... Creó un estilo propio, inconfundible. Con temas y lugares singulares; y con personajes perdurables: Nick Adams, Harry Morgan, Robert Jordan, el viejo Santiago, hombres destrozados pero no derrotados...
Sábado, 20-12-08
«TODOS sois una generación perdida», le dijo en una ocasión Gertrude Stein a Hemingway, que puso la frase al frente de su primera gran novela, Fiesta. Stein, que apoyó decididamente a los jóvenes escritores norteamericanos como Hemingway expatriados en el París de la década de 1920, tomó la expresión del dueño de un taller parisino que, al ver la torpe reparación que del automóvil de la escritora había hecho uno de sus mecánicos, reprendió a éste diciéndole que todos eran une génération perdue. Y Gertrude Stein añadió dirigiéndose a Hemingway al relatarle la anécdota: «Eso es lo que sois. Eso es lo que sois todos vosotros... todos vosotros los jóvenes que servísteis en la guerra. Sois una generación perdida... No respetáis nada. Os estáis matando con el alcohol». El término, «generación perdida», hizo fortuna. Malcolm Cowley se ocupó ya de ella -de Hemingway, Dos Passos, Scott Fitzgerald, Hart Crane, E. E. Cummings y Archibald MacLeish- en un libro, excelente y oportuno, que con ese mismo título, The Lost Generation, publicó en 1933.
Como escritor y en razón de su personalidad, Hemingway (1899-1961), en buena medida la encarnación más reveladora de esa generación, suscitó siempre, y lo sigue haciendo, interés superlativo. Hemingway, en efecto, lo tuvo todo: físico atractivo, tipo atlético y vigoroso, energía, carisma, instinto literario, inteligencia publicitaria. Pero tuvo también, como toda su generación, grandes carencias (y turbulencias) morales y aún físicas: egolatría, exhibicionismo, carácter intempestivo, vanidad sexual, rivalidades literarias, alcoholismo, depresión, paranoia. Fue herido en la I Guerra Mundial en la que participó, en el frente italiano, como conductor de ambulancias. Se casó cuatro veces (una de ellas, con la también escritora Martha Gellhorn, calamitosamente), tuvo tres hijos, dos accidentes de avioneta y cuatro de automóvil. Estuvo siempre fascinado por la violencia y la muerte: la guerra, los toros, el boxeo, la caza mayor, la pesca de altura, el suicidio.
Escribió nueve novelas, cuatro libros de ensayo, unos 100 relatos cortos, cerca de 400 artículos y una obra de teatro. Varias de sus primeras obras, escritas en la década de 1920 cuando aún no tenía treinta años, fueron literalmente obras maestras. Fiesta (1926) recreaba la historia de un grupo de expatriados norteamericanos en el París de la posguerra cuyo vacío moral sólo se satisfará con el violento vitalismo de las fiestas de toros de Pamplona. Hombres sin mujeres (1927) era una colección de breves relatos -ciertamente insuperables- sobre toros, gánsters, boxeo, infidelidades, divorcios, aborto, soldados,...Adiós a las armas (1929) era una demoledora novela antibelicista, en buena parte basada en la experiencia del autor en la guerra mundial.
Luego, convertido en una personalidad internacional cuya vida y experiencias -la aparición de sus libros, su presencia en los toros, sus aventuras amorosas, sus safaris, sus bebidas preferidas, sus divorcios- eran seguidos con atención inusitada por los medios de comunicación, su producción, recibida siempre con excepcional expectación, fue ya extraordinariamente desigual, por lo general fallida pero con resurrecciones literarias deslumbrantes (casos de «La breve y feliz vida de Francis Macomber», El viejo y el mar o París era una fiesta). Las turbulencias de su vida privada, la endeblez de su equipaje ideológico, la misma inautenticidad moral en que Hemingway vivió instalado a raíz de su éxito -fascinado por la vida acomodada y por la compañía de personas socialmente distinguidas y a su vez seducidas por la notoriedad del escritor- pasaron una carísima factura a su capacidad creativa.
