Wellesley posa en Apsley House, su magnífica residencia en el centro de Londres
Wellesley posa en Apsley House, su magnífica residencia en el centro de Londres - andrew crowley

Duque de Wellington: «Siento que España es mi segundo hogar»

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«Es un hombre extremadamente reservado y está increíblemente ocupado», advierte a ABC la secretaria privada de Arthur Charles Valerian Wellesley, noveno duque de Wellington, uno de los títulos nobiliarios más importantes del Reino Unido. El próximo jueves se cumple el bicentenario de la batalla de Waterloo y el aristócrata, de 69 años, está sumido en la organización de un maratón de actos para conmemorar la contienda que libró su antepasado, el general Arthur Wellesley, en junio de 1815. Pero la fecha amerita un hueco en su agenda y, tras varias semanas de conversaciones, finalmente accede a hablar con nosotros. Es la primera vez que lo hace con un diario español, un gesto inédito por parte del que algunos llaman «el más español de los nobles británicos».

«Ciertamente siento una conexión fuerte con España. La primera vez que visité vuestro país y la propiedad que tenemos en Granada yo solo era un adolescente que acompañaba a su abuelo», recuerda el noble inglés, que también ostenta los españolísimos títulos de duque de Ciudad Rodrigo y vizconde de Talavera. La propiedad en cuestión no es otra que «La Torre», una finca de casi mil hectáreas en la zona de la Dehesa Baja de Íllora. Sobre ese terreno, que alguna vez estuvo en manos de Manuel Godoy y que equivale a unos 850 estadios como el Santiago Bernabéu, se levanta un palacete del siglo XIX y un coto de caza por el que han pasado Carlos de Inglaterra, Camilla Parker-Bowles, Carolina de Mónaco y Ernesto de Hannover. La finca, apodada por los lugareños como «el Gibraltar granadino», así como los títulos españoles, fueron un regalo de las Cortes de Cádiz al primer duque por los servicios militares prestados a la causa española contra los franceses en la guerra de la Independencia.

Vacaciones en Granada

Aquella visita de juventud a Granada, durante uno de sus puentes escolares en Eton, solo sería la primera de muchas. «Mientras estudiaba en la Universidad de Oxford mi padre servía como agregado militar en la Embajada británica en Madrid. Así que desde aquella época voy a España varias veces al año. ¡Y ya son 40 años! Para mí sería imposible no sentir que España es mi segundo hogar», reconoce en un impasse de la preparación de los actos que presidirá en el Reino Unido, Bélgica y Alemania para recordar la batalla que otorgó a su familia un sinfín de títulos, honores y riquezas. «Como el centenario de la batalla coincidió con la Primera Guerra Mundial, es natural que ahora el bicentenario sea reconocido más plenamente», añade. Lleva meses trabajando para que así sea, aunque se lamenta que su padre, un veterano de la Segunda Guerra Mundial y amigo íntimo de la Reina Isabel II, haya muerto hace unos meses y no esté para verlo.

El próximo jueves, tras una misa en la Catedral de San Pablo de Londres a la que asistirán miembros de la Familia Real británica, el duque va a recrear en su palacio londinense, Apsley House, aquellos banquetes anuales que celebraba su antepasado para recordar su victoria sobre Napoleón. De hecho, la batalla será evocada en toda Europa, salvo en Francia. Al día siguiente, Wellesley viajará al antiguo campo de batalla donde nació la leyenda de su familia, en Bélgica, para la apertura del granero que sirvió como hospital de campaña durante el combate. También plantará un árbol y participará en una reconstrucción de la contienda. Curiosamente, él rompió la tradición familiar y no siguió la carrera militar.

Discreto y eurófilo

Wellesley no quiere hablar de asuntos personales ni de cuestiones espinosas. La oposición de Francia a que la Unión Europea emita una moneda de 2,5 euros conmemorando el bicentenario de Waterloo o las tirantes relaciones de los Wellington con sus vecinos granadinos están fuera de discusión. En cambio, es expansivo a la hora de analizar el impacto de la batalla en la construcción de la Europa moderna.

«Waterloo transformó el orden militar y político del continente y nos guió a un largo periodo de paz que terminó cien años después, con el estallido de la Primera Guerra Mundial», explica. Tampoco tiene reparos en opinar sobre el referéndum que promueve David Cameron para la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. Los Wellington son eurófilos hasta en la alcoba: Wellesley está casado con la princesa Antonia de Prusia, bisnieta del último káiser y emperador de Alemania. Él define su matrimonio como «un giro irónico en la Historia», recordando también que el primer duque solo logró vencer a los franceses gracias al apoyo de las fuerzas prusianas. «Si el primer duque estuviera vivo hoy, estoy seguro de que sería europeo. Dedicó casi toda su vida a mejorar las relaciones entre los países de Europa Occidental», responde.

Condecorado en Inglaterra y España

Tras la victoria en Waterloo, el primer Wellington llegó a ser primer ministro. Su descendiente siguió sus pasos y engrosó las filas del Partido Conservador durante casi quince años. Tras retirarse de la función pública, en 1989, hizo una brillante carrera como presidente de numerosas multinacionales y ahora preside el prestigioso King’s College de Londres. Recibió la Orden del Imperio Británico por su colaboración en las relaciones comerciales entre Reino Unido y España y, a este lado del Canal de la Mancha, Don Juan Carlos le otorgó la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica «queriendo así dar muestra de su real aprecio».

Pese a los honores a su familia, el fundador de esta dinastía no es tan conocida en España. «Su ayuda a los españoles y portugueses fue ciertamente reconocida en su momento. Las Cortes de Cádiz le otorgaron el título de duque de Ciudad Rodrigo y la finca en la provincia de Granada. Además, Fernando VII le regaló todas las pinturas rescatadas en Vitoria, que mi antepasado quiso devolver a España. Apsley House, que está abierto al público, es el hogar de las pinturas más importantes de esta colección», apunta. Efectivamente, en los muros de esta señorial casa frente al Hyde Park cuelga un gajo importante de la antigua colección real española: casi un centenar de pinturas, entre las que destacan la «Última Cena» de Juan de Flandes, que perteneció a Isabel la Católica; o el «Aguador de Sevilla», de Velázquez. Ese imponente bodegón es una especie de «souvenir» formidable, un obsequio a la altura de los Wellesley y su leyenda.