La muerte de Canalejas
La muerte de Canalejas - ABC
Nuevo vuelco histórico tras el regicida Mateo Morral (y II)

En el asesinato de Canalejas, Manuel Pardiñas actuó con total impunidad aunque estaba fichado

Los encargados de la seguridad de Canalejas hablan de un sujeto que actuó velozmente

MADRID Actualizado: Guardar
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Manuel Pardiñas Serrato, el asesino de Canalejas, natural de El Grado (Huesca), hijo de Pedro y Vicenta, era un individuo de regular estatura, rubio, con asimetría de la cara muy pronunciada, especialmente en la nariz. Su fisonomía fue calificada de pueril con barba en lagunas, rala. El pabellón de la oreja derecha tenía rebordes plegados. El fiscal Mena recogió los documentos que extrañamente portaba como si alguien hubiera querido estar seguro de que una vez muerto se le identificaría rápida y plenamente. Es decir que se aseguraron después de ejecutarle.

Según mi retroinvestigación criminológica, Pardiñas era un anarquista muy conocido cuya ficha antropométrica figura en los registros de la policía. Y aunque el propio presidente del Consejo sabía su nombre y se sentía amenazado por él, estuvo al acecho tranquilamente en un bar próximo a la escena del crimen pese a ser el kilómetro cero de Madrid y cercano a Gobernación, donde ese día había Consejo de Ministros.

Se afirma en el relato histórico que en cuanto cometió el crimen Pardiñas huyó a escape. Sin embargo un transeúnte trató de detenerle y también un policía, el primero que aparece. Una vez libre de ellos, se dice que se refugia tras un coche de punto en la parada a la entrada de Carretas donde, según el relato más autorizado se disparó, dos tiros desplomándose gravísimamente herido. A las 2,23, del 12 de noviembre de 1912, es dado por muerto como suicida y trasladado al depósito judicial donde se le practicará la autopsia. Y sin embargo como se ha demostrado no pudo suicidarse. En el cadáver se encuentra un retrato de mujer con dedicatoria: «A mi inolvidable Manuel», otro documento encriptado con la leyenda: «Conflagración mundial, París», folletos de propaganda anarquista, un fragmento de la «Astronomía Popular» de Flammarion, un número del periódico ABC del día del crimen, una pluma estilográfica de oro, una cédula personal, una carta del Comité Internacional de Ginebra en la que se le pregunta si todavía trabaja en el Hotel Palace, la cartera y el reloj.

El Rey Alfonso XIII, muy emocionado, se presenta de inmediato en Gobernación acompañado del marqués de Torrecilla y del general Aranda. Ante el cadáver de Canalejas fue informado por el jefe de policía. El rey le contestó con dureza: «¡Pues sí que han vigilado ustedes bien!». En la crónica de El Heraldo, el periódico de Canalejas, se afirma que hubo un motín ciudadano por la negligencia policial.

Presuntamente la policía había seguido los pasos de Pardiñas, un tipo taciturno y reservado, poco sociable, hasta días antes en Burdeos, donde se supo que se había internado en España. Hay testigos que dicen que el asesino estuvo acompañado hasta minutos antes del crimen y se señala como compañeros a un hombre y una mujer. Uno de los misterios está resuelto, pero queda el más importante: ¿cómo se financiaba Pardiñas? Hizo numerosos viajes a América, idas y vueltas: Estados Unidos, Cuba, Argentina y también Burdeos, París, Zaragoza y Madrid. Gastos que no están al alcance de un simple decorador. La policía pudo enterarse de que Pardiñas había recibido importantes sumas de dinero durante el tiempo que estuvo en Florida y, ya en Europa, también fuertes cantidades procedentes de Tampa, lo que le permitía vivir holgadamente. Todo ello puede justificar viajes y una vida regalada en bares y restaurantes. Pardiñas tiene más perfil de sicario ejecutor de contratos que de idealista ácrata.

Según los informes era un desertor del Ejército, fugado muy joven del hogar paterno. Había sido expulsado de la república Argentina a raíz del asesinato del jefe de la policía de Buenos Aires. El diario «España Nueva» también asegura que se conocía al criminal porque el día 9 de octubre se dio la orden de imprimir 60 fichas de él, copiadas de la que envió la cárcel de Huesca, y que la noche anterior al crimen estuvo a punto de caer en manos de la policía.

Los agentes de seguridad

Los agentes que tenían a su cargo la vigilancia del presidente eran Eduardo Borrego, José Martínez y Demetrio Benavides. Según ellos, al detenerse Canalejas en el escaparate de la librería un sujeto que actuó «velozmente», se acercó al presidente entre un grupo de personas, apoyó la mano en su hombro y disparó muy cerca de la cabeza. No pudiendo evitarlo. Borrego se abalanzó sobre el asesino y le propinó un bastonazo en la cabeza, con lo cual Pardiñas cayó al suelo disparando sobre el agente sin hacer blanco. ¿En qué hombro se apoyó? ¿Con qué mano hizo el disparo? Nada de esto se precisa.

Algunas versiones indican que arrastraron a Pardiñas al interior de un portal y que no se disparó detrás de un coche de caballos. Pero sea como fuere, la confusión de los hechos en el relato difundido no ofrece ninguna fiabilidad.

Agustín Pardiñas, carpintero, de 20 años de edad, interrogado por la policía dijo que su hermano no estaba afiliado a ninguna secta, ni le oyó jamás expresarse en términos que hicieran sospechar que pudiera ser partidario del atentado.

Hay una serie de personajes históricos que con una precisión inquietante coinciden en los primeros magnicidios españoles que han creado escuela. Dos de los más relevantes son Segismundo Moret, masón, confidente de Prim, presidente del Gobierno cuando la bomba de Mateo Morral, que sigue activo con Canalejas y tras su muerte sería nombrado presidente del Congreso. Otro es el conde de Romanones, Alvaro de Figueroa y Torres, fallido ministro de Gobernación en el atentado contra Alfonso XIII en la calle Mayor que preside el Congreso cuando la muerte de Canalejas al que sorprendentemente sucede en el cargo de presidente.