Imagen de archivo del desembarco de Normandía
Imagen de archivo del desembarco de Normandía - Galerie Bilderwelt
Segunda Guerra Mundial

Los aterrizajes más absurdos de los paracaidistas aliados en el Día D

El Desembarco de Normandía provocó decenas de curiosas situaciones. Desde soldados que se quedaron colgados de campanarios, hasta capellanes desesperados por haber perdido su misal durante el salto

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Seis de junio de 1944. Fue en la noche de una jornada como hoy, aunque hace ya 71 años, cuando más de 24.000 paracaidistas aliados se subieron a sus aviones con el objetivo de cruzar las líneas enemigas y disgregarse por el norte de Francia. Una misión casi suicida que provocó miles de muertos y otros tantos heridos. Incertidumbre y valor. Desesperación y sentido del deber. Todo ello, y un inmenso carrusel de emociones más, es lo que sintieron estos héroes cuando partieron sabiendo que eran la punta de lanza de una gigantesca operación para liberar Francia del yugo nazi en la que participarían un total de 160.000 soldados. Un collar que llevaba apretando a la nación desde que cayó en manos de Hitler en 1940.

Pero el destino es inesperado y, en ocasiones, puede dar un revés de realidad a los héroes. Eso es –precisamente- lo que sucedió a muchos paracaidistas norteamericanos, canadienses y británicos que, tras recibir durante meses un arduo entrenamiento que les convirtió en auténticas máquinas de matar, vieron frustrados sus deseos de conquista y fama debido a la mala suerte. Y es que, la diosa fortuna hizo que muchos de ellos dieran con sus posaderas (tras un aterrizaje muy movido) en lugares tan inoportunos como campos de minas, gigantescas charcas en las que se ahogaron debido al peso que cargaban o, incluso, campanarios y árboles de los que se quedaron colgados sin poder moverse. Tampoco se libraron los capellanes de campaña, muchos de los cuales sintieron verdadero pavor cuando pisaron tierra y se percataron de que habían perdido su Biblia y su crucifijo en el salto.

Comienza la operación

Para hallar el origen del Desembarco de Normandía es necesario viajar en el tiempo hasta 1944. Por entonces la situación era bastante precaria para las tropas del «Führer» que, tras ser derrotadas en Stalingrado (en territorio Soviético) habían iniciado su retirada paulatina hacia Berlín en el este. Tan mal andaban las cosas para los nazis en ese frente que británicos, estadounidenses y canadienses se propusieron hincar el diente a Alemania abriendo un segundo frente por el oeste. Así pues, se acordó realizar hacer un desembarco a lo largo de toda la costa de Normandía para presionar el enemigo por dos flancos y que se viese obligado a dividir sus fuerzas. Una operación que, según explica el historiador Martin Gilbert en su libro «El desembarco de Normandía», llevaba urdiéndose desde 1940.

Una tarea sencilla de decir, pero de lo más dificultoso de hacer. Y es que, a pesar de que el monstruo nazi estaba herido, no andaba ni mucho menos fallecido. A su vez, Hitler no era estúpido y había ordenado a uno de sus más conocidos y reputados oficiales, Erwin Rommelel «Zorro del desierto»- que organizase el denominado «Muro Atlántico» (las defensas de las playas de Normandía) para lograr detener el desembarco que se preveía inminente. Con tal objetivo, el militar -que se había dado de tortas contra Montgomery en el norte de África- preparó 6.500.000 minas y 500.000 obstáculos y organizó en la zona a casi 400.000 soldados de infantería y un número considerable de carros de combate.

La misión era vital. Lo que ganar con ella, mucho; aquello que perder, más todavía. Y es que, todos y cada uno de los combatientes sabían que, una vez sobre la tórrida arena gabacha, las posibilidades de sobrevivir eran menos que escasas. Pero no les importaba, pues eran hombres dispuestos a dejarse su existencia (en el sentido más literal de la palabra) para que «la France» pudiera volver a cantar aquello de «Liberté, égalité, fraternité». Eran unos héroes, que se podría decir en la actualidad. En especial los valerosos paracaidistas, los encargados de abrir camino en vanguardia a base de fusil, granada y gónadas.

Y es que, sus misiones eran de las más difíciles de la jornada. En primer lugar, debían tomar varias cabezas de puente alemanas ubicadas tras la primera línea de defensa situadas en las playas de Normandía. ¿El objetivo? Evitar que, cuando los nazis se percataran del guirigay que se había montado en la zona, enviasen a través de estas vías refuerzos para expulsar a los aliados. Así pues, debían defender hasta la muerte la zona para no comprometer a sus compañeros. Por otro lado, algunos recibieron también la orden de destruir posiciones de artillería nazis que, desde determinados puntos de retaguardia, podía dar más de un dolor de germanas a aquellos que desembarcaban desde los más de 7.000 buques y lanchas aliadas que se habían juntado en el Canal de la Mancha.

Los paracaidistas sin suerte

«Estáis a punto de embarcar en la Gran Cruzada para la que nos hemos estado preparando estos meses. Los ojos del mundo están sobre vosotros. Las esperanzas y oraciones de los amantes de la libertad en todas partes marchan con vosotros. […] Conseguiréis destruir la maquinaria de guerra alemana». Esta fue una parte de la carta que, en las últimas horas del 5 de junio de 1944, leyeron todos los paracaidistas aliados antes de iniciar su vuelo hacia Normandía. Su autor era el Comandante en Jefe de las fuerzas combinadas Dwight D. Eisenhower, y la verdad es que fue parco en palabras (pues escribió escasamente un folio). Con todo, sus subordinados no necesitaron más y, tras impregnarse de las palabras del militar al mando, se dispusieran a caer sobre Francia.

