Álava y Wellington mantuvieron una estrecha amistad ligada en base a la Guerra de la Independencia
Álava y Wellington mantuvieron una estrecha amistad ligada en base a la Guerra de la Independencia - Wikimedia
200 aniversario

El heroico general español que combatió contra Napoleón en Waterloo

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Desde el «Feu» francés («Fuego», que diríamos por estos lares) hasta el «fire» de las tropas de la Royal Majesty. Los gritos de guerra que resonaron por toda la campiña de Waterloo durante una de las batallas más famosas de la Historia, sucedida hace exactamente 200 años, fueron principalmente ingleses, prusianos y galos. Sin embargo, entre todos aquellos berridos extranjeros destacaban los de un oficial que, a lomos de su jamelgo, masticaba sus órdenes en un británico muy académico con cierto acento español. Este no era otro que Miguel Ricardo de Álava y Esquivel, un compatriota de Vitoria que luchó en el Estado Mayor del Duque de Wellington y que, cuando el destino hizo que su superior causase baja, no se amilanó y organizó los movimientos de parte de las tropas aliadas que luchaban contra el «Empereur» gabacho. Un trabajo que, unido a su extenso currículum, le granjeó una incuestionable fama en la tierra de los Lords.

«Conocer la vida del general Miguel Ricardo de Álava y Esquível es conocer pormenorizadamente los hechos históricos de la época en la que vivió, pues estuvo relacionado con todos los acontecimientos importantes del momento. Nació en Vitoria el 7 de febrero de 1772 y fue, desde siempre, un vasco ilustrado», explica, en declaraciones a ABC, Gonzalo Serrats Urrecha, familiar descendiente del propio Álava y autor del libro «El general Álava y Wellington, de Trafalgar a Waterloo». Su existencia, como bien señala el experto, es la de un hombre ligado al valor y la lucha en nombre de España, pues combatió en las grandes contiendas de su época: la batalla de Trafalgar (sucedida el 21 de octubre de 1805) y Waterloo, donde se acabó con la hegemonía gabacha en Europa y se puso punto y final a los planes del «Pequeño corso».

Al servicio de España

Álava vino al mundo en Vitoria como parte de una familia noble. El que sus padres no andaran escasos de liquidez y pudieran abrir la bolsa para costear su educación le permitió aprender francés y ciencias puras. A la postre, esta educación convirtió al vasco en un arma de guerra, aunque para eso faltaban todavía algunos años. Cuando contaba apenas nueves veranos a sus espaldas, ingresó como cadete en el regimiento de Infantería de Sevilla y, posteriormente, en la Marina Real. Ya como militar participó en varias contiendas contra los británicos y los gabachos (ambos, ansiosos en una época o en otra de sacar todo el partido que pudiesen del maltrecho imperio español).

Sin embargo, cuando realmente demostró sus gónadas fue en la batalla de Trafalgar, aquella infame contienda en la que a España y Francia (entonces aliadas) se enfrentaron a los británicos de Nelson con más valor que cabeza. Aquella jornada, Álava luchó en el navío de línea «Príncipe de Asturias» bajo el mando de Federico Gravina. Su actuación fue más que reseñable y sirvió para mantener la gloria eterna de su buque, que se batió contra multitud de enemigos. Así describió su actuación el cronista (contemporáneo de Álava) Léon Guérin en su obra «Ilistoirc marüimede Frunce»: «El “Argonauta”, el “San Ildefonso” el “Bahama” combatieron honrosamente antes de rendirse; pero su defensa no rayó tan alta como la del “Príncipe de Asturias”, que, después de haber peleado ventajosamente con el “Defiance” y el “Revenge”, se vio atacado por otros tres ingleses, uno de los cuales, el “Dreadnought”, era de tres puentes».

cuadro que representa la batalla

Su valor le valió el ser ascendido a capitán de fragata con tan solo 33 años, tras lo cual se retiró de la vida militar. Al menos, hasta que comenzó la Guerra de la Independencia. Y es que, después de que los gabachos atravesaran los Pirineos en 1808 y tomasen una buena parte de la Península, Álava fue nombrado representante de la Marina de Guerra en la Junta que elaboró la Constitución de Bayona (un documento ideado por Napoleón para otorgar un falso velo de legalidad a todo aquel lio que había montado invadiendo nuestro país). Curiosamente, el vitoriano apoyó en principio la ascensión al trono del hermano de Napoleón, José, y firmó este documento. Con todo, parece que le terminó entrando la razón y tomó una buena decisión.

Puedes leer el perfil de Miguel Ricardo de Álava y Esquivel pinchando aquí

«Finalmente, Álava huyó de la zona que estaba bajo dominio napoleónico y se marchó hacia la región que estaba en manos de los españoles. Luego, este vasco regresó a su ciudad natal para aprovechar los extensos conocimientos que tenía del terreno y ayudar en la campaña militar», explica a ABC Juan José Sánchez Arreseigor, autor de la obra «Vascos contra Napoleón» (editada por «Actas»). No obstante, no pasaron muchos meses hasta que, en 1809, recibió un nuevo y curioso destino como agregado militar junto al Duque de Wellington, Arthur Wellesley, oficial al mando de los británicos que habían llegado a la Península para luchar contra Napoleón. Británicos y Españoles. Los que eran enemigos hacía apenas 10 años en Trafalgar, ahora eran aliados.

