André Malraux vuelve a España

La nueva edición de «La tentación de Occidente» (La Umbría y la Solana, 2017), una de sus primeras obras, contribuye a recuperar la figura del escritor francés, hombre de letras, aventurero, político y figura clave del siglo XX

MADRIDActualizado:

Fue el hijo de un padre suicida, un vendedor de libros raros, un novelista, un crítico de arte y un saqueador de templos; fue el hombre que combatió en la Guerra Civil española y en la Resistencia francesa, luego fiel aliado del general Charles de Gaulle; fue también el orador, el político, el aventurero; el mitómano cuestionado por sus fabulaciones, fascinado por Lawrence de Arabia y dolido por la muerte de sus hijos. André Malraux (París, 1901-Créteil, 1976) fue, como Chateaubriand, el hombre que quiso vivir, ser y dar testimonio de todas las zozobras que sacudieron su tiempo. La reciente nueva edición de uno de sus libros, «La tentación de Occidente» (La Umbría y la Solana, 2017), devuelve a la actualidad al novelista en España. François de Saint-Chéron, profesor de La Sorbona, editor de su correspondencia y quien tuvo oportunidad de conocerlo, recrea en esta entrevista la personalidad compleja, la biografía apasionante, de uno de los protagonistas del siglo XX europeo.

—Usted escribió, junto a su hermano, un libro sobre su relación con el novelista, «Notre Malraux» (Albin Michel, 1979). ¿Cómo empezó su interés por él? ¿Por qué decidió conocerlo personalmente?

Nuestro interés por él comenzó en julio de 1973, durante una emisión en televisión que repasaba el viaje que había hecho a Bangladesh el anterior mes de abril. En esa época, éramos muy jóvenes, mi hermano tenía 18 años y yo apenas 15, y no conocíamos ninguno de sus libros. Fueron sobre todo los discursos que pronunció en diferentes momentos de su estancia en Bangladesh, porque se trataba de un viaje oficial, los que nos impresionaron profundamente.

Mi hermano le escribió una carta algunos meses más tarde porque teníamos ganas de conocerlo, cosa que era difícil, porque estaba muy solicitado y muy protegido por su pareja, Sophie de Vilmorin, que era también su secretaria y que cuidaba de él. Al principio, nuestros «encuentros» tuvieron lugar en lugares públicos donde sabíamos que iba a ir, por ejemplo para inaugurar una exposición. Eso duró alrededor de dieciocho meses, y después, en abril de 1975, nos recibió por primera vez en su casa, en Verrières-le-Buisson. Fue un momento extraordinario e inolvidable.

—¿Cómo era la personalidad de Malraux?

Según los numerosos testimonios que existen, Malraux era un hombre encantador con sus amigos, simple y dotado de sentido del humor, pero podía ser muy difícil e injusto con sus cercanos. Se sabe, por ejemplo, que su relación con sus dos hijos fue particularmente mala. Como me dijo su propia hija, Florence, no estaba hecho para tener hijos. Se sabe también que no la vio durante años porque ella había firmado el Manifiesto de los 121. Después de su reconciliación, sus relaciones fueron muy buenas. En parte gracias a ella, porque es una mujer de una gran calidad. En resumen, era un hombre complejo y atormentado, pero muy generoso; tuvo muchos amigos, incluso a pesar de que se enfadó con algunos de ellos.

—En el prólogo de esta edición de «La tentación de Occidente», se mencionan los orígenes de Malraux, que creció junto a su madre y sus tías, y que tuvo una educación, esencialmente, autodidacta. ¿Cómo influyeron su infancia, su juventud, en el carácter del hombre adulto, en el escritor?

Malraux escribió en sus «Antimemorias» que odiaba su infancia, y nunca habló de ella. Si tuvo una influencia sobre él, fue para empujarle a hacer todo lo posible para olvidarla. El medio en el que se desarrolló esta niñez era demasiado modesto como para responder a sus ambiciones, a sus sueños de grandeza. Cuando Clara Goldsmidt, su primera esposa, fue a conocer a su madre, Malraux se sintió muy descontento. Es cierto, por otra parte, que fue un autodidacta. Su cultura empezó a construirse durante su adolescencia y su juventud, gracias a sus lecturas, a sus encuentros con pintores y escritores, a sus viajes, a los museos.

