El nuevo acelerador de partículas que quieren construir en Europa costará 9.000 millones de euros - ABC

Las tres formas en que un acelerador de partículas podría destruir la Tierra

El célebre cosmólogo Martin Rees resucita en un libro los peores temores de los físicos: la generación de un agujero negro, la creación de «strangelets» o un desgarro en el espacio-tiempo

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Ahora que el CERN, el Centro Europeo de Investigaciones Nucleares, acaba de hacer públicos sus planes para construir un nuevo acelerador de partículas, cuatro veces más grande y diez veces más potente que el actual LHC, parece oportuno volver a preguntarse por la seguridad de esas gigantescas máquinas, las mayores jamás construidas por el hombre, capaces de triturar los componentes de la materia y de reproducir condiciones que no se conocían en el Universo desde el mismísimo Big Bang.

El nuevo acelerador, como ya publicó ABC, tendrá una circunferencia de 100 kilómetros, frente a los 27 kilómetros del actual LHC, y alcanzará una energía de colisión de 100 Tev (Teraelectronvoltios) contra los 14 Tev a los que es capaz de llegar el acelerador actual a su máxima potencia.

Y si bien es cierto que la inmensa mayoría de los científicos está absolutamente convencida de la seguridad de esas instalaciones, algunos de ellos parecen no estarlo en absoluto. La cuestión, que aparece cíclicamente en los medios de comunicación de todo el mundo sería, desde luego, menos preocupante si no fuera porque uno de los mayores «disidentes» de la doctrina oficial es el mismísimo Martin Reese, profesor de Cosmología de la Universidad de Cambridge y uno de los cosmólogos más prestigiosos de nuestro tiempo.

En un libro publicado a finales de 2018, On The Future: Prospects for Humanity, Rees explica, en efecto, las tres formas en que un gran acelerador de partículas, como el LHC o el Futuro Colisionador Circular (FCC) podría destruir por completo la Tierra, o incluso provocar una auténtica catástrofe de proporciones cósmicas.

No es la primera vez que estos «peligros» ven a la luz pública, y ya en los años 2000 y 2003 los físicos del CERN tuvieron que salir a escena para tranquilizar a una auténtica marea de ciudadanos seriamente preocupados.

El agujero negro y los «strangelets»

El primer escenario, el más conocido de todos, se daría si un acelerador, durante su actividad, diera lugar a la aparición de un agujero negro. «Podría ser que se formara un agujero negro -escribe Rees- y que empezara a tragarse todo lo que tiene alrededor». Si algo así sucediera realmente, todo nuestro mundo sería absorbido en cuestión de minutos, y donde una vez estuvo la Tierra solo quedaría un agujero negro dispuesto a seguir devorando todo lo que encuentre.

«La segunda posibilidad - prosigue el cosmólogo- es que los quarks (los componentes básicos de partículas como protones y neutrones) se volvieran a ensamblar en otros objetos densamente comprimidos llamados "strangelets"». Según Rees , «ese hecho, en sí mismo, resultaría inofensivo. Sin embargo, según algunas hipótesis, un strangelet podría, por contagio, convertir cualquier otra cosa que encuentre en una nueva (y exótica) forma de materia, transformando toda la Tierra en una esfera hiperdensa de apenas unos cien metros de diámetro». Lo cual vendría a ser, más o menos, el tamaño de un campo de fútbol.

Pero eso no es todo. Para Rees, en efecto, la tercera forma en que un acelerador de partículas podría destruir la Tierra sería, si cabe, mucho peor, ya que se trataría de «una catástrofe que se tragaría el espacio mismo».

Un desgarro en el espacio-tiempo

Para Rees, en efecto, «el espacio vacío, o lo que los físicos llaman ´vacío´, es en realidad mucho más que la nada. Es el escenario de todo lo que sucede. Y tiene, latentes en su interior, a todas las fuerzas y partículas que gobiernan el mundo físico. Pero ese vacío podría resultar ser frágil e inestable».

«Algunos -sigue escribiendo el cosmólogo- han especulado con el hecho de que la energía concentrada que se crea cuando las partículas chocan entre sí (en un acelerador), podría desencadenar una ´transición de fase´que rasgaría el tejido del espacio. Y eso sería una calamidad cósmica, no solo terrestre".

No hay ningún peligro

Lo cierto es que nada de esto suena demasiado bien... Sin embargo, como se ha dicho, el Grupo de Evaluación de Seguridad del LHC (LSAG) se mantiene firme en sus conclusiones de 2003 y asegura que el gran colisionador, y por tanto sus sucesores, «no representa un peligro y no hay motivo para la preocupación».

Uno de los argumentos del LSAG es que la propia Naturaleza ha hecho, durante la dilatada historia del Universo, una y mil veces lo mismo que los aceleradores hacen cuando los físicos llevan a las partículas a chocar en su interior. Y nunca le ha sucedido nada a la Tierra. Los rayos cósmicos, por ejemplo, que bombardean continuamente nuestro planeta son, básicamente, versiones naturales de lo que los aceleradores están haciendo.

El propio Stephen Hawking estaba convencido de la absoluta seguridad de estas máquinas gigantescas: «Las colisiones que liberan la mayor cantidad de energía -dijo en una ocasión el genial físico británico- ocurren millones de veces al día en la atmósfera terrestre (en referencia a los ya citados rayos cósmicos», y no ha pasado nada terrible".

Con respecto a los «strangelests», la cuestión ya se suscitó en los Estados Unidos en el año 2000, justo antes de la puesta en marcha del Relativistic Heavy Ion Collider (RHIC), una de cuyas misiones era, precisamente, encontrar esas extrañas partículas de «materia exótica». Tras casi una década en funcionamiento, sin embargo, no apareció ni una sola de ellas.

«La innovación -escribe Rees en su libro- suele ser peligrosa, pero si no asumimos los riesgos podemos estar renunciando a los beneficios. Sin embargo, los físicos deben ser prudentes al realizar experimentos que generan condiciones sin precedentes incluso en el Universo. [ ] Muchos de nosotros nos inclinamos a descartar esos riesgos como ciencia ficción, pero creemos que no se pueden ignorar, incluso si se los considera altamente improbables».