La 'maldición' de la 28ª División americana: los héroes que se sacrificaron para detener la última locura de Hitler

Fue conocida como la unidad «del cubo sangriento» por la ingente cantidad de bajas que sufrió (entre otras) en la batalla del bosque de Hürtgen

Tras ser enviada a las Ardenas (una zona que se creía tranquila) fue atacada por sorpresa por los nazis

Los expertos Jesús Hernández y Juan Vázquez explican a ABC las dos grandes batallas en las que se vieron involucrados estos valientes

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La actuación del Ejército Americano en la Segunda Guerra Mundial ha quedado grabada en las páginas de la Historia de una forma desigual. Tras el Día D, las unidades aerotransportadas como la 101ª División atesoraron casi toda la gloria por saltar tras las líneas enemigas. Por su parte, los comandos de Rangers se ganaron la reputación de tener un naso del tamaño de un cañón del 88 germano gracias a actuaciones como Pointe du Hoc. Sin embargo, poco se sabe del papel trascendental que tuvo la 28ª División de Infantería. Un grupo de valientes que -aunque no combatió en el Desembarco del 6 de junio- recibió una buena cantidad de bajas en la batalla del bosque de Hürtgen y, posteriormente, logró detener la última gran ofensiva de Adolf Hitler en las Ardenas.

La ferocidad de los hombres de la 28ª División de Infantería fue tal que los alemanes llegaron a bautizarla como la unidad del «cubo sangriento». Por ello, y porque su distintivo era un dintel rojo. Con todo, la valentía de esta unidad fue equivalente a su mala suerte durante la primera parte de la ofensiva americana en Francia. Bélgica y Luxemburgo. Y es que, estos combatientes perdieron a su oficial al mando durante su primer mes en la «France», sufrieron una cantidad de bajas brutal en la batalla del bosque de Hürtgen y, por si fuera poco, fueron arrasados por sorpresa en la misma zona (las Ardenas) a la que se les había enviado para descansar tras los buenos servicios prestados. Ya fuera mala suerte o no, sus integrantes se mantuvieron firmes hasta el final en todos los frentes.

Una muerte desafortunada

La 28ª División de Infantería fue liderada por multitud de mandamases desde su creación, pero ninguno tuvo el carisma de Norman Daniel Cota. O «Dutch» («el holandés»), como le conocía desde la tropa, hasta la plana mayor aliada. Este oficial obtuvo sus galones (bien ganados, todo hay que decirlo) cuando desembarcó en la playa de Omaha como brigadier general de la 29ª División de Infantería. En la práctica, como su segundo al mando. Se cuenta que, durante aquella aciaga jornada, se dedicó a recorrer la arena dando ánimos a los soldados y sin mostrar ningún temor a las balas nazis. Su obsesión era que los hombres siguieran avanzando y no se quedaran en la costa a merced de los disparos enemigos. Ese día llegó a liderar uno de los desesperados ataques para asegurar la zona al grito de «¡Venga! ¡Vamos a ver de qué estáis hechos!».

Pero por lo que se hizo conocido Cota realmente fue por acuñar el lema de los Rangers americanos («Rangers lead the way!»). Una unidad de élite estadounidense que desembarcó en Omaha para apoyar a la «Big Red One» (la veterana 1ª División de Infantería) y a la bisoña 29ª. Aunque existen muchas teorías sobre este episodio, la mayoría de las fuentes coinciden en que, al ver que los soldados no se decidían a avanzar, «Dutch» se acercó a uno de estos «comandos» y le dirigió el siguiente alarido: «¡Si de verdad sois Rangers, levantaos y liderad el camino!». Parece que le hicieron caso. Tal y como afirma el autor Rick Atkinson en «Los cañones del atardecer: La guerra en Europa, 1944-1945», «el holandés» se pasó el día con un puro sin encender en la boca y demostró su aplomo cantando en voz baja mientras caminaba por Normandía.

Norman Cota
Norman Cota- ABC

Era, sin duda, el jefe idóneo para la 28ª. Una unidad poco fogueada por entonces, pero que atesoraba una historia llena de conflictos bélicos. No en vano esta División había combatido en seis grandes campañas de la Primera Guerra Mundial y contaba con más de dos siglos de evolución a lo largo del extenso devenir de los Estados Unidos. Cota fue destinado a ella como Mayor General y, para cuando dio con sus posaderas en la poltrona de mando (en agosto de 1944, según el historiador Walter S. Zapotoczny) sus nuevos 'chicos' ya habían desembarcado en las arenas de Normandía el 22 de julio y habían combatido en Percy, Montbray, Montguoray, Gathemo y St. Sever. Fue precisamente en este período donde se ganaron el sobrenombre de «División del cubo sangriento» por la efusividad con la que dieron buena cuenta de los nazis.

