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Se cumplen seis años de los brutales atentados del 11-M en Madrid, que obligaron a los periodistas de ABC a informar con los nervios a flor de piel. Así lo recuerdan
VÍDEO: LUIS MIGUEL L. FARRACES
Actualizado Lunes , 05-04-10 a las 10 : 58
El 11 de marzo de 2004 las redacciones de los medios de comunicación de toda España se enfrentaron a un desafío informativo de primera magnitud. Una serie de explosiones en diferentes puntos de la red del ferrocarril de Cercanías de Madrid anunciaba una masacre entre la población civil. Pronto se supo que se trataba del mayor atentado terrorista de la historia de España y una sociedad consternada demandaba información.
Aquel día, ABC lanzó una edición especial, que llegaría a los quioscos a primera hora de la tarde. Pablo Muñoz, en su calidad de jefe de la sección de Nacional del periódico, recuerda el enorme esfuerzo humano que supuso coordinar la cobertura informativa de un acontecimiento cuyo sangriento balance fue engordando a lo largo de toda la jornada.
«Yo me enteré de lo que estaba pasando en Barcelona y cogí inmediatamente un avión. Cuando llegué aquí, el operativo ya estaba montado. Los responsables que organizamos el asunto afrontamos la cuestión de un modo más estrictamente profesional, pero los redactores que estaban en la calle volvieron muy afectados».

Alberto Pérez Giménez, hoy subdirector del periódico, era por aquel entonces jefe del área de Nacional. A él fue a quien correspondió gran parte de la responsabilidad de organizar una cobertura informativa sin precedentes. Pero más que los esfuerzos por llegar a tiempo para tirar la edición especial aquel día, Pérez Giménez recuerda el compromiso de una redacción tan dolida por la matanza como decidida a informar sobre ella: «Vi a periodistas baqueteados en cientos de informaciones llorando mientras miraban el televisor y tomaban notas». «Si el 11-S fue asistir al fin del mundo pero por televisión, cubrir el 11 M fue asistir al fin del mundo en directo», afirma.
«Llegué al periódico llorando»
Así, afectada, se encontró María José Álvarez, una de las redactoras de la sección de local del periódico que aquel día se movilizó para cubrir la noticia. «Yo estaba librando, pero los atentados tuvieron lugar muy cerca de mi casa y llamé a mi jefe para ponerme en marcha». Álvarez acudió a la estación de El Pozo, uno de los focos de la matanza. Cubrió con rigor aquel punto informativo, pero en cuanto tuvo un momento de calma se vino abajo. «Me recuerdo en la Gran Vía llorando. También lloré cuando llegué al periódico».

Al pie del cañón estuvo también el veterano fotógrafo Jaime García. También a él le costó no desmoronarse Fue el único reportero que entró en el polideportivo Daoiz y Velarde, donde se improvisó un hospital de campaña en el que se amontonaban las decenas de heridos y mutilados de la calle Téllez. Cuando se encontró de sopetón con aquella dantesca escena se le puso el cuerpo del revés. «Llegué, entré allí y tuve que salir a la cale a respirar. Luego ya cogí la cámara, volví a entrar y me puse a tirar y a tirar». Clic, clic, clic, una tras otra, García recopiló decenas de instantáneas de aquella atrocidad. Anestesiado como estaba por la concentración en su trabajo, no fue hasta que volcó todas las fotos en su ordenador cuando comprendió que había sido testigo de una de las mayores ignominias de la Historia. Y, él también, lloró.

Aquel fue un día en el que la condición de periodista coincidía con la de ciudadano conmocionado. Érika Montañés, hoy responsable de la información nacional en ABC.es, era por aquel entonces una prometedora becaria. Como hicieron muchos medios aquel día, ABC lanzó a sus becarios a la calle a que recabaran cuanta información pudieran. Muchos se hicieron periodistas de sopetón. A Montañés le tocó hacer guardia frente a la inmensa morgue habilitada en Ifema. A ella, al igual que a Álvarez, le costó hacerse a la idea de que lo que estaba viviendo era real. «Recuerdo a una señora que salió del pabellón 6 diciendo que de su hija sólo se había recuperado un dedo. Aquello fue lo que más me impactó, la imagen que se repite en mi cabeza cuando alguien nombra el 11-M».

Aquellos fueron días de mucho ajetreo y de demasiadas emociones. Tanto que nadie reparó en un escrito con carácteres árabes que quedó amontonado en uno de los faxes de la redacción el 3 de abril, el mismo día en que los terroristas se inmolaban en un piso de Leganés, llevándose por delante al agente del Grupo Especial de Operaciones, (GEO) Francisco Javier Torronteras. Todos los redactores estaban empeñados en la cobertura del asalto policial a la guarida de los criminales. No fue hasta el día siguiente cuando alguien lo recogió y comprendió su importancia. Tras traducirse el documento, resultó que se trataba nada menos que de un comunicado cuya redacción la Policía atribuyó a Serhane Farket, «el tunecino» y en el que la célula islamista reivindicaba la autoría de los atentados.
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