Última Hora May llega a un acuerdo con los unionistas del DUP para gobernar en minoría

Historia

El problema de Fernando VII con las mujeres que derivó en una crisis sucesoria

El Rey sufría de macrosomía genital, es decir, las dimensiones de su miembro viril eran muy superiores a la media. El asunto trascendió a la política porque sus tres primeras esposas no pudieron darle descendencia a causa de lo complicado de las relaciones con el Monarca

Fernando VII, en un retrato de Vicente López
Fernando VII, en un retrato de Vicente López - MUSEO MUNICIPAL
césar Cervera - Madrid - Actualizado: Guardado en: España

Fernando VII de España tuvo cuatro esposas pero solo la última, su sobrina María Cristina de las Dos Sicilias, le dió descendencia. No en vano, las dos hijas que tuvo con María Cristina, entre ellas la futura Isabel II, se antojaron insuficientes para convencer a su hermano Carlos María Isidro de Borbón de que no se entrometiera en el proceso de sucesión. Hasta entonces, todos los reyes desde la unión dinástica –salvo Carlos II «El Hechizado» que era estéril y Luis I y Fernando VI que reinaron muy poco tiempo– habían procurado dejar a su muerte al menos a un heredero varón. Una forma de evitar la problemática de hacer valer los derechos al trono de un heredero de género femenino, que, según el reglamento de sucesión impuesto por Felipe V, imposibilitaba a las mujeres a acceder a la corona, excepto en casos muy extremos. Los esfuerzos legales del Rey para anular esta situación llegaron tarde y mal.

Tras ser obligado por Napoleón a abdicar en Bayona y pasarse toda la Guerra de Independencia preso en Valençay (Francia), Fernando VII regresó a España en 1814 disfrutando de gran popularidad en el reino. No le duraría mucho. «El Deseado» se reveló pronto como un firme defensor del absolutismo y un perseguidor acérrimo de los liberales. De modales bruscos y carácter chabacano y vengativo, la falta de interés del Monarca por la cultura quedó patente en un episodio que protagonizó con el general ingles Wellington. En su huida del país al finalizar la guerra, el hermano de Napoleón «Pepe Botella» cargó en su equipaje más de 100 obras de grandes maestros de la pintura española. Por fortuna (para el inglés), el duque de Wellington capturó el convoy con los cuadros y escribió a Fernando VII pidiéndole instrucciones sobre cómo trasladarlos de vuelta a sus lugares de origen. Sin embargo, el Monarca español creyó oportuno que el inglés a modo de gracia se quedara la colección, que hoy conforma el núcleo del Museo de Wellington en Aspley House. Bien es cierto que el Rey quedó parcialmente redimido de aquel pecado muchos años después por culminar un proyecto esbozado ya en tiempos de su padre: la fundación de un museo a la imagen del Louvre de París, que exhibiera las piezas más escogidas de la colección real, El Prado.

La macrosomía genital de un Rey

En la política, al contrario, se quedó corto en sus esfuerzos por redimirse de sus numerosos errores. Fernando VII –un declarado misógino y un hombre muy conservador– jamás imaginó que iba a pasar los últimos años de su vida luchando por situar a una mujer en el trono con la ayuda de los liberales, pero su incapacidad para dejar un descendiente varón le obligó a conformarse con defender los derechos de las dos hijas que tuvo con su sobrina. ¿Por qué con su última esposa sí había podido tener hijos? ¿Es que acaso sufría algún tipo de impotencia o problema de fertilidad que malogró sus matrimonios anteriores? Ciertamente «el Rey Felón» tuvo que lidiar con una anomalía en su sistema reproductivo: padecía macrosomía genital, es decir, las dimensiones de su miembro viril eran muy superiores a la media.

«El Rey Fernando VII tenía el miembro viril de dimensiones mayores que de ordinario, a lo que atribuyese el no haber tenido sucesión en sus tres primeras mujeres», escribió un médico de la época sobre el problema genital del Rey, que el escritor francés Prosper Mérimée describió como «fino como una barra de lacre en su base, tan gordo como el puño en su extremidad». Lo que debía ser un asunto estrictamente privado trascendió a la política a causa de las dificultades que registraron las tres primeras esposas en sus relaciones sexuales con el Rey. La primera de ellas, su prima María Antonia de Nápoles, contrajo matrimonio con el entonces Príncipe de Asturias en 1802, de 17 años, pero no pudo consumarse hasta un año después, posiblemente a causa del retraso en el desarrollo hormonal de Fernando y su falta de educación sexual. La Princesa, a la que su esposo repugnaba y a la que el clima de Madrid no le sentaba bien, sufrió dos abortos antes de fallecer debido a una tuberculosis en 1806, aunque las malas lenguas acusaron a Manuel Godoy, favorito y primer ministro de Carlos IV, de haberla envenenado.

