El misionero belga Padre Damien, junto a enfermos en una de las primeras leproserías del mundo, en Hawái
El misionero belga Padre Damien, junto a enfermos en una de las primeras leproserías del mundo, en Hawái - abc

Lepra, la enfermedad maldita

Hasta los setenta se consideraba una infección exclusivamente humana, no hallándose su equivalente en ninguna otra especie. Hoy se sabe que los armadillos también la padecen

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«Aun cuando mi piel sea insensible, no lo son mi alma y mi corazón». Esta inscripción está escrita sobre la roca con la que se funde la tumba de Olivia Breitha, junto a cientos de otras sepulturas apócrifas en Kalaupapa, Hawái. Allí estuvo una de las más célebres leproserías del mundo.

La leprosería de Kalaupapa permanecerá siempre unida al Padre Damien, un misionero belga que llegó al entonces inhóspito y perdido Reino de Hawái en el año 1873 (fotografía que acompaña al texto). Su admirable y abnegada labor trajo dignidad y esperanza a lo que era una «tumba de vivos». Con la ayuda de los pacientes rehabilitó la iglesia de Santa Filomena, construyó viviendas, plantó árboles, creó un sistema de alcantarillado, estableció un coro y dio digna sepultura a los muertos. Contrajo lepra, falleciendo en 1889; y allí fue enterrado, al lado de unas dos mil tumbas anónimas. Cuando ya estaba gravemente enfermo de lepra dejó escrito que «se consideraba el misionero más feliz del mundo».

Hawái abolió el aislamiento en 1969

Hawái abolió las leyes que condenaban al aislamiento de los internos de Kalaupapa en 1969, casi veinte años después del uso sistemático de los medicamentos contra la lepra. La Cámara Legislativa hawaiana pidió oficialmente perdón por el sufrimiento que las políticas de confinamiento y marginación habían causado a los enfermos. Su visita es, hoy día, parte de los programas turísticos.

Otra célebre leprosería es la que se abrió en el año 1893 en Carville, Louisiana, Estados Unidos, para albergar a los enfermos diagnosticados de lepra. Este centro, conocido como leprosería de Carville, oficialmente Gillis W. Long Hansen’s Disease Center, ocupaba una plantación abandonada cerca de un dique del río Mississippi.

El año pasado se celebró el centenario del nacimiento de Paul Brand, un cirujano pionero en el tratamiento de las lesiones causadas por la lepra. Junto a su esposa, Margaret, trabajaron en diversas leproserías, entre otras en Christian Medical College, en Vellore, y Research and Leprosy Center, en Karigiri, ambas en India; así como en la antes citada leprosería de Carville, en Louisiana, Estados Unidos. Paul Brand descubrió que la pérdida de los dedos de manos y pies en los estadios avanzados de la lepra era debida a alteraciones circulatorias y afectación de los nervios. Brand, en colaboración con Philip Yancey, publicó tres libros: «Fearfully and Woderfully Made», «In His Image»; y «The Gift of Pain».

La lepra (técnicamente enfermedad de Hansen) es una infección crónica que estigmatiza a quienes la padecen. Según la Organización Mundial de la Salud, once millones de personas en el mundo, con mayor prevalencia en África, Sudamérica (principalmente Brasil) y Asia (sobre todo en India). La sola mención de la lepra nos retrotrae a tiempos bíblicos.

Lázaro sufrió leptra

Según la tradición, modificación de la historia real, San Lázaro, quien fue resucitado por Jesucristo, padeció lepra. De ahí el nombre con el que se designaba antiguamente a la enfermedad («Mal de San Lázaro»); y lazaretos los lugares donde se recluía a los enfermos. Los leprosos eran considerados «muertos vivientes» a los que Dios les daba la oportunidad de pasar el purgatorio en vida. Las prácticas descritas en el Levítico (uno de los libros del Antiguo Testamento) otorgaban a los sacerdotes la facultad de identificar y excluir de la comunidad a los leprosos. En aquella época, y durante toda la Edad Media, bajo el epígrafe de lepra se incluían también enfermos con sífilis en estadios avanzados y otras dermatosis, considerándolas una misma enfermedad, en cualquier caso consecuencia de una maldición o castigo divino.