«Cómo aprendió inglés y había estado en contacto con los ingleses, le mandaron como oficial de enlace junto a Wellington. Ese trabajo lo realizó en un momento muy delicado, pues ambas naciones llevaban en guerras intermitentes más de 300 años y no se sabía que intenciones tenían los británicos», explica Arreseigor. A partir de ese momento, la capacidad militar del español sorprendió sobremanera a este inglés. Había comenzado, que dirían en las películas baratas estadounidenses, una hermosa amistad.

Una amistad entrañable

«Desde que se incorporó en 1810 a su cuartel general, Álava se ganó la confianza y la amistad de Wellington. El español le asombró porque le decía cosas que nadie osaba decirle, aunque siempre con respeto. Era un hombre que hacía que la alianza entre naciones se mantuviera en “todo lo alto”, como decía el historiador contemporáneo Napier», añade Serrats. El mismo personaje le define de la siguiente manera: «Valiente, generoso y desinteresado español, a través del cual se mantuvo la relación en lo alto. Nunca olvido la dignidad de su propio país y como él era demasiado franco su relación siempre fue honorable para sí y ventajosa para ambas naciones».

Durante la Guerra de la Independencia apenas se separaron. Tan solo se vieron obligados a estar alejados el uno del otro cuando Álava fue herido en 1813 y fue enviado a retaguardia. «Desde ese momento, Wellington le envió un montón de cartas… ¡en español! Estas cartas han permanecido ocultas hasta ahora y yo, como familiar descendiente de él, las he encontrado en doce baúles heredados de mi familia. Es un descubrimiento increíble, pues se demuestra que el Duque aprendió a hablar nuestro idioma durante la Guerra de la Independencia. El número concreto es de 45 cartas», explica Serrats a ABC. Para entonces su relación ya era muy estrecha, algo extraño si se tiene en cuenta que Wellesley era sumamente arisco y no regalaba su devoción y cariño a cualquiera.

Una batalla por aquí (Bailén) y otra por allá (Vitoria), llegó el final de la Guerra de la Independencia gracias a la valentía española y, cómo no, a la torpeza del «pequeño corso». Y es que, aunque el galo era todo un ejemplo en el arte de darse de tortas contra el enemigo, tenía dos grandes taras: su cabezonería y su vanidad. «Napoleón cometió muchos errores en la política española, pero siempre se negó a reconocerlos. Se limitaba a echarle la culpa a su hermano José o a sus generales. Rehuyó el problema español hasta el final. De hecho, después de marcharse a combatir a Austria decidió no volver a la Península a poner paz o nombrar un comandante supremo, como le aconsejaban sus generales. Dejó pasar el problema porque consideraba a los españoles unos bárbaros atrasados y los relacionaba siempre con la inquisición» destaca Arreseigor.

Camino de Waterloo

La tranquilidad pareció llegar posteriormente cuando el mismísimo emperador galo fue capturado y exiliado a la isla de Elba. Un final nada digno para un militar de su altura (que era considerable, en contra de lo que se cree) pero perfecto para que dejara de molestar por media Europa. Su marcha forzada hizo que Álava se marchase hasta los Países Bajos. Pero nada en esta vida es sencillo y, el 26 de febrero de 1815, el «Sire» escapó de su prisión paradisíaca, regresó a su país, tomó el poder y organizó un increíble ejército con el que recuperar su imperio. A nuestro compatriota, por tanto, no le quedó más remedio que poner botas en polvorosa y dirigirse como alma que lleva el diablo hasta el puerto más cercano cuando todavía se hallaba en París.

El Duque dirigiendo a sus tropas

«Tras enterarse de que Napoleón había escapado, partió desde París y se dirigió a Bruselas. Allí se encontró con Wellington, que había llegado a la zona para organizar un gigantesco ejército que hiciese frente al de Bonaprte. El inglés también tuvo suerte porque se encontró con el español, un hombre en el que sabía que podía confiar y que había organizado ejércitos desde cero en la Guerra de la Independencia. Además, como su segundo oficial (Murray) estaba en Canadá luchando y el suplente de este, de viaje de novios, necesitaba que alguien cumpliera ese trabajo», añade Serrats. De esta forma, Álava pasó a ser el «segundo» a todos los efectos del Duque. Aunque siempre de forma extraoficial.

De esta guisa, el vitoriano ayudó a organizar el ejército aliado formado por unas fuerzas combinas de 67.000 británicos, holandeses y belgas y 60.000 prusianos (con mando independiente). Una vez listo, y tras retirarse en varias ocasiones, este ejército decidió plantar cara a los 72.000 hombres de Napoleón Bonaparte en Waterloo (una región ubicada en el centro de Bélgica). Iba a comenzar una batalla que determinaría el destino del mundo. Y es que, si el «Sire» acababa con aquel contingente, sería difícil que alguien le pudiese hacer frente de nuevo. Por su parte, aquella lucha era la última bala de mosquete del «Pequeño corso» para recuperar su hegemonía.

