KIKE DE LA RUBIA

Acabar una película

He aquí el paisaje después de la batalla de la creación de una película. El final de la producción ocurre en un laboratorio, en el que el director da los últimos toques al montaje y al color de una obra que ha sufrido innumerables reescrituras

POR RODRIGO CORTÉS
Actualizado:

Igual que no hubo un día en que el Gótico se convirtió en Barroco ni la música del Clasicismo recibiera la instrucción de ser romántica, no hay forma de señalar el día exacto en que la obra de uno (y con uno me refiero a mí) empieza o acaba. Nunca he sabido dar significado a lo vivido; salvo, en ocasiones, con el tiempo. La vida no es una sucesión de capítulos, es una sucesión de días. Los capítulos llegan luego, cuando uno encuentra, sin querer, los hitos de los que no supo enterarse. O los encuentran otros.

¿Cuándo empieza -en primer lugar- una película? ¿El día en que uno tiene la idea? ¿Cuando, al leer un libro o una noticia, o al imaginar una versión alternativa del mundo, la experiencia planta su semilla? ¿Cuando una productora -o un guionista, o un estudio- te hace llegar un libreto con la esperanza de que su aroma te infecte? Tales cosas suceden con frecuencia. Pocas germinan. Quizá habría que esperar al primer contrato para activar el taxímetro. Uno de desarrollo. Por hacerlo oficial, digo. El desarrollo (convertir una idea en guión, o un guión en otro) exige trabajo y tiempo, hasta que la productora está lista para salir al mundo a buscar dinero. ¿Empezamos a contar cuando el estudio se sube al barco (aunque en puridad el estudio sea el barco)? Porque el estudio se sube, pero lo menos posible. Con cautela. Te paga un poco. A cuenta. Las idas y vueltas son ahora las del estudio, que considera la octava versión del guión (la que recibe) como la primera. Y querrá ver otras cuatro antes de dar la luz verde, esa que anuncia que va a financiarla. ¿Hemos empezado ya? Ha pasado, quizá, un año. Tal vez más.

Todo es como en el amor: las primeras conversaciones son perfectas, todos se inventan a todos del modo en que quieren que sean y dan a cualquier frase vaga el sentido exacto de los propios deseos. Conviene, por tanto, hablar claro. Desde el principio. ¿Qué película me ronda la cabeza?, ¿es, seguro, la que queremos hacer todos? Aunque eso detenga el taxímetro. A menudo para siempre. Si la luz por fin se enciende, ¿cuánto queda de las intenciones iniciales? ¿Cuánto ha sido uno capaz de luchar, de perseverar, de recordarse? De recordar qué quería. Por qué. Para qué. ¿Cuántas películas acaban antes de empezar, se rueden o no, que eso empieza a ser ya lo de menos?

Luz verde

La luz verde se enciende. Comienza la preproducción. Las presiones aumentan. ¿Ha empezado la película? ¿Queremos un gran reparto o uno con rostros que suenen? ¿O un reparto diverso y mezcladito, para que ninguna asociación ponga el grito en el cielo? ¿Podemos rodar en las semanas necesarias o hay que hacerlo en la mitad de tiempo, llenar el plató de cámaras y renunciar al lenguaje, fiar al montador el recosido de un cuerpo que apenas se sostenga pero sepa saludar y luzca bien de lejos? ¿Diseñamos y construimos decorados o buscamos un colegio vacío? ¿Iluminamos con estilo o abrimos la ventana? ¿Para qué hacíamos la película? ¿Para qué era? Cada día es una oportunidad para alejarse del centro, de los objetivos iniciales, para sucumbir a mil presiones, que llegan en forma de tentación. La de rendirse, por ejemplo.