Sin embargo, lo que estos hombres no sabían es que, debido al intenso fuego de las baterías antiáereas alemanas, sus aviones se iban a desviar kilómetros y kilómetros de su ruta. Por tanto, fueron cientos los paracaidistas que aterrizaron en una zona que no habían estudiado y de la que no sabían nada. La situación se complicó cuando se percataron de que no podían hacer ningún ruido ni llamar la atención de los germanos, por lo que lo tendrían difícil para orientarse en aquella oscuridad llamando a sus compañeros o buscando un punto de referencia. En aquella situación, el capitán Anthony Windrum tiró por tierra todo su entrenamiento y, tras caer en un lugar desconocido, se limitó a plantarse en medio de una carretera (algo no demasiado aconsejable) y, como un motorista perdido, encender su linterna para ver un poste de identificación cercano. Contravino todas las órdenes y podría haber muerto, sí, pero se orientó. Tuvo suerte.

El soldado Raymond Batten, del 13º batallón británico, tuvo una fortuna similar. Y es que, este soldado cayó solo sobre una unidad alemana que se hallaba en un bosque. Con todo, el que su paracaídas se quedase colgado de un árbol consiguió entender su vida. «Batten oyó el tartamudeo de una ametralladora que estaba muy cerca. Un minuto después, sintió el crujido de los matorrales y los pasos lentos de alguien que se dirigía hacia él. Batten había perdido su metralleta en el descenso y no tenía pistola», explica Cornelius Ryan (presente en el Día D) en su obra «El día más largo». Tenso, decidió hacerse el muerto para salvar el pellejo, y, según parece, sus enemigos mordieron el anzuelo. «La figura simplemente se alejó», afirmó posteriormente el combatiente.

Algo parecido le pasó a John Steele, del 505º Regimiento de la 82ª División Aerotransportada norteamericana. Este soldado tuvo tan mala fortuna que no pudo evitar que su paracaídas acabase colgado del campanario de la iglesia de Ste.-Mére-Église, un pueblo en el que se había iniciado una auténtica lucha a muerte entre nazis y aliados. El combatiente fue testigo de todo aquello desde su privilegiada posición, aunque sabía que podía morir en cualquier momento si alguien se percataba de que estaba vivo.

«Intentó desasirse pero, sin saber cómo, su cuchillo cayó a la plaza. Steele decidió que su única esperanza pasaba por hacerse el muerto. Se hizo el muerto en sus arreos de manera tan real, que el teniente Willard Young, de la 82ª División, recordaría al cabo de los años al “paracaidista muerto que colgaba del campanario”. Permaneció en esa posición más de dos horas hasta que le hicieron prisionero los alemanes», determina el experto en su obra.

Tampoco anduvo muy suertudo el teniente Richard Hilborn, del 1er batallón canadiense. Y es que, a pesar de que las órdenes eran no hacer ruido y no llamar la atención del enemigo, cayó sobre un edificio dándose de bruces contra una gran cristalera. Lógicamente, el ventanal cedió, pero en el proceso hizo un ruido de mil demonios que alertó a todos los presentes en un amplio radio de acción. Con todo, no había alemanes en la zona (únicamente aliados) y el soldado pudo salir por su propio pie de la zona. Con todo, es seguro que, si sus superiores le hubiesen visto, habrían tomado medidas contra su torpeza, pues aquel estruendo revelaba no solo su posición, sino la de todos sus compañeros.

Tensión, minas y capellanes sin misales

Si por algo destacó el desembarco de los paracaidistas el Día D fue por la gran tensión acumulada que tomó a todos y cada uno de los combatientes. Así lo dejó claro el comandante Donald Wilkins -del 1er batallón canadiense- cuando, minutos después de aterrizar, se topó con una serie de figuras sentadas sobre un césped cercano. Su susto fue mayúsculo e, instantáneamente, se tiró al suelo para protegerse de los posibles enemigos. Sin embargo, los presuntos alemanes no se movieron. A los pocos minutos, el oficial hizo un leve ruido para lograr que se inmutaran. Nada. ¿Cuál era la razón?

Aquellas siluetas no eran más que estatuas de piedra. «Se levantó maldiciendo después de observarlas con detenimiento. Sus sospechas se confirmaron», determina el autor anglosajón.

Sin embargo, si hubo algo peor que llevarse un susto, fue lo que le ocurrió a cabo Louis Merlano, de la 101ª División norteamericana. Este combatiente tuvo la mala fortuna de caer sobre una explanada llena de minas (algo que se podía leer en un cartel cercano).

¿Qué hizo nuestro protagonista? Lejos de amedrentarse, le echó arrestos y corrió entre ellas. La fortuna quiso que aquella ruleta rusa tuviera éxito y, finalmente, logró saltar una verja y huir de la zona. Un golpe de suerte dentro de aquella increíble situación.

Otro de los peores aterrizajes, según explicaron posteriormente los presentes, fue el que protagonizó el capitán Francis Sampson, capellán de la 101ª División. Y es que, el sacerdote cayó sobre una marisma con tan mala suerte que perdió su misal y su crucifijo. «Sin hacer caso del fuego de ametralladora y mortero que comenzaba a llegar, se dirigió al sitio donde había caído y buceó repetidamente en busca del saco que contenía sus objetos de culto. Lo extrajo al quinto intento», añade Ryan. Tuvo más suerte que otros tantos que, al caer sobre una zona similar, se ahogaron en pocos palmos de agua debido a la ingente cantidad de peso que llevaban encima (unos 50 kilos) en equipo.