La noche previa

En la noche del 17 de junio de 1815, un día antes de la decisiva Batalla de Waterloo, Wellington hizo los preparativos pertinentes junto a su amigo español, Álava. Éste, por su parte, había sido enviado allí oficialmente por Fernando VII como un mero observador internacional. Nada más lejos de la realidad, pues hacía y deshacía junto al Duque a su antojo como parte de su Estado Mayor (el organismo encargado de dirigir a las tropas). Con todo, era el oficial de más alto rango y experiencia después del propio Wellesley y era respetado por todos y cada uno de los soldados británicos. Desde los fusileros rasos, hasta los oficiales. Para ellos era uno más y, llegado el caso, estarían dispuestos a seguir sus órdenes.

Recreación de la batalla de Waterloo

«Conocía al Duque como nadie, habían compartido nueve grandes batallas, unos cuantos más colosales movimientos de ejércitos combinados en desplazamientos de repliegue y de ataque, era un oficial respetado y querido por la oficialidad británica, pero también por la neerlandesa, hablaba el francés y el inglés y, lo más importante de todo, el Duque sabía que tomaría decisiones perfectamente alineadas con las suyas y no daría ninguna orden importante en contra de su pensar sin contar con su consentimiento. Nadie ajeno a esa colaboración de años hubiera sido capaz de escribir que Álava podía y debía aportar su conocimiento al movimiento combinado», señala Serrats –en este caso- en su obra.

Tal grado de confianza tenían ambos que, la noche previa a la batalla, el británico Uxbridge (el encargado de tomar el mando de los ejércitos aliados en el caso de que Wellington falleciese en batalla) fue a la tienda de Álava para preguntarle cuáles eran los planes del Lord, pues los desconocía. Curiosamente, el vitoriano le dijo que lo mejor era que se lo preguntase al propio Wellesley en persona y le guió hasta su tienda, donde los tres estuvieron hablando de cómo acometerían la lucha contra Bonaparte. Posteriormente, y tras la marcha de Uxbridge, el vasco y el Duque pasaron una buena parte de la noche charlando. Así pues, en las horas previas fue un español el que estuvo dirimiendo los pormenores de la contienda que podía cambiar el destino de Europa.

Álava en Waterloo

El 18 de junio de 1815, Álava ocupó su sitio como parte de la oficialidad británica en la campiña de Waterloo. «Como formaba parte del Estado Mayor, Álava debía estar al corriente de todo, dirigir el despliegue de las tropas y preocuparse de la intendencia. Una vez en el campo de batalla, debía estar también muy cerca de los soldados y desempeñar un duro trabajo de organización. Hay que tener en cuenta que, aunque ahora el Estado Mayor se ubica en retaguardia, en aquellos años estaba en primera línea para dirigir absolutamente todo. Un ejemplo de ello es que en Waterloo la mayor parte del Estado Mayor aliado causó baja (ya fuese por muerte o porque tuvieron que ser evacuados por una herida), eso indica que tenían que estar en primera fila», añade Arreseigor.

Esa fue su tarea hasta que el «Quarter Master General» británico (uno de los generales de más alto rango del ejército), William Howe De Lancey, fue herido por los franceses y tuvo que ser evacuado. ¿Qué hacer sin un oficial superior?, debió pensar el de Wellington. Pero nada más fácil de solucionar. Sin pensarlo dos veces dio ese cargo de forma extraoficial a Álava. El vitoriano, por su parte, le puso arrestos y se dispuso a hacer un trabajo para el que estaba perfectamente preparado y que ya llevaba realizando en la sombra días. No obstante, siempre en un segundo plano, pues oficialmente no era más que un observador. De hecho, y aunque el trabajo del Estado Mayor no era entrar en batalla directamente, sino organizar a los hombres, el hispano llegó a dar con sus huesos y sus posaderas en una de las posiciones más peligrosas de todo el campo de batalla: Hougoumont, donde los aliados organizaron una defensa a ultranza contra los ataques de Napoleón.

De Lancey, herido en la contienda

«Henry R. Addison, del 2º Dragon Guards, describió una acción de Álava en la defensa de Hougoumont: En el centro del Ejército aliado, que Napoleón intento apoderarse con tenacidad, hubo un segundo ataque a esta posición por la división del general Foy, desarrollado con tanto ímpetu y vigor que tuvieron que abandonar la huerta. La posición se hubiera perdido a no ser por la firmeza y valor inflexible del destacamento de la guardia real que la defendía. Un oficial francés, con parte de una compañía, logró penetrar hasta el patio mas “todos murieron a la bayoneta mientras el general español Don Miguel de Álava, uno de los héroes de la Península que sirvió en el Estado Mayor del duque de Wellington, se esforzó aunque inútilmente en reunir a los cazadores dispersos del regimiento Nassau. En cosa de media hora perecieron 1.500 hombres en dicho bosque-huerta”», completa Serrats en su obra.