—Una lectura psicológica sugiere que la relación con su padre, su ausencia, empujó a Malraux a buscar otras figuras paternas, como De Gaulle. ¿Qué le parece?

No se puede decir que el padre de Malraux estuviera ausente. Murió en 1930, André tenía entonces 29 años. ¡No fue un huérfano! Pero sobre todo, parece que apreció y estimó a su padre.

—¿Cuáles son las lecturas, las amistades, de este joven Malraux que llegó a París a los 18 años?

Entre sus primeras amistades, la del poeta Max Jacob fue muy importante. Malraux le dedicó su primer libro, «Lunas en papel» (1921). Alrededor de Max Jacob evolucionó todo un mundo de artistas; este ambiente significó mucho para Malraux. Allí encontró al pintor y grabador griego, Demetrios Galanis, y a Pierre Reverdy y a Blaise Cendrars, de quien siempre admiró su poesía. Marcel Arand fue uno de sus primeros amigos. También fue a principios de los años 20 cuando Malraux conoció a Chagall, al que siempre apreció por su pintura.

—Luego, a los 22, viajó a la Indochina francesa, donde, acusado de robar obras de arte jemer, fue detenido. ¿Qué impulsó esta expedición de Malraux? ¿Qué sucedió realmente allí?

La verdadera razón de la expedición a Camboya fue la pérdida del capital de Clara tras malas operaciones bursátiles. Malraux había descubierto, en una obra especializada, un pequeño templo olvidado de la antigua vía real jemer. Planeó encontrarlo con su esposa y un amigo de infancia, extraer agunas esculturas y revenderlas a ricos coleccionistas. Fueron detenidos, la administración colonial confiscó las esculturas y Malraux fue condenado, primero a tres años de prisión y después a uno de condicional por un tribunal de Saigón. Fue entonces cuando regresó a Francia.

—Ideológicamente, ¿qué supuso para Malraux el viaje a Indochina? Allí fundó dos periódicos, «L'Indochine» y «L'Indochine enchaînée», donde criticó duramente el colonialismo francés.

La experiencia indochina fue decisiva para Malraux. Escribirá, mucho tiempo después, haber sido «conducido a la Revolución»por la visión del colonialismo que ofrecía Indochina en los años 20. Su compromiso con la izquierda, que encontramos en «Los conquistadores» y «La condición humana», tiene ciertamente sus raíces en el combate anticolonialista. Malraux, sin embargo, nunca fue marxista ni miembro del Partido Comunista.

—¿Por qué no llegó a serlo, a pesar de su proximidad ideológica con el Partido? Y luego, ¿cómo nació su colaboración con Charles de Gaulle?

Si Malraux nunca se unió al Partido Comunista Francés fue, sin duda, por varias razones. En primer lugar, era demasiado independiente como para someterse a la «línea del Partido», fuese cual fuese. Además, en el plano filosófico, estaba muy lejos del materialismo histórico. Su gusto por la metafísica, su interés por las religiones, diría incluso que una tendencia espiritual sensible desde «La condición humana», todo eso le alejaba del comunismo, pero no le impidió tener simpatía por los comunistas.

Su encuentro con el general De Gaulle tuvo lugar después de la guerra, durante el verano de 1945. Se debió principalmente al reencuentro de Malraux con la «Patria» durante la experiencia en la Resistencia contra el nazismo. Dirá más tarde: «En la Resistencia, me casé con Francia». Pero eso no habría bastado si entre De Gaulle y él no se hubieran revelado, durante su primera reunión, profundas afinidades y un sentimiento de confianza.