Muerte en la tarde (1932) era un tratado de tauromaquia muy bien escrito pero en el que Hemingway introducía inopinadamente un personaje de ficción, la Señora mayor, absurdo e innecesario. El ganador no se lleva nada (1933) era una colección de relatos que nada añadía a Hombres sin mujeres. Las verdes colinas de África (1935), que quiso ser un tratado sobre la caza en África, era un libro plúmbeo. Tener y no tener (1937) era una novela totalmente irregular, carente de unidad. La quinta columna (1938), obra de teatro sobre la guerra española -una guerra en la que, como es bien sabido, Hemingway se implicó decididamente- carecía de credibilidad y de tensión dramática: los 31 artículos que sobre la guerra envió a la agencia NANA a lo largo de los tres viajes que hizo a España en 1937-38, y los relatos cortos que escribió basados sobre sus experiencias en la contienda española, fueron, en el mejor de los casos, escasamente memorables.
La misma Por quién doblan las campanas (1940), la gran novela de Hemingway sobre la guerra civil española -la historia de Robert Jordan, profesor de español norteamericano que se incorpora a una pequeña guerrilla republicana que operaba en la sierra de Madrid, con la misión de dinamitar un puente de cara a una ofensiva del Ejército republicano sobre Segovia-, libro del que vendió cientos de miles de ejemplares, no es una novela convincente, lograda, pese a la maestría que Hemingway había mostrado en toda su producción anterior al tratar temas de violencia. La obra supuso, sin duda, una clara recuperación respecto a los cinco libros de Hemingway de los años treinta citados más arriba. Pero era inferior a los relatos de África de 1936, La breve y feliz vida de Francis Macomber y Las nieves del Kilimanjaro, lo mejor de Hemingway en dicha década. Por quién doblan las campanas tenía, ciertamente, escenas extraordinarias (la matanza de fascistas en un pueblo de Ávila, los movimientos de tropas, la vida en la retaguardia en los hoteles de Madrid...), idealismo pro-republicano, un protagonista solitario y heroico, interacción de personajes reales y ficticios, y buen pulso narrativo. Pero, como señaló en su día Arturo Barea, los defectos de la obra eran palmarios: una situación imposible (una guerrilla liderada por una gitana andaluza), paralelismos tópicos toros-guerra civil, sensiblería romántica (la historia de amor entre R. Jordan y María) y un desafortunado estilo en inglés para representar el castellano de los personajes. Hemingway sentimentalizó la guerra civil española: su novela era una historia de amor y una novela de aventuras, no la épica trágica de la guerra y de su complejidad ideológica, política y moral.
El siguiente libro de Hemingway, Al otro lado del río y entre los árboles (1950), fue una catástrofe, como lo serían Islas a la deriva y El jardín del Edén entre sus libros póstumos. Sus crónicas de la II Guerra Mundial resultaron anodinas, prescindibles. Ya ha quedado dicho: Hemingway resucitaría con El viejo y el mar(1954), la historia del viejo pescador cubano que logra bravamente la mayor captura de su vida, un formidable pez espada, sólo para ver impotente cómo los tiburones devoran a dentelladas la pieza y destrozan su extraordinaria hazaña. Hemingway dejaría también un espléndido relato autobiográfico, París era una fiesta (1964), sobre los años, la década de 1920, que vivió en la capital francesa iniciándose como escritor. El verano peligroso, la larga crónica taurina sobre la rivalidad entre Ordóñez y Dominguín que escribió para Life en 1960, era en cambio una narración reiterativa, monótona, decididamente tediosa.
Pero el mejor Hemingway fue excepcional. Creó un estilo propio, inconfundible: lacónico, directo, desprovisto de toda afectación o pedantería literaria o lingüística. Con temas y lugares singulares (el alto Michigan, la pesca de río; el trauma de la I Guerra Mundial; expatriados, soldados, asesinos, boxeadores, toreros; el París de los años veinte; España, Pamplona, los toros; África, la caza; Key West, Cuba, las islas del Golfo; la guerra de España, Venecia...); y con personajes perdurables: Nick Adams, Frederick Henry, Jake Barnes, Francis Macomber, Harry Morgan, Robert Jordan, el viejo Santiago, hombres destrozados pero no derrotados, el gran tema de la obra de Hemingway. Fue eso lo que hizo que Hemingway revolucionara la literatura norteamericana, nada menos que la única literatura significativa, según el poeta inglés Auden, de los años 1920-50.

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