Para ser más concretos, tras llegar a Normandía más de un mes después del día Día D, la 28º logró cazar cual lobo a los remanentes del Séptimo Ejército Alemán que todavía quedaban al norte del río Sena. Antes de la llegada de Cota, los americanos de esta unidad se dejaron la vida y el alma en el mítico «bocage» galo. Terrenos bordeados por setos en los que era más que sencillo esconder desde una devastadora ametralladora MG42 alemana, hasta una letal pieza de artillería del 88. Por entonces la División era dirigida por el general de brigada James E. Wharton. Sin embargo, este oficial murió en batalla el 12 de agosto. Para su desgracia, cayó presa de un tirador nazi bien entrenado, como bien se explica en la página web del cementerio de Arlington: «Wharton fue asesinado por un francotirador alemán mientras comandaba su división». Toda una maldición para sus hombres. Al fin y al cabo, era séptimo general fallecido desde el ataque de Pearl Harbour en 1941. «Dutch» le sustituyó.

Línea Sigfrido

De las playas del norte de Francia, al Sena. Y desde allí, a París. La 28º fue una de las Divisiones que participaron en una acción tan memorable para los galos como la liberación de la capital el 24 de agosto de 1944. La misma operación en la que también se destacó una unidad tan castiza como «La Nueve», formada en buena medida por españoles. Curiosidades a un lado, el día 29 de ese mismo mes los hombres de Cota fueron los encargados de desfilar a lo largo de los Campos Elíseos con todo su equipo de combate a cuestas. Junto a ellos circulaban las decenas de jeeps, carros de combate «Sherman» y multitud de piezas de artillería. Parecían invencibles y tenían un aspecto impoluto. No en vano los oficiales estadounidenses, sabedores de lo importante que era dar una buena impresión a los franceses, les habían habilitado duchas unas horas antes.

Este desfile lo completaba una banda de música tocando «Khaki Bill». El espectáculo enterneció los corazones de los galos. Pero lo que muy pocos sabían es que los militares se dirigían hacia el norte de la ciudad para intercambiar balas con los alemanes que aún defendían las inmediaciones de la urbe. «Fue una de las órdenes de ataque más curiosa que se haya dado. No creo que mucha gente se diera cuenta de que los hombres desfilaban para entrar directamente en combate», explicó posteriormente el General de Ejército Omar Nelson Bradley. El popular historiador y experto en la Segunda Guerra Mundial Antony Beevor explica en «Ardenas 1944, la última apuesta de Hitler» que, a pesar de ello, el espectáculo fue encomiable e infundió una buena dosis de optimismo en la sociedad. Ver como los vehículos y los hombres copaban las calles de cercanas a Versalles elevaba a los americanos a la altura de invencibles. Al menos, ante los ojos de los civiles.

Tan solo un día después de lucir sus mejores galas en el desfile parisino, la 28ª División de Infantería de los Estados Unidos volvió a paladear de nuevo el amargo sabor de los combates y de los avances a toda prisa a través de frondosos y molestos bosques ubicados al noreste de la capital francesa. A la sazón de unos 30 kilómetros por día, los hombres de Cota atravesaron en pocas jornadas Compeigne, la región de Sedan y, finalmente, presentaron armas ante la Línea Sigfrido. Una muralla fortificada a base de decenas de búnkers de hormigón y trampas anticarro que se extendía 600 kilómetros desde Holanda hasta Suiza. El último muro alemán antes del premio gordo.

La conquista de la Línea Sigfrido fue uno de los peores trabajos que tuvieron que llevar a cabo. Tal y como se explica en la biografía del capitán Thomas J. Flynn (de la 28ª División), el 11 de septiembre la unidad ya había destruido, inutilizado o capturado 153 posiciones o búnkers nazis. El avance fue más que arduo. Fue insoportable y lento. Para empezar, porque para acceder a los fortines había que destrozar los molestos «dientes de dragón». Pequeñas estructuras macizas con forma piramidal que -colocadas a cientos en el camino- impedían el paso a los carros de combate. «Para abrirse paso a cañonazos entre las pirámides de hormigón armado los “Sherman” necesitaban disparar unos cincuenta proyectiles», explica Beevor.

