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Cambó y la España de la concordia

El líder de la Lliga Regionalista defendió, frente a los radicalismos, una España diversa pero unida

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En el momento en que se producía el debate sobre el Estatuto de Cataluña, un Cambó en proceso de superación de una grave enfermedad meditaba las condiciones políticas en que podía hacerse viable la defensa de una España diversa. La unidad nacional era la garantía para que el regionalismo que heredaba la tensión modernizadora de la crisis de fin de siglo, y huía de los efluvios radicales del separatismo, recuperara la hegemonía política en Cataluña y se convirtiese en sólido aliado en la construcción de una alternativa moderada al gobierno de la izquierda.

No deseaba este líder del catalanismo más inteligente y responsable que la oportunidad de construir un sistema autonómico se perdiera otra vez, como había ocurrido en la crisis de 1917 o en el derrumbe de la Monarquía, dos coyunturas en las que las propuestas del regionalismo sensato fueron desbordadas por la agitación social y por la quiebra de un régimen. En ambos casos, la derrota política de la Cataluña que encarnaba Cambó, una de las figuras más lúcidas de nuestra historia del siglo XX, puede entenderse como el fracaso de lo que él mismo llamó, en el título de un texto penetrante publicado en 1930, la voluntad de la concordia. En una fecha tan decisiva, había denunciado las tendencias uniformadoras que ponían en peligro la unidad de la nación al rechazar su fecunda heterogeneidad. Y rechazaba con no menor energía las actitudes separatistas, reprochándoles falta de realismo y de amenazar el bienestar de los catalanes.

Interés mutuo

El separatismo solo se había sostenido por sectores atrasados y rurales de la sociedad -decía Cambó- totalmente ajenos a la sociedad burguesa y próspera de Barcelona. «La libertad es para un pueblo un don supremo, al cual debe sacrificarse todo en última instancia. Pero la libertad no es solo un fin: es también un instrumento, un arma para conseguir un fin. Y este fin es la grandeza en el sentido más amplio y elevado de la palabra. Y, para Cataluña, la libertad necesaria para expandir libremente su personalidad no es imposible dentro de España. Hemos de hacer todos los esfuerzos precisos para demostrar que el interés de España está en que no lo sea».

La colaboración con la Monarquía agonizante prueba hasta qué punto Cambó subordinaba todo a la concordia, al estímulo de la comprensión entre españoles que se reconocieran en la diversa personalidad de sus regiones. Su famosa consigna de «¿Monarquía? ¿República? ¡Cataluña!» no era una fatua carencia de escrúpulos respecto de la cuestión del régimen, y ni siquiera una expresión de autismo localista. Era la seguridad de que ni Cataluña podía vivir sin el conjunto de España, ni España podría constituirse sin asumir las claves de ese gran proceso de incorporación de regiones que modeló, a lo largo de los siglos, la empresa y el destino nacional de los españoles. Cambó no llamaba al ejercicio de una mutua resignación de uniformadores y separatistas, sino al entusiasmo compartido de quienes habían de propiciar el encuentro de ciudadanos dispuestos a dar forma definitiva a la organización política de la nación.

El deber cumplido

Con tal ánimo se dispuso Cambó a afrontar los riesgos del debate del Estatuto, que los sectores radicales del catalanismo de Esquerra Republicana llevaron a los límites de la ruptura. En sus memorias, recuerda que, ante los separadores y los separatistas, la Lliga había de proceder «marcando la diferencia, procediendo con el patriotismo y la abnegación que nunca nos habían ofrecido nuestros adversarios». El 18 de abril de 1932 publicó un contundente artículo llamando a dar apoyo al dictamen de la comisión parlamentaria del Estatuto, contra quienes pretendían lanzar a los catalanes a una campaña teñida de radicalismo y frustración. «Se evitó -recordó en sus memorias- que Cataluña adoptara una vez más una actitud insensata. Yo quedé satisfecho por haber cumplido con mi deber». Aquella actitud fue indispensable para la obtención de la paz social en Cataluña, la recuperación del prestigio de la Lliga, el justo ensalzamiento de la persona de su líder y, sobre todo, para evitar, por el momento, que se amenazara la viabilidad del nuevo régimen con propuestas que negaban el principio de la soberanía nacional.

Años más tarde, en el doloroso trance del alejamiento de aquella gran oportunidad perdida, Francesc Cambó había de reivindicar una estrategia destinada a sostener el régimen liberal parlamentario frente a sus enemigos. Tal opción consistía en la necesaria unidad de los sectores moderados del país, que dotara al republicanismo de la hegemonía de sus tendencias centristas y proporcionara a la derecha española liderada por Gil Robles la prudente compañía del regionalismo conservador. Luis Lucia, dirigente de la Derecha Regional Valenciana, ya había sondeado a Cambó en París, a comienzos de la República, para que llegara a integrar la Lliga en la gran plataforma de las derechas que habría de constituirse tras el paralizante estupor de la caída de Alfonso XIII.

Aun cuando la propuesta no fuera aceptada por Cambó, le sirvió a éste para meditar sobre la buena fortuna que habría tenido España de lograr que el camino del regionalismo catalán coincidiera con el del catolicismo popular encabezado por Gil Robles. Ese encuentro habría impedido que la CEDA se inclinara hacia un radicalismo que Gil Robles no supo controlar, siendo mucho mejor líder de un partido que un posible jefe de gobierno, todo lo contrario de las virtudes que se atribuía el propio Cambó. Para la primera, se precisaba la capacidad de despertar entusiasmo. Para la segunda, se necesitaba saber encauzarlo en los límites de la responsabilidad. «Nuestra alianza cordial nos habría hecho invencibles, y habría impedido el triunfo de las izquierdas y el desencadenamiento de la Guerra Civil».