Hemeroteca / DIEZ AÑOS SIN MILI

Más de 200 años de historias de la mili

Día 22/03/2011 - 12.06h

Desde Carlos III, en 1770, a Aznar, en 2001, el servicio militar obligatorio fue transformándose con la sociedad hasta desaparecer, hace ahora una década

mANUEL SANZ
Instrucción de los soldados de la División Pentónica y Acorazada de Madrid (1960)
Carlos III, en 1770, y Jose María Aznar, en 2001. Protagonistas del principio y fin del servicio militar obligatorio que, durante 231 años, cumplieron millones de jóvenes en España. Como reclutas voluntarios o forzosos, mediante las levas o tras la supresión de las redenciones en metálico, por un periodo de ocho años o de cinco meses. Casi todos nuestros abuelos, y los tatarabuelos de nuestros tatarabuelos, acumulan historia de ella, de alegrías y misierias… hasta que el Gobierno de Aznar decidió que «el servicio militar obligatorio era, sencillamente, inmantenible en la España del fin del siglo XX».

El Real Decreto del 9 de marzo de 2001, aprobado por el Consejo de Ministros hace hoy justo diez años, cumplía con la promesa electoral echa por Aznar de suprimir la prestación del servicio militar. Nadie se acuerda ya de las críticas del PSOE, que aseguraba que el Gobierno no podría asumir los 100.000 millones de pesetas que costaría al año la profesionalización del Ejército, hasta el punto de que el actual ministerio de Defensa socialista ha organizado para hoy varios actos de celebración por el décimo aniversario de tan histórica fecha.

Alrededor de 115.000 soldados tenía el Ejército cuando Carlos III promulgó la Real Ordenanza de Reemplazo Anual del Ejército Obligatorio, el 13 de noviembre de 1770, y algo más de 76.000 en 2001. La diferencia es que, a finales de siglo XVIII, existían un montón de exenciones por la que sólo los campesinos más pobres terminaban cumpliendo con el servicio militar. Sectores tan improductivos como el de los mayordomos o los ayudas de cámara se libraban, para atender las necesidades de la aristocracia, y los pobres labradores, cuyos brazos eran imprescindibles para el sostenimiento de la familia, tenían que marchar ocho años al Ejército.

Librarse de la mili, 15.000 reales

Para bien o para mal, el servicio militar fue condicionando las transformaciones de la sociedad. En 1800, se redujeron las causas de exención, pero, en 1812, las Cortes de Cádiz implantaban la «redención en metálico», marcando aún más las diferencias sociales entre las clases. El pretexto: la necesidad de atender al vestuario y sustento de los soldados, convirtiendo el servicio militar en un asunto de pobres. En concreto, los que no podían pagar los 15.000 reales que costaba librase.

Muy poca gente pensaba, a pesar de las desigualdades, que la prestación militar no fuera imprescindible. Desde los escritores militares hasta políticos radicales, como Pi y Margall, la defendían. Emilio Castelar llegó a escribir: «La nación debe a todos los ciudadanos el reconocimiento de su voto y esta está en el caso de exigir a todos los ciudadanos el servicio militar».

La «redención en metálico» se mantuvo un siglo, provocando que, precisamente en la Guerra de Cuba, en 1898, el número de redimidos se incrementara considerablemente, ingresando el Gobierno por ello más de 400 millones de pesetas de la época. Pero llegó el infausto presidente José Canalejas con su idea de limar las injusticias en el remplazo. Y, poco antes de ser asesinado, en 1912, estableció el «soldado de cuota» y eliminó la «sustitución» y la «redención en metálico», ofreciendo la posibilidad de que los reclutas con cierto nivel económico pudieran pagar 1.000 o 2.000 pesetas, para prestar un servicio militar de 10 o cinco meses respectivamente. El resto, tres años.

Y se le llamó «mili»

Fue con esta medida con la que al servicio militar se le comenzó a llamar popularmente «mili». La misma mili sobre la que abuelos y padres han contado historias a sus nietos, algunas de las cuales acababan con frases como: «Los mejores amigos, los de la mili».

La misma mili que se fue reduciendo, con la modernización del Ejército, desde los tres años en 1912, hasta los dos en 1940, entre 15 y 24 meses en 1968, un año en 1984 y, finalmente, a nueve meses en 1991. Y durante este tiempo, las ciudades vieron como miles y miles de jóvenes del campo se incorporaban a los acuartelamientos urbanos y, posteriormente, se integraba en la vida de la ciudad tras encontrar un trabajo.

Y, como no todo fueron tiros, hay que destacar también el interés de las Fuerzas Armadas por mejorar la calidad de vida de sus reclutas y acabar con el analfabetismo. Hasta el punto de que, a partir del final de la Guerra Civil, prácticamente todos los soldados que cumplían la mili, salían de los cuarteles sabiendo leer y escribir, y muchos de ellos, recibían la formación técnica necesaria para trabajar después como ferroviarios, zapadores, pontoneros o telegrafistas, más intensamente con la llegada de la Democracia.

Pero a medida que la mecanización fue ganando terreno en las Fuerzas Armadas, el número de soldados fue un factor menos importante que la calidad de las armas. Hasta que Aznar, el 9 de marzo de 2001, dio el paso definitivo, librando de la mili, más de 200 años después, a un millón de jóvenes cuyas prorrogas habían cumplido… ¡Si Carlos III levantara la cabeza!

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