Horas después de la presunta muerte de su hijo menor, Said al Arab, y de tres de sus nietos en un ataque de la OTAN, Gadafi redobló ayer su embestida bélica contra las ciudades rebeldes y se ensañó en particular con Misrata. La ciudad mártir de esta guerra veía cómo las llamas se extendían por el puerto, su único vínculo con el mundo exterior, tras ser bombardeado por fuerzas gadafistas. Aunque a la vez los rebeldes avanzaban e intentaban tomar el aeropuerto. Los cohetes del dictador intentaban alcanzar asimismo los barcos internacionales que proporcionan la ayuda vital para la supervivencia de la ciudad. Lluvias similares de granadas de mortero caían también sobre los enclaves insurgentes de Dehiba, en la frontera con Túnez, y obligaban a replegar posiciones a los sublevados en Zintan.
La furia de Gadafi y sus seguidores se dirigió con especial violencia contra la comunidad internacional. Multitudes enfurecidas asaltaron las embajadas de Italia y el Reino Unido así como la sede de la ONU. Un clima de violencia desatada en el que las Naciones Unidas decidió retirar a todo su personal de Trípoli. Al tiempo que el gobierno británico expulsaba al embajador libio en el Reino Unido como protesta por el ataque a su embajada.
La venganza se desataba, pero a la vez cundía un cierto escepticismo sobre la veracidad del fallecimiento de Said al Arab. La Alianza Atlántica aseguró que sólo había bombardeado «un edificio de mando» del Ejército y subrayaba que sus objetivos «no incluyen a civiles ni a ninguna persona en particular». El gobierno rebelde, a través de su portavoz Mustafá Gueriani, declaró a este diario su convicción de que la muerte del pequeño de los Gadafi «no es cierta». La televisión Al Arabiya, por su parte, afirmaba que sí habría muerto Said al Arab, pero no los tres nietos del líder libio.
No obstante, el obispo de Trípoli, Giovani Martinelli, sí se mostró seguro de la muerte del hijo de Gadafi y de tres de sus nietos. Explicó que las autoridades del régimen le habían mostrado los cadáveres de seis personas, entre ellas tres niños. Todos eran civiles, aseguró. Aunque señaló también que los cuerpos estaban totalmente desfigurados y eran difícilmente reconocibles.
El régimen, en todo caso, no ha mostrado hasta ahora más prueba de la muerte de Said el Arab que una fotografía de este tomada en vida. El gobierno libio ha enseñado asimismo una vivienda totalmente destruida en el interior del cuartel general de Gadafi. Entre sus escombros aparecían decorativos colmillos de elefantes y una gacela muerta. Pero las grabaciones recogidas por la prensa internacional invitada a documentar la ruina no muestran ni rastro de sangre. La devastación es tan absoluta que cuesta creer que allí dentro pudiera sobrevivir nadie, aunque la versión oficial trasladada por el portavoz gubernamental, Moussa Ibrahim, es que el propio sátrapa, el mismísimo Gadafi, se encontraba en esa vivienda y resultó ileso.
El representante de los sublevados, Mustafá Gueriani, insistió en que no sería la primera vez que Gadafi inventa la muerte de un pariente. Aseguró que «informaciones periodísticas» ya demostraron en su tiempo que la supuesta hija adoptiva del coronel muerta en un ataque aéreo ordenado por Reagan en 1986 ni era hija ni adoptada por Gadafi. Según la versión de Gueriani, el dictador adoptó a la muchacha a título póstumo, tras su muerte en el ataque.
Los rebeldes creen que el sátrapa solo quiere tener una excusa para recrudecer su ofensiva. El caso es que el ataque ha puesto a la OTAN a la defensiva, al recibir muy fuertes críticas —en especial por parte de Rusia— que acusan a la Alianza de extralimitarse en el cumplimiento de la resolución de la ONU.