El director empieza el rodaje agotado. Lo que para casi todos es el primer día para él es la culminación de una ordalía de la que es improbable que haya salido intacto. Y lo duro no ha empezado: semanas y semanas de dormir tres horas, de levantarse a las cuatro para cerrar la planificación del día, de tratar de encontrar alguna verdad en el plató bajo las condiciones más improbables, de luchar contra un millón de voluntades excluyentes, contra la luz del sol, contra el tictac del reloj, que suena como suenan las bombas de tiempo. El rodaje consume voluntades y fuerzas, la cola del café va llenándose de espectros. Y lo que uno no logre llevarse de allí no aparecerá en montaje, así que más vale mantener la concentración y la fuerza, suceda lo que suceda. Y aplazar la queja para un momento más apropiado. Para nunca, por ejemplo. ¿Cuántas películas sobreviven a sí mismas? ¿Cuántas son leales a sus aspiraciones primigenias? Cuando todo acaba, todo, en realidad, empieza. Empieza el montaje. Empieza la música. Los efectos. El diseño de sonido. La corrección de color. A veces por ese orden. A veces al mismo tiempo, que todo es narración y todo sirve a un propósito (que alguien debe recordar). Y ahora -y sólo ahora- llega lo verdaderamente feo.

Verdad y talento

Porque todo aquel que no se atreviera a decir nada cuando no sabía qué decir se sentirá ahora seguro para hacerlo. Quizá no sea fácil ayudar a un actor a extraer verdad (la pertinente, la exacta) de su talento. O sentar las condiciones para que en un set sucedan cosas. O escribir con una cámara, o generar una emoción fluida a partir de la fragmentación más incontrolable. Pero una vez el cuadro esté acabado -con la pintura aún fresca-, nada habrá más sencillo que acercarse a decir que faltan lanzas. O que por qué no ponemos aquí un poco de rojo. O que es verdad que buscábamos la épica, pero, como este año se vende mejor lo pastoril, ¿por qué no borramos aquellos barcos y ponemos en su lugar unas ovejas? En el improbable caso de que las opiniones de cien personas (cada una con cien amigos o jefes o amantes o enemigos) no hayan hecho aún mella en la película, la energía necesaria para preservarla del viento tendrá una proporcionalidad inversa al vigor que a uno le quede. ¿Quedan fuerzas para luchar? ¿Para querer hacerlo? ¿Para recordar los motivos por los que uno se metió -de forma voluntaria- en este centrifugado que pronto será resumido en un tuit descuidado o en un suspiro?

¿Cuándo acaba la película, por tanto? ¿Cómo? ¿Tras cuatro versiones de montaje, o seis, u ocho, en que uno canjea las batallas frontales por una negociación esperanzada y dolorosa con mil partidos de ida y mil partidos de vuelta? ¿Cuándo acaba? Esa escena que uno amaba desaparece. Debería regresar. Es, quizá, cuestión de tiempo. Pero, ¿y si no? ¿Y si no vuelve? ¿Cuándo empezar la verdadera guerra, la cruenta, la que deja bajas, la que uno aplaza porque sabe que no permite retorno, la que uno intenta evitar? ¿Conviene sujetar el carácter, tirar un poco más de la correa del perro? ¿Cómo no caer en la autocompasión? ¿Cómo no hacerlo en la soberbia de creerse rodeado de enemigos, para comprender, a cambio, que las razones por las que sucede lo que sucede son naturales, responden, simplemente, a los diferentes objetivos que cada individuo tiene, que no hacen sino replicar el funcionamiento de la vida? ¿Cuándo acaba la película? ¿Cuándo se acaba?

La primera copia

Por fin se imprime la primera copia, la copia final. Y uno la mira. Mirándose. Nunca por primera vez (en un proceso tan largo, no hay tal cosa). Y, si ha sido porfiado y ha tenido mucha, mucha suerte, podrá reconocerse en ella. Y no le quedará la menor gota de energía para sentir alegría. Sólo alivio. Con suerte. Y ganas de dormir. Al fin. Y sabrá que, en el mejor de los casos, algo habrá aprendido. Y que con ello deberá quedarse, porque la película, buena o mala, será sólo una película. Y si algo no necesita el mundo es otra película.

Sólo que nada ha acabado (¿cuándo acaba?). Porque queda empaquetarla, como se empaqueta la carne. Ponerle una máscara, de un color o de otro, según modas y susurros. Y promocionarla, contando lo guapos que fuimos, lo compenetrados que estábamos. Todos a una. Y rezar por que, pasado el vendaval, la película aguante en la estantería. Años después. Cuando deje de ser carne fresca y se convierta, de verdad, en una película. Así que, ¿cuándo se acaba? ¿Cómo?