POSTALESPOSTALES

Suárez y la Transición

El hombre elegido para pilotar el tránsito entre dos épocas históricas fue Adolfo Suárez. Reunía las condiciones para ello

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Por una de esas llamadas «casualidades», que puede ser sólo desconocimiento de la mecánica de los hechos, la vida de Adolfo Suárez se extingue cuando su obra se halla sometida a crítico debate. A la Transición, saludada dentro y fuera de España como una gloriosa novedad –pasar de la dictadura a la democracia sin derramamiento de sangre– se le reprochan hoy todos los problemas que padecemos. ¿Con justicia? Sólo hasta cierto punto. Es verdad que el Estado de las Autonomías, en vez de estructurar España, ha traído el mayor desbarajuste territorial desde la Primera República. Es verdad que, queriendo reconocer nuestra pluralidad ideológica, hemos creado una «partitocracia» de padre y muy señor mío. Es verdad que, dispuestos a ser más legalistas que nadie, creamos dos máximos tribunales, el Supremo y el Constitucional, que han traído más problemas que han resuelto. Es verdad que se dio más importancia a los derechos que a los deberes, cruciales en democracia. Pero no menos es cierto que sin ese ejercicio de equilibrio, sin esos equívocos que hoy nos traen tantos quebraderos de cabeza, nos hubiese sido imposible ponernos de acuerdo y hubiéramos llegado de nuevo a las manos. Digo más: el fallo no ha estado en la Transición ni en la Constitución del 78. El fallo ha estado en que no hemos sabido interiorizar el espíritu de la primera y la letra de la segunda. Cada cual cogió de ellas lo que le convenía y se olvidó del resto. Así no hay transición ni constitución que sirva.

El hombre elegido para pilotar el tránsito entre dos épocas históricas fue Adolfo Suárez. Reunía las condiciones para ello: no había hecho la guerra, tenía valor, carisma y buenas relaciones con todas las llamadas «familias» del régimen a extinguir: la Falange, el Ejército, la Iglesia. Don Juan Carlos, que estaba detrás de toda la operación, le eligió precisamente por eso. Y él lo consiguió ante el asombro y alivio de todos, dentro y fuera de España.

Su problema fue que, cumplido tan difícil como importante cometido, había que comenzar una nueva travesía, ésta ya en la alta mar de la democracia, para la que a los españoles nos faltaba experiencia, al apenas haberla tenido. Y se consideró que Adolfo Suárez, muy quemado y con muchos enemigos tras el esfuerzo hecho, no era el apropiado. Puede incluso que se pensara que en esta nueva etapa conviniese que ocupara el gobierno la izquierda, moderada, desde luego. En cualquier caso, perdió el poder y, a la larga, la memoria. Dentro de la desgracia, ha sido un alivio para él no percatarse de en qué ha devenido su obra.

Fue el hombre de un momento. Pero ese momento fue crucial en la Historia de España. Nos corresponde ahora a los españoles decidir si fue un acierto o una equivocación. Esa es la democracia. Responsabilizarse de lo que hemos hecho y de lo que no hicimos. Hacia él, sólo nos queda darle las gracias por la oportunidad que nos ofreció.

POR una de esas llamadas «casualidades», que puede ser sólo desconocimiento de la mecánica de los hechos, la vida de Adolfo Suárez se extingue cuando su obra se halla sometida a crítico debate. A la Transición, saludada dentro y fuera de España como una gloriosa novedad –pasar de la dictadura a la democracia sin derramamiento de sangre– se le reprochan hoy todos los problemas que padecemos. ¿Con justicia? Sólo hasta cierto punto. Es verdad que el Estado de las Autonomías, en vez de estructurar España, ha traído el mayor desbarajuste territorial desde la Primera República. Es verdad que, queriendo reconocer nuestra pluralidad ideológica, hemos creado una «partitocracia» de padre y muy señor mío. Es verdad que, dispuestos a ser más legalistas que nadie, creamos dos máximos tribunales, el Supremo y el Constitucional, que han traído más problemas que han resuelto. Es verdad que se dio más importancia a los derechos que a los deberes, cruciales en democracia. Pero no menos es cierto que sin ese ejercicio de equilibrio, sin esos equívocos que hoy nos traen tantos quebraderos de cabeza, nos hubiese sido imposible ponernos de acuerdo y hubiéramos llegado de nuevo a las manos. Digo más: el fallo no ha estado en la Transición ni en la Constitución del 78. El fallo ha estado en que no hemos sabido interiorizar el espíritu de la primera y la letra de la segunda. Cada cual cogió de ellas lo que le convenía y se olvidó del resto. Así no hay transición ni constitución que sirva.

El hombre elegido para pilotar el tránsito entre dos épocas históricas fue Adolfo Suárez. Reunía las condiciones para ello: no había hecho la guerra, tenía valor, carisma y buenas relaciones con todas las llamadas «familias» del régimen a extinguir: la Falange, el Ejército, la Iglesia. Don Juan Carlos, que estaba detrás de toda la operación, le eligió precisamente por eso. Y él lo consiguió ante el asombro y alivio de todos, dentro y fuera de España.

Su problema fue que, cumplido tan difícil como importante cometido, había que comenzar una nueva travesía, ésta ya en la alta mar de la democracia, para la que a los españoles nos faltaba experiencia, al apenas haberla tenido. Y se consideró que Adolfo Suárez, muy quemado y con muchos enemigos tras el esfuerzo hecho, no era el apropiado. Puede incluso que se pensara que en esta nueva etapa conviniese que ocupara el gobierno la izquierda, moderada, desde luego. En cualquier caso, perdió el poder y, a la larga, la memoria. Dentro de la desgracia, ha sido un alivio para él no percatarse de en qué ha devenido su obra.

Fue el hombre de un momento. Pero ese momento fue crucial en la Historia de España. Nos corresponde ahora a los españoles decidir si fue un acierto o una equivocación. Esa es la democracia. Responsabilizarse de lo que hemos hecho y de lo que no hicimos. Hacia él, sólo nos queda darle las gracias por la oportunidad que nos ofreció.