa de una afonía. Pero basta pronunciar las palabras mágicas -«Días de vino y rosas»- y los tres se emparejan en entusiasmo y ganas. Son las diez de la mañana de un viernes y todavía les queda por delante una larga jornada de ensayo, pero antes de encerrarse para seguir escarbando en la piel de los protagonistas de la adaptación teatral de la película de Blake Edwards se sientan ante un café para hablar de la función, que verá la luz a mediados de enero en Madrid.

«Está siendo un trabajo agotador -arranca Tamzin-, sobre todo para ellos». «Yo no estoy agotado -interviene Carmelo-, me siento fuerte, pero sí veo ante mí el inmenso bosque que es esta obra, tenebrosa, donde siempre hay cosas por descubrir. Es infinito...» Es el turno de Silvia. «Hay que crear el amor de esa pareja para que después se sienta el dolor, la destrucción...»

En la versión que firma David Serrano, Luis y Sandra se conocen en el aeropuerto camino de Nueva York. Él es relaciones públicas y lleva la imagen de un jugador de baloncesto español, estrella de la NBA; ella lo ha dejado todo y ha decidido irse a vivir a Nueva York.

A Tamzin Townsend le preocupaba, antes de embarcarse en los ensayos, encontrar en este drama el sentido del humor que siempre incluye en sus montajes. Lo ha conseguido, dice. «Lo que tenía miedo era con el reparto, sobre todo el masculino -bromea Carmelo-; «¿cómo voy a encontrarle yo el sentido del humor a éste?». Vio todas mis películas y empezó por «Días contados», y claro, pensó: «Este tío no se ríe nunca»». «¡Pero si tú eres un payaso!», exclama Tamzin. «El sentido del humor está en los juegos, en los códigos de la pareja -dice Silvia-; en su complicidad...» «Llevan la vida de forma desenfadada», interviene de nuevo Carmelo. «Y la borrachera, los grados del alcohol -explica Silvia-, pasa por muchas fases, y empieza por la celebración, la fiesta, pasárselo bien... Luego va evolucionando hacia otra cosa». «Son personajes vitales», dice Carmelo ante el asentimiento de Silvia: «Absolutamente vitales y activos».

Tamzin Townsend es una directora a la que le gusta jugar e improvisar junto a sus actores antes de sumergirse en el texto. Este montaje no es una excepción. «Empezamos con unos días de improvisaciones en los que hacíamos el ridículo», cuenta la directora británica. «Definitivamente, sí», asevera Silvia. «Pero ayuda mucho a entrar en materia, a romper el hielo», sigue Tamzin. «No tocábamos el asunto de las borracheras, nos centrábamos más en el sentido del humor de la pareja, los chistes que cuentan, cómo se atraen y cómo se manipulan, cómo se llaman la atención el uno al otro», cuentan a dúo actriz y directora ante la mirada sonriente de Carmelo. «Y vimos pronto -revela Tamzin-, desde la primera improvisación, que a él se le caía la baba con Silvia, y esto nos ayudó muchísimo». «No había ninguna razón para resistirse», ríe Carmelo.

Muy diferentes

«Son dos personajes muy diferentes -Silvia vuelve al texto-; Sandra es tremendamente compleja, una mujer que no se rige por las normas o los protocolos cotidianos. Ella es destructiva, impulsiva, no es reflexiva, y es una kamikaze, que va hasta el final cuando toma una decisión. Es menos noble que Luis». «Mi personaje -explica Carmelo- es un bebedor, pero, siendo relaciones públicas, lo hace por una cuestión social. Lo que pasa es que el alcohol es muy traicionero, es un bicho desconcertante, que te aleja de la realidad. Lo tiene todo para ser un hombre feliz... La pareja lo tiene todo para ser felices. Pero al final, muy al final, termina siendo el ser humano, con todas sus debilidades, sus aciertos... enfrentado a un problema al límite, y eso casi siempre es un drama shakespeariano. El hombre no es dueño de su propio destino porque algo lo manipula. Y eso es lo que le pasa a mi personaje hasta que decide ir a Alcohólicos Anónimos. Se enfrenta a su alcoholismo y llama a las cosas por su nombre». «Esa es la gran diferencia entre los dos -tercia Tamzin-, porque Sandra lo niega hasta el final».