A los leprosos se les despojaba de todos los derechos civiles

La Iglesia Cristiana redactó procedimientos por los cuales los sacerdotes reconocían al paciente leproso (Sínodo de Ankyra, año 314). Estas Ordenanzas, que perduraron hasta la Baja Edad Media, dictaminaban que a los leprosos se les administrasen los últimos sacramentos (simbolizando la muerte corporal), vistiesen túnicas o capas con una cruz amarilla (simbolizando su purgatorio), y portaran matracas para avisar de su presencia cuando se acercaban a pueblos o ciudades, donde se les negaba el acceso. Asimismo, a los leprosos se les despojaba de todos los derechos civiles, incluido la posibilidad de matrimonio y el derecho de propiedad. La infamia sobre esta enfermedad que, en los estadios avanzados, desfiguraba terriblemente el rostro y otras partes del cuerpo, ha pervivido a lo largo de los siglos.

La bacteria que causa la lepra

Gerhard Henrik Armauer Hansen, médico de Bergen (la ciudad hanseática), Noruega, identificó la micobacteria (también denominado «bacilo de Hansen») que causa la lepra.

Existe un excelente trabajo sobre la lepra en España, cuya lectura se aconseja: «Historia de la lepra en España», del doctor José Terenciode las Aguas [Referencia bibliográfica: Piel 2005; 20(9): 485-97].

En el pasado, cuando no se disponía de tratamientos, daba lugar a terribles deformidades en la cara y el cuerpo, los dedos de manos y pies terminaban por caerse y los enfermos perdían la visión.

Hasta comienzos de la década de 1970 la lepra se consideraba una infección exclusivamente humana, no hallándose su equivalente en ninguna otra especie. Hoy se sabe que los armadillos también la padecen, contagiándose a partir de los humanos.

Tratamiento de la lepra

Hasta el desarrollo de los modernos medicamentos, el único remedio era el aceite de chaulmoogra extraído de las semillas de un árbol (Taraktogenos kurzü), que crece de modo espontáneo en el sudeste de Asia. Un médico bengalí lo introdujo en Europa en el año 1854, utilizándose desde entonces en las colonias europeas en Asia, África y Sudamérica.

Las referencias al aceite de chaulmoogra se encuentran en numerosas referencias de medicina oriental. Las semillas se llevaron a Hawái alrededor de 1800, donde los árboles se aclimataron muy bien. Los aceites extraídos de las semillas de chaulmoogra se usaron en la leprosería de Kalaupapa, comentada al comienzo de este artículo. El uso de los preparados de chaulmoogra persistió durante la primera mitad del siglo XX hasta la instauración de los más modernos, eficaces y consistentes tratamientos farmacológicos.

El medicamento clásico en el tratamiento de la enfermedad de Hansen es la dapsona. Se sintetizó inicialmente en la Universidad de Friburgo en el año 1908 pero quedó relegada como un hallazgo de laboratorio sin utilidad alguna durante las siguientes dos décadas hasta que en el bienio 1937-1938 comienza a emplearse de nuevo.

Hoy existen diversos medicamentos usados para el tratamiento de la lepra, de demostrada eficacia. El tratamiento debe asociar varios de estos fármacos para evitar o disminuir el surgimiento de resistencias al germen causal. Se trata de una enfermedad infecciosa que requiere administrar tratamientos continuados durante dos o tres años.

La lepra se propaga a través de las secreciones respiratorias de los enfermos. Desde el contagio hasta la aparición de los síntomas pueden transcurrir desde unos pocos años a más de tres décadas. Las infecciones subclínicas son más probables en aquellos lugares donde la lepra continúa siendo endémica.

La lepra (enfermedad de Hansen) ha dejado de ser un problema médico y sanitario de primer orden, al menos en los países desarrollados. Ha perdido su aura de enfermedad maldita por siglos de ostracismo, incomprensión, ignorancia y rechazo. Continúa siendo un problema de salud en muchos países pobres, donde muchos pacientes ni siquiera tienen acceso a la medicación. El número de portadores asintomáticos (personas infectadas que no desarrollan la enfermedad) es así mismo muy elevado, manteniendo el nicho biológico de la micobacteria. Los Programas de Salud Global se deben dirigir al objetivo, hoy lejano, de erradicar la enfermedad.

**Sobre el autor: el doctor José Manuel López Tricas está especializado en Farmacia Hospitalaria. Más información en www.info-farmacia.com.