La sangría de Hürtgen

Después de un corto periodo de tiempo en el que recuperaron fuerzas, los miembros de la 28ª División de Infantería de Cota fueron llamados a filas. Su nuevo objetivo sería internarse en el temible bosque de Hürtgen. Una zona de muerte que protegía el flanco de la línea Sigfrido alemana y que los nazis defendían desde el 14 de septiembre a sangre y fuego. Aquella región se convirtió en una verdadera maldición para los norteamericanos. Era un zona sin apenas importancia estratégica y aparentemente fácil de tomar (una gran mentira, como se demostró después); pero en la que el frío, el penoso clima y las defensas de los hombres de Hitler provocaron la muerte de miles y miles de soldados aliados.

Por si todo ello fuese poco, los hombres del Primer Ejército (los encargados de tomar la zona por las bravas) estaban al mando de Courtney Hodges. Un oficial cuya máxima era avanzar contra el enemigo sin importar el número de bajas propias y que se obsesionó durante meses en conquistar Hürtgen a pesar de la ingente cantidad de bajas sufridas. Una auténtica locura que, posteriormente, le costaría la integridad a muchos valientes de la 28ª División.

«Hodges, hombre estricto y formalista, con bigote recortado, se mantenía siempre erguido y rara vez sonreía. […] Era reacio a tomar decisiones rápidas, y adolecía de falta de imaginación para maniobrar. Creía simplemente en que había que lanzarse contra el enemigo de cabeza. Parecía más un hombre de negocios en su despacho de la sede de su empresa que un soldado, y difícilmente visitaba la línea del frente más allá del puesto de mando de una división», añade Beevor en su libro.

La 28ª desfilando por París
La 28ª desfilando por París

Ante la imposibilidad de conquistar Hürtgen, Hodges llamó a la 28ª División (afincada entonces en Rott) a la zona. En una reunión que mantuvo con Cota a principios de Noviembre le dejó sus planes cristalinos. Su idea (que denominó como «excelente» sin ningún tipo de reparos) consistía en que la unidad de «Dutch» entrase en la zona y, como si fuese una lanza, abriese una brecha en las poderosas líneas defensivas nazis ubicadas al este tras avanzar sin protección a través de empinados valles y escarpados barrancos. A su vez, el mandamás le ordenó dividir a sus hombres en tres grupos para cubrir todavía más terreno. La decisión fue desastrosa. En las siguientes jornadas los del «cubo sangriento» lograron conquistar varios kilómetros de terreno a costa de una brutal cantidad de bajas, pero lo acabaron perdiendo cuando los germanos contraatacaron con sus temibles Panzer.

En las semanas siguientes la 28ª de Cota quedó todavía más maltrecha si cabe al sufrir las inclemencias del tiempo y desgastarse por la gran cantidad de trampas que los alemanes habían preparado en Hürtgen. El frío y la humedad provocaron también un caso tras otro del temible «pie de trinchera». Dolencia que, en caso de no curarse adecuadamente, podía llevar a la pérdida de la pierna a los combatientes.

Aunque algunos expertos miran con escepticismo los partes de bajas, las cifras oficiales afirman que los del «cubo sangriento» lamentaron en esta contienda 6.184 bajas en combate, además de 738 casos del temible «pie de trinchera» y 620 de fatiga de combate. En la práctica, la unidad había sido totalmente diezmada pues -en la Segunda Guerra Mundial- las divisones se componían de entre 10.000 y 20.000 hombres. A pesar de todo, la victoria fue para los de Hodges.

Y la maldición de las Ardenas

Agotados, sucios por combatir entre árboles, diezmados y heridos en su orgullo, los hombres de la 28ª División de Infantería fueron retirados del frente de batalla en los días posteriores y enviados a descansar al sur de la región de las Ardenas. Una zona sumamente montañosa en la que el mando aliado no esperaba -en principio- ningún ataque germano. Antony Beevor explica en su documentada obra «Ardenas, 1944, la última apuesta de Hitler» que enviar a este destino (conocido como la Suiza de Luxemburgo) a los del «cubo sangriento» era una forma de premiarles por los servicios prestados.

No en vano, el autor define la ubicación como «un paraíso de tranquilidad para las tropas exhaustas». Según preveían los oficiales, aquellos héroes -ya unos versados combatientes- no tendrían problemas para defender el territorio. Al fin y al cabo, era sumamente difícil introducir entre troncos grandes grupos de carros de combate, y la infantería germana estaba ocupada en otros menesteres mucho más preocupantes. Algunos, como impedir que los aliados accediesen directamente a su sagrada Alemania.