Es Luis quien lleva a Sandra a la bebida, y los reproches de ella son continuos a lo largo de la función. «No para», dice Carmelo; «No paro de atacar -corrobora Silvia-: «tú me has mentido, me has abandonado, es culpa tuya... Pero más allá de eso se ve que ella no es una mandada, no es en absoluto una víctima». «Es ella la que pide: «vodka, vodka», todo el rato», añade Tamzin, que sigue: «Yo al principio tenía mucho miedo, que ya no tengo, de que el personaje de Carmelo se quedara como el malo de la película, como un verdugo, pero no, es un personaje que cae bien». «Bueno, bueno, eso ya lo dirá el público», contesta el actor. «No, Carmelo, para nada cae mal. No puedo sentirlo yo más desde dentro. Es un personaje que cae bien».

Dentro de su trabajo preparatorio de los personajes, los dos actores han hablado con varios alcohólicos y con sus parejas. «Cuando dicen basta -relata Carmelo- es cuando todo se empieza a cuestionar. O se van a la calle y se destruyen, o toman medidas. Pero hasta que no les dices «basta» siguen tirando de ti hasta que destruyen todo». «Para una persona -interviene Tamzin- es terrible ver a tu pareja así, negándolo: los insultos, los desprecios... Es terrible». «Sí -habla Silvia-, es la pérdida de la dignidad absoluta. Cuando los dos entran en el infierno no hay respeto posible. Sale el animal que uno lleva dentro, la peor bestia. Y se hacen daño».

El acuerdo entre los dos actores y la directora es total en todos los temas. Con monosílabos o movimientos de cabeza corroboran unos lo que dicen otros... Hasta que Carmelo Gómez asegura que «lo más difícil en esta función, sin duda, es el final». «¿Sí?», duda Tamzin. «Y el comienzo», interviene Silvia. Y la directora británica añade: «Para mí lo del medio»... Y ríen los tres con ganas. Argumentos a favor de cada parte de la obra: «Al final -empieza Carmelo-, los personajes ya están rotos y no hay quien los recomponga. Y aunque se esfuercen por ponerse pie, por estirarse... ya están rotos. Y eso es muy jodido para un actor». «Pero -Tamzin toma la palabra-, desde mi punto de vista, verles cómo lo hacen es un gustazo. Y lo difícil es el centro de la obra, porque el principio lo planteas y el final lo acabas... Pero en el medio está el lío. Pasa en casi todas las obras». Carmelo asiente, casi convencido, antes de escuchar los argumentos de Silvia. «A mí los comienzos no me parecen fáciles, ni en esta función ni en ninguna, porque es la presentación de personajes, y tienes que situar de dónde vienen, dónde están, no anticipar hacia dónde pueden ir. Y es un momento delicado». «Sí, es poner el tren en las vías -añade Tamzin-, y es donde tienes que seducir al espectador».

Brocha gorda

Ríe Carmelo con ganas cuando se habla de los peligros de interpretar a un alcohólico. «Existe el peligro de la lengua gorda, del equilibrio, de irse a los tópicos, al chiste malo y al «Asturias, patria querida». Y ni de coña, claro...» «Y el peligro, sobre todo -añade Silvia-, de ilustrar, de subrayar, de hacerlo con brocha gorda». «Le hemos dado muchas vueltas -confiesa Carmelo- y la cuestión es encontrar a un alcohólico que no necesita pegar tumbos ni hablar como si estuviese dormido, sino un alcohólico que es capaz de expresarse, que pierde alguna erre, pero nada más. Es dar la idea de alcohólico y nada más, hay muchísimos a quienes no se les nota. Y esos son los que dicen: «Yo los tumbo a todos». Pero están mamaos».