Las relaciones entre María Antonia de Nápoles y Fernando VII fueron bastante dificultosas –según desprende la correspondencia de la joven a su madre María Carolina de Austria– como también lo serían en el segundo matrimonio. En 1816, el ya Rey de España se casó con su sobrina María Isabel de Braganza, Infanta de Portugal, que nunca gozó de mucha popularidad entre el pueblo y a la que su marido humilló frecuentemente con sus notorias salidas nocturnas por Madrid. Así y todo, María Isabel de Braganza dio a luz a una hija que vivió poco más de cuatro meses. Un año después, estando de nuevo embarazada, falleció en dramáticas circunstancias junto al bebé. Según el cronista Wenceslao Ramírez de Villaurrutia, «hallándose en avanzado estado de gestación y suponiéndola muerta, los médicos procedieron a extraer el feto, momento en el que la infortunada madre profirió un agudo grito de dolor que demostraba que todavía estaba viva».

La siguiente experiencia matrimonial de Fernando VII alcanzó la categoría de traumática por la juventud de la joven. La elegida fue otra de las sobrinas del Rey, María Josefa Amalia de Sajonia, de 15 años de edad, que fue obligada a casarse en 1819 con un hombre veinte años mayor que ella. Educada en un convento por la ausencia de su madre, la puritana Reina quedó asustada en su noche de boda por la brusquedad del Rey hasta el punto de que se negó a tener relaciones sexuales con su marido. Incluso se vio obligada a mediar la Santa Sede para que la joven Reina, a la que nadie había instruido previamente en aquellas tareas, aceptara como bueno y no pecaminoso el obligado débito conyugal. Sin haber quedado embarazada en los diez años que duró su matrimonio, María Josefa Amalia falleció prematuramente de fiebres graves en el Palacio Real de Aranjuez en 1829.

Isabel II, la heredera que odiaban los carlistas

Alcanzada la madurez, Fernando VII se encontraba sin descendencia y con la incipiente amenaza de su hermano Carlos María Isidro de Borbón rondando la Corona. Así, se casó con otra de sus sobrinas, María Cristina de las Dos Sicilias, quien, conocedora de la trayectoria de su marido, reclamó la construcción de un artefacto para mitigar la macrosomía genital del Rey. La solución llegó a través de una almohadilla perforada en el centro de pocos centímetros de espesor por donde Fernando introducía su miembro durante el coito.

Los frutos de este matrimonio y de la normalización de la vida sexual del Monarca gracias al artefacto fueron Isabel II (1830-1904), futura Reina de España, y Luisa Fernanda, que se casaría con el duque de Montpensier. No obstante, Felipe V, el primer Borbón en España, había establecido en 1713 un reglamento para limitar el reinado de mujeres a casos excepcionales. Frente a la tradición de la monarquía castellana, luego heredada por los Austrias, de que las mujeres tenían derecho a reinar si no había otro hijo varón, Felipe V restringió las posibilidades a que no hubiera herederos varones en la línea principal (hijos) ni en la lateral (hermanos y sobrinos). Para evitar que la Corona pasara a manos de su hermano, Fernando VII hizo pública una Pragmática aprobada en 1789 por Carlos IV, pero que nunca había salido a la luz, que garantizaba que Isabel II tuviera derechos legítimos de sucesión.

La publicación de la Pragmática causó gran consternación entre los ultraabsolutistas partidarios del infante Carlos María Isidro, hermano del Rey y su heredero según la Ley de 1713. Los «carlistas» consiguieron con sus protestas que Fernando VII, gravemente enfermo en el verano de 1832, anulara la Pragmática. Sin embargo, una vez recuperado, el Rey anuló la derogación el 31 de diciembre de ese mismo año. Asimismo, a la muerte de Fernando VII el siguiente año tras haber sufrido violentos ataques de gota, Carlos María Isidro y sus partidarios se negaron a reconocer a Isabel primero como Princesa de Asturias y, más tarde, como Reina. Fue el inicio de la Primera Guerra Carlista.

Toda la actualidad en portada