Pedro Serrano fue el primer «Robinson Crusoe»
Pedro Serrano fue el primer «Robinson Crusoe» - Enrique Krause

1785 motivos para presumir de ser español

Un libro enumera los logros que nos hacen sentir orgullosos de pertenecer a nuestro país

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España, en ocasiones, se pone cuesta arriba. Si no que le pregunten a Cervantes cuando, en busca de algún trabajo estatal, le respondieron con aquello de «Busque por acá donde se le haga merced». Precisamente para levantar el ánimo y recordar a los españoles los aspectos positivos del país nace la marca 1785. Un proyecto colaborativo que trata de «transmitir una imagen positiva, fresca, y renovada de nuestro país». Se estrena dicha marca con la publicación de un libro titulado «1785 motivos por los que hasta un noruego querría ser español» (Noruega está considerada por la ONU como la mejor nación del mundo) y que está coordinado por José María Moya.

Un día después que Cervantes moría precisamente el Inca Garcilaso, a quien se le atribuye ser el primero en escribir la historia del «verdadero Robinson Crusoe. Un marino español, Pedro Serrano, que naufragó en el Caribe en 1526 y vivió en una pequeña isla durante ocho años». Suceso que, más tarde, Dafoe convertiría en argumento de su famosa novela. España, una vez más, como surtidor eterno de argumentos para la literatura universal. Sólo hay que ver al hidalgo Agustín Ortiz quien, hacia 1594, la emprendió con un molino.

Hazañas españolas

Esta nueva publicación, dividida en distintos apartados, va enumerando hazañas españolas catalogadas entre: Inventos, Ciencia, Historia, Lengua y literatura, Medicina, Arte o Deporte entre otras muchas. Aclaran sus promotores que «el nombre de este proyecto, 1785, es la fecha de origen de la bandera española actual, resultado del primer concurso de diseño realizado en España por Carlos III en dicha fecha para definir un pabellón que se distinguiera claramente en alta mar». Precisamente en la mar océana tiene lugar otro de los hitos reseñados. Nada menos que el primer «jet lag» de la historia. Cuando «junto con Sebastián Elcano viajaba Antonio Pigafetta en calidad de cronista de la expedición. Una vez de vuelta y cotejando los registros del diario, se dio cuenta de que faltaba un día. El descubrimiento fue toda una sensación en el continente y los astrónomos de la corte papal aclararon que, si se viaja alrededor de la Tierra hacia el oeste, se pierde forzosamente un día, y viceversa, ganando un día».

Contra los que dicen que España sólo se rasca la aldea, aquí hay mil setecientos ochenta y cinco motivos para afirmar lo contrario. No es este un volumen que trate de convencer al lector de que España es el ombligo del mundo. Simplemente trata de «ser justos con lo que hemos sido». Dejar constancia de «las contribuciones decisivas a la construcción de la humanidad tal como la conocemos».

Españolidades

La obra, como bien puede intuir el lector, es una «enciclopedia» de «españolidades» que sirve tanto para levantar la moral del país en horas bajas como de compendio para foráneos que quieran solicitar la nacionalidad española. Este volumen podría adquirirlo el Gobierno como manual de cabecera para entregárselo a aquellas personas que estén pensando en examinarse para obtener la nacionalidad. Aunque después, algunos jueces, pregunten en los exámenes por personajes del corazón antes que por Goya o por Velázquez, dos de los pintores que cuelgan en las paredes del Museo del Prado, señalado en el libro como uno de los diez mejores del mundo. El museo con mayor número de obras de arte por metro cuadrado.

1785 es una dosis de autoestima. Un proyecto para refrendar y contrarrestar, a la vez, aquella afirmación del gran Julián Marías de que «España es un país formidable, con una historia maravillosa de creación, de innovación, de continuidad de proyecto... Es el país más inteligible de Europa, pero lo que pasa es que la gente se empeña en no entenderlo». Un «diccionario». O mejor, un inventario con una sutil invitación a recorrer los senderos patrios, su patrimonio y sus paisajes. Hay, -descuide el lector- entre tanto paseo, capítulos a modo de escalas para el buen yantar y una copa de «bon» vino.

No podía faltar un apartado dedicado a la solidaridad, campo en el que nuestro país, lejos de quedarse atrás, «es líder indiscutible en donación y trasplante de órganos de forma consecutiva desde hace 24 años. En 2016 vuelve a batir el récord con casi 43 donaciones por millón de habitantes y cerca de 5.000 trasplantes. Unas cifras realmente espectaculares…» No sólo Manolo el del Bombo es marca España en lo que a deportes se refiere. Se destacan datos como que «nuestra selección es, junto a la de Brasil, la selección que más partidos ha jugado seguidos sin perder».

Buena nota

Pero España encuadernada, en libro, es un doble motivo en estos tiempos en que la patria no anda precisamente bien, ni encantada de conocerse. Mientras los extranjeros dan una nota de ocho al país, los propios españoles le otorgan tan sólo un cinco. Una autocrítica que lleva el ciudadano en la mirada entre el complejo y el cabreo.

Se suceden las páginas -sin caer en la épica- en un intento de vertebrar las alegrías y las gestas españolas. Por decirlo a la manera de Ortega, quien encabeza la sección de filosofía en justo recuerdo de su labor en este campo. Página a página se va configurando un compendio de términos e ideas generales sobre España de tal forma que recuerda a la afirmación de Eugenio d’Ors con la que presumía de que él era «el último gran especialista en ideas generales». Un paseo distinto por los jalones de España en trescientas páginas.

En el prólogo, el periodista ponferradino Luis del Olmo, madrugador incansable que saludaba cada mañana con aquello de «Buenos días, España» , reconoce que «cada español lleva una España inserta en su corazón». Y es que España no entra en un libro. Aunque éste, por extensión y temas, trate de abarcarla de forma notable por el lado amable. España es esto y mucho más.