Malraux fue ministro de Estado encargado de Asuntos Culturales durante diez años (1959-1969). Sus acciones fueron numerosas. El primer objetivo era «hacer accesibles las obras capitales de la humanidad, y en primer lugar de Francia, al mayor número posible de franceses». Esos fueron los términos del decreto de creación del Ministerio. De ahí las grandes exposiciones que marcaron los «años Malraux». En particular, las consagradas a las artes del extranjero (el Egipto faraónico, la India, Irán, Japón, América latina). Hubo otras cosas, como las Casas de la Cultura (incluso aunque no tuvieran el destino esperado) o el Inventario general de monumentos y riquezas artísticas de Francia, confiada al gran historiador del arte André Chastel.

—Malraux no apoyó el movimiento de Mayo del 68. ¿Qué relación mantuvo con la izquierda francesa tras la Segunda Guerra Mundial?

Después de la guerra, Malraux fue firmemente contrario al estalinismo, mientras que entonces el Partido Comunista de Francia estaba sometido a la Unión Soviética. Así que fue hostil a la izquierda francesa, que era hostil al general De Gaulle. Pero Malraux tuvo aprecio a Pierre Mendès-France y, en los años 70, simpatía por Michel Rocard.

—Antes de desempeñar esa labor política para De Gaulle, encontramos a Malraux en la Guerra Civil española, en la Resistencia francesa... En esas luchas, en esas aventuras, ¿hay una búsqueda estética? Y en ese sentido, ¿cuál es la relación entre literatura y vida en su obra?

No creo demasiado en la dimensión estética de los compromisos de Malraux en España y Francia. Algunos quisieron ver un comportamiento como el D'Annunzio, pero no estoy convencido. Es cierto que en Malraux hay un gusto romántico por el heroísmo, pero su compromiso con la República española corresponde sobre todo a sus convicciones profundas en materia política a lo largo de los años 30 y a la generosidad que había en él. Existe verdaderamente una coherencia entre «La condición humana», «El tiempo del desprecio», su compromiso en el Comité Mundial Antifascista y su solidaridad con los republicanos españoles. En cuanto a su participación en la Resistencia francesa en 1944, no hay que olvidar el papel determinante que jugó el arresto de sus dos hermanos, Roland y Claude, que se habían unido a ella antes que él. No hay nada estético ahí; si lo hubiera, no habría esperado al año 44. Fue, en mi opinión, una partipación visceral.

El vínculo entre la vida y la literatura es muy fuerte en este escritor, porque la mayoría de sus obras le fueron inspiradas por una experiencia vivida. Al mismo tiempo, Malraux no concebía sus libros como simples testimonios; quería darles una dimensión artística, hacer obras de arte en el pleno sentido.

—¿Cómo definiría el estilo de Malraux como escritor?

La cuestión del estilo es amplia. En pocas palabras, se puede decir que hay en sus libros una tensión entre una escritura rápida, concisa, nerviosa, con por ejemplo muy pocas descripciones,y una tendencia al lirismo y a las frases amplias a lo Chateaubriand. Además, tenía un sentido agudo de las fórmulas lapidarias, a veces muy eficaces.

—¿Cómo fue la relación de Malraux con España?

Los vínculos de Malraux con España abarcan varios aspectos. Está su compromiso junto a los republicanos durante la Guerra Civil, la redacción de su novela «La esperanza», su película «Sierra de Teruel». También está Goya, el único pintor al que Malraux consagró un libro: «Saturno», publicado en 1950. Es esencialmente el Goya de Los Caprichos, de los Desastres de la guerra, de las pinturas negras, el que fascinaba a Malraux. A sus ojos, Goya fue uno de los «parteros» del arte moderno. Además, no hay que olvidar a Picasso, con el que mantuvo, en 1945, una conversación recreada, treinta años más tarde, en «La cabeza de obsidiana», un libro donde Malraux expresó con fuerza su fascinación por el genio creador del pintor. Por último, mencionaré su amistad con José Bergamín, al que había conocido en los años 30. En 1972, Malraux escribió el prefacio de la traducción francesa de un libro de Bergamín, «El clavo ardiendo».

Como se puede ver, los vínculos son numerosos y profundos.