Para su desgracia, con lo que no contaban los mandos era con que Adolf Hitler había planeado durante semanas atacar la zona en la que se habían asentado la 28ª y la 4ª Divisiones de Infantería. El «Führer», en su megalomanía, creía que si lograba romper las líneas americanas por una región que los mandos enemigos consideraban imposible, y conseguía conquistar con sus tropas el puerto de Amberes, obligaría a los británicos a regresar de vuelta al Reino Unido. Aunque el plan era más que descabellado debido a la escasez de gasolina y la falta de soldados experimentados, el líder nazi movilizó en secreto a más de 250.000 combatientes y entre 1.000 y 2.000 carros de combate. Sabía que era su última oportunidad de llevar a cabo una ofensiva sorpresa, así que ordenó a sus hombres avanzar a cualquier precio hasta el objetivo final. Alemania dependía de ello.

«Los americanos que se encontraban en primer línea fueron aniquilados o hechos prisioneros»

A mediados de diciembre de 1944 la agotada (pero veterana) división de Cota no podía siquiera concebir lo que se le venía encima. El día 16 comenzó el ataque alemán. Y fue más que salvaje... Fue casi suicida. Repentinamente, cientos y cientos de germanos se arrojaron sobre las escuálidas defensas aliadas establecidas en las Ardenas. La sorpresa fue total. La 28ª División, establecida en una región demasiado extensa para los hombres que la formaban, tuvo que ver como cargaban contra ellos miles de soldados y decenas de carros de combate. Vehículos entre los que (según unos informes posteriormente puestos duda) destacaban los temibles Panzer VI. Los infames «Tigres» equipados con un cañón de 88 milímetros capaz de abrir como una lata de sardinas a los polivalentes (pero débiles) «Sherman».

Tras haber perdido a su jefe por un disparo fortuito de un francotirador después del Día D, y después de sufrir una sangría en el bosque de Hürtgen, sin duda fue una auténtica maldición que les tocara combatir a brazo partido en la última ofensiva de Adolf Hitler. Aunque lo hicieron junto a otras unidades afincadas en las Ardenas, su mala suerte quedó más que patente. El autor Pedro J. Molina Tijeras define el estupor de los aliados en las Ardenas de la siguiente forma en su obra «La Segunda Guerra Mundial en sus citas»: «Los americanos que se encontraban en primer línea fueron sorprendidos totalmente y, a consecuencia de ello, aniquilados o hechos prisioneros».

Primeros días

El primer día de la ofensiva la 28ª, exhausta, logró defenderse a pesar de que había perdido a la mayor parte de sus veteranos en Hürtgen. Según parece, las bisoñas tropas germanas cometieron todo tipo de errores durante el ataque. Fallos que favorecieron que la unidad de «cubo sangriento» pudiese resistir y ganar tiempo para que los mandos aliados enviaran refuerzos a la zona. Según un informe del 112º Regimiento (uno de los que formaba esta División) el primer día fue un auténtico despropósito en todos los sentidos: «La mañana del asalto inicial habría muchos indicios que de que la infantería alemana había tomado abundantes dosis de bebidas alcohólicas. Reían, gritaban... […] El examen de las cantimploras de varios cadáveres desveló que solo unos minutos antes habían contenido coñac».

Con el paso de las horas, la 28ª no se retiró a pesar de que los alemanes rompieron su línea defensiva a lo largo del terreno elevado conocido como «Skyline drive». Un oficial aliado llegó a afirmar posteriormente que jamás hubiera imaginado que una unidad pudiera resistir tanto al enemigo en esa situación. La División, en principio, tampoco infundía demasiado respeto en el comandante del Grupo de Ejércitos alemán. Así lo admitió él mismo tras la Segunda Guerra Mundial, cuando señaló que la veía «mediocre y sin ninguna reputación de combate». Sin embargo, los hombres del «cubo sangriento» hicieron honor a su apodo y defendieron sus posiciones durante horas y horas con una misión: retener a los nazis el mayor tiempo posible para que las líneas de retaguardia aliadas fueran avisadas de la ofensiva y se organziaran para rechazar al enemigo.

