El 16 de abril de 1945, las tropas norteamericanas encuentran en el campo de concentración de Buchenwald los cadáveres de centenares de prisioneros asesinados en masa
El 16 de abril de 1945, las tropas norteamericanas encuentran en el campo de concentración de Buchenwald los cadáveres de centenares de prisioneros asesinados en masa

La llegada de los aliados a los campos descubre la magnitud del Holocausto

Los nazis montaron para su propio beneficio una industria dedicada al genocidio y a su aprovechamiento económico

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Montañas de ropajes, zapatos, abrigos, enseres, relojes, restos de vidas… Un silencio sepulcral, roto solamente por murmullos, quejidos, pronunciados en medio de la niebla, por algo parecido a seres humanos, más bien cadáveres andantes. En las fosas, miles de cuerpos inertes apiñados. Y en los trenes de transporte. Y en los hornos. El Horror. El olor de la muerte… Las tropas de avanzada del Ejército Rojo acababan de descubrir Auschwitz, quizá el más importante de los campos de exterminio levantados por los nazis. Antes, en su imparable avance desde el éxito de la Operación Bagration, habían entrado en Majdanek, Belzec, Sobibor, Treblinka…, previamente evacuados por los germanos en retirada. En abril de 1945, los americanos llegarían a Buchenwald, otro de los más importantes campos, diseñados, edificados y dirigidos para dar cumplida respuesta al más abyecto de los objetivos: la Solución Final.

La «Shoa»

Realmente no hay palabras que puedan definir el horror de los campos de exterminio: las torturas, los experimentos médicos aberrantes, la mano de obra esclava, las inhumanas condiciones de vida, las «duchas» con el gas zyklon B… Y sin embargo se tenía que haber sabido. Hitler lo había dicho. Los nazis lo habían dicho. Iban a ocuparse de la «cuestión judía» de una vez por todas y para siempre. El Holocausto. El genocidio judío. La Shoa. Más de seis millones de seres humanos exterminados y cerca de nueve millones de víctimas en total. Porque no todos fueron judíos. También gitanos, homosexuales, prisioneros de guerra eslavos, comunistas, opositores al régimen nazi, enfermos mentales, disidentes…, y quienes quedasen fuera de los parámetros de la «pureza racial» aria: todos ellos fueron a parar a los campos de la muerte.

Y no sólo fueron los nazis. Los ustacha croatas y el campo de exterminio de Jasenovac, que horrorizó incluso a los dirigentes de las SS, donde serbios, gitanos, judíos y otros considerados «indeseables» fueron sistemáticamente asesinados. Y también la población local de muchos de los países ocupados fue colaboradora activa del Holo causto: en Polonia, en las repúblicas bálticas, en Ucrania, donde el antisemitismo alimentado durante siglos encontró su necesario catalizador en las doctrinas nacionalsocialistas. Y los gobiernos: la Francia de Vichy, el gobierno de la Cruz Flechada en Hungría, la Rumanía de Antonescu, Josef Tiso en Eslovaquia. Pero también hubo países que se negaron a cooperar, como Bulgaria, o en los que la población ayudó de una manera decidida y decisiva a salvar a esa parte de la población estigmatizada, como Dinamarca.

Más de 6 millones de judíos exterminados y 9 millones de víctimas en los campos

Escalada

En marzo de 1933, a los pocos meses de la llegada de Hitler al poder, se abría el campo de Dachau. Fue el primero. Pronto se crean nuevos campos, que se llenan de opositores, y se va conformando una legislación cada vez más restrictiva para la población de origen judío, que desemboca en las Leyes Raciales de Nüremberg de 1935. El clima de antisemitismo creciente estalla el 9 de noviembre de 1938 en la llamada «Noche de los Cristales Rotos», un ataque coordinado a sinagogas, centros culturales, casas y negocios regentados por judíos. Los judíos son señalados, obligados a registrase y recluirse en guetos. El paroxismo del horror se alcanza durante la Segunda Guerra Mundial tras la invasión de la URSS. Las matanzas indiscriminadas perpetradas en los territorios ocupados por los alemanes dan paso a pogromos más o menos organizados. Pero no es suficiente. El exterminio es lento, se dispersan recursos logísticos. La conferencia de Wannsee de enero de 1942 intenta dar respuesta a estos «problemas» y sella el destino de millones de hebreos de toda Europa. Serán exterminados sistemáticamente.

Desde 1942 hasta el último aliento del régimen nazi, miles de trenes llevarán a millones de judíos a los campos de exterminio. Y si es cierto que todos los contendientes abrieron campos de concentración para albergar prisioneros de guerra (algunos incluso con condiciones atroces, como los que sufrieron los exiliados republicanos españoles en Francia o los campos de prisioneros soviéticos en Siberia), sin embargo, la sistematización de la muerte y su aprovechamiento económico, convertida en industria al servicio del genocidio, fue privativo de los nazis y sus campos, en favor del Reich y sus organizaciones, principalmente las SS. En los meses finales de la guerra, los aliados lograron desmantelar este criminal entramado, en el que no deja de sorprender la total falta de empatía de todos sus colaboradores, independientemente de su grado jerárquico y responsabilidad, con sus víctimas.

La pesadilla de los campos acompañará para siempre a la humanidad como una de sus peores sombras.