Manuel F.-Monzón, durante la entrevista
Manuel F.-Monzón, durante la entrevista - ernesto agudo

Manuel F.-Monzón: «A veces la Transición me parece un milagro de Lourdes»

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Creíamos que la Transición ya no tenía secretos, porque se ha contado desde múltiples ópticas. Faltaba saber cómo se vivió en las zonas opacas de un Estado que debía sufrir una mutación radical, desde una dictadura hasta una democracia. Por primera vez nos asomamos a estas bambalinas, gracias a las memorias del general Manuel F.-Monzón, que tuvo altas y diversas responsabilidades en los servicios de inteligencia desde 1972 e incluso fue quien redactó el proyecto de reforma del sistema de inteligencia en abril de 1981, tras el golpe de Estado. Para empezar, una confesión prometedora: «Es absurdo creer que se improvisó la Transición, es muy ingenuo».

Ayer presentó su libro «El sueño de la Transición», escrito con la colaboración del historiador y periodista Santiago Mata. Ataviado con un perfecto traje azul, los ojos azules que vieron y vivieron entre los más altos secretos del Estado dan rienda suelta a sus recuerdos, discretos e incisivos, tan incisivos que en estos momentos se duele de que hayan dejado de contar con él en algunas tertulias.

Su primer argumento es de película: «Como todo buen producto, la Transición tuvo productores, guión, director e intérpretes. Y tengo que decir que los intérpretes -Adolfo Suárez y Don Juan Carlos- fueron ambos fabulosos. Ello no les resta méritos. El director, sin duda, fue Torcuato Fernández-Miranda, nunca suficientemente valorado. Y los productores fueron los servicios de inteligencia de Estados Unidos, Alemania y de España, porque en todas partes se tenía un gran interés en que España no se desestabilizara».

En la conversación desfilan nombres de operaciones secretas como Llano, Lucero o Alborada, que prepararon la pre-Transición. «Se trataba de ir convenciendo a los nuevos actores políticos, que eran centenares, de que la reforma era lo único aceptable, frente a la ruptura». Un trabajo que permitió cierto rumbo.

Les ordenaron estudiar las fuerzas políticas y señalar a los hombres más adecuados para el proceso. «A mí me tocó la democracia cristiana, y había grupos muy diversos. Teníamos contactos con todos y yo escribía reseñas diarias. Luego, Carrero pidió menos periodicidad y las hice cada quince días. Acabé haciendo las de mis compañeros porque se me daba bien escribir -yo colaboraba con ABC-». Menos de veinte personas leían aquellos folios.

El golpe

El general afirma sin dudar que «la persona más importante de la Transición fue Felipe González. Tuvo un valor personal indudable en sus decisiones e hizo cosas a las que otros no se habrían atrevido. Sin personas como él, o con líderes socialistas más radicales, la Transición no habría tenido éxito o se habría acabado en 1981». Llegamos al 23-F: «Hasta entonces fue todo bastante mal, porque no se había estabilizado la situación. Vista desde ahora, la Transición me parece un milagro de la Virgen de Lourdes. En fin, del 23-F se sabe ya más que todo, no hay nada más».

En estos días en los que la Transición vive bajo una revisión creciente, el general Monzón recupera una operación secreta, bautizada Historia, que se puso en marcha por sugerencia de Jordi Pujol: «Nos animó a lograr un entendimiento entre las fuerzas sociales, políticas y sindicales y las instituciones históricas, como la Iglesia y el Ejército. Se propuso un pacto de amistad y no agresión, porque se miraban con mucha desconfianza».

La última reunión de Carrero

«Soy el único en defender a Carrero Blanco -afirma Monzón-. Es cierto que era un hombre de mucho carácter. Pero no he conocido a nadie más honrado en mi vida. Y hay que decir que se tragó la Transición. Sabía lo que había, y si no le gustaba algo miraba para otro lado». Sobre su asesinato, dice que «nadie se cree que pudiera excavarse un túnel a 80 metros de la Embajada de Estados Unidos. Pero más intriga produce saber que la víspera del atentado, Carrero mantuvo una entrevista de seis horas con Henry Kissinger. O que al día siguiente el embajador en París declarase que España había declinado la entrega de los autores del atentado. Posiblemente se había negado a la legalización del Partido Comunista, pero eso es algo que nunca sabremos porque Carrero no llegó a tomar notas de aquella reunión. No era un impedimento, ni a Washington le parecía mal que se opusiera a la legalización del PC. En las dos constituciones inspiradas por EE.UU. en la posguerra, la alemana y la nipona, el comunista es el único partido que queda excluido».

El amigo americanoy el talón de Aquiles