Núcleos de resistencia

Los puntos de resistencia de la 28ª División se ubicaron en los alrededores de la ciudad de Bastogne (un enclave determinante debido a que de ella salían siete carreteras que controlaban el acceso a una buena parte de las Ardenas). Sus dos posiciones más destacadas fueron Wiltz y Clervaux, ambas al este de la urbe principal. Pero la unidad estaba asentada también en pueblos como Hosingen, Heinerscheid o Marnach (los tres, cercanos a Wiltz).

1-Wiltz

La 28ª sufrió su primer golpe contundente en Wiltz, donde el 110 Regimiento de Infantería se tuvo que enfrentar a los poderosos «Tigres» alemanes sin armas anticarro pesadas. Apenas contaban con bazokas, poco efectivos si no se usaban contra la parte trasera de los blindados pesados germanos. A pesar de ello, aquellos valientes lograron mantener el pueblo en su poder. El día 17, Cota solicitó al coronel William L. Roberts que reforzara a aquellos maltrechos héroes con sus tanques, pero este se negó, pues había recibido otras órdenes. Pero ni eso quebrantó la moral de los hombres del «cubo sangriento».

El 18 de diciembre, apenas dos días después del comienzo de la ofensiva, los hombres de la 28ª ya estaban más que agotados por haber combatido durante horas ante un número gigantesco de enemigos. En ese penoso momento fueron atacados por 40 carros de combate y la 5ª División Fallschirmjäger (los paracaidistas alemanes). La defensa fue dura, pero a los americanos no les quedó más remedio que ir renunciando a sus posiciones hasta acabar en el centro del pueblo. Según Beevor, cuando poco podían hacer por la victoria contactaron con Cota. Y este se limitó a decirles: «¡Dadles fuerte, diablos!». Continuaron luchando, pero al final se vieron obligados a retirarse a Bastogne.

2-Clervaux

El segundo punto determinante de resistencia fue Clervaux, una antigua ciudad en la que había un castillo. En ella estaba afincado tanto el puesto de mando del 110 Regimiento de Infantería (al mando del coronel Fuller) como casi un centenar de hombres. Antes del amanecer del día 17, los alemanes avanzaron hasta la urbe con la 2ª División Panzer. También se destacaron los populares Panzergrenadiere, que acabaron con una batería de artillería de campaña ubicada en la zona. Finalmente, a los defensores no les quedó más remedio que retirarse a la plaza fuerte y defenderla desde el interior. A pesar de que los francotiradores de la 28ª hicieron estragos, los hombres del «cubo sangriento» no tuvieron más remedio que rendirse después de ser duramente castigados por la artillería nazi y los temibles tanques «Panther» («Pantera»).

Ofensiva de las Ardenas
Ofensiva de las Ardenas- ABC

La retirada de los héroes

El sacrificio de los héroes de la 28ª no tuvo parangón. Con su vida, lograron que los mandos aliados pudieran enviar refuerzos a las Ardenas. Dieron un tiempo más que determinante a sus compañeros para lograr la victoria. De hecho, al final de la ofensiva el oficial del XLVII Ejército Panzer (el Generalmajor Heinz Kokott) llegó a decir que «el principal contratiempo para sus planes lo habían provocado el arrojo y el valor de determinadas compañías de la 28ª División». Ejemplo de ello, según confesó, fueron las bolsas de resistencia de Hosingen: «La férrea resistencia de Hosingen provocó el retraso de un día y medio en el avance global de la Panzer Lehr». Mientras estos valientes se dejaban la vida, la popular 101ª División Aerotransportada fue trasladada hasta Bastogne con órdenes de resistir y no entregar la ciudad (de una importancia determinante) a los nazis.

Por desgracia, cuando los hombres de la 101ª vieron de cerca a los valientes de la 28ª (en retirada desde el frente) no les trataron como se merecían. «Ignorando el papel trascendental que había desempeñado la maltrecha 28ª División, los paracaidistas se sintieron asqueados al ver a los rezagados sin afeitar y sucios que huían hacia el oeste atravesando la ciudad. Les quitaban la munición, las granadas, las herramientas necesarias para cavar trincheras, e incluso las armas», añade Beevor en su obra. Ni entonces descansaron. Muchos de nuestros protagonistas se quedaron a combatir en Bastogne y otros fueron introducidos en unidades con bajas. Amén de los que volvieron a las órdenes de Cota. Todo ello, así como sus futuras intervenciones en los teatros de operaciones de la Segunda Guerra Mundial, acabaría por acrecentar todavía más su mito. Una leyenda que no ha llegado hasta España.