«¡Hay gente estampada contra la pared! ¡Corre!»
Miembros de los equipos de rescate alinean los cadáveres en Atocha / AP

«¡Hay gente estampada contra la pared! ¡Corre!»

Eran las 7:39, cuando diez mochilas-bomba cargadas con entre 13 y 15 kilos de dinamita cada una hicieron saltar por los aires cuatro trenes repletos de trabajadores y estudiantes... en la mayor matanza terrorista de la historia de España

ISRAEL VIANA | MADRID
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Eran las 7:39. En tan sólo cuatro minutos, diez mochilas-bomba cargadas con entre 13 y 15 kilos de dinamita cada una hicieron saltar por los aires cuatro trenes repletos de trabajadores y estudiantes, en las estaciones de Atocha, El Pozo del Tío Raimundo y Santa Eugenia. Casi 200 muertos y 1.858 heridos.

Madrid despertaba sobresaltada con el atentado terrorista más sangriento de la historia de España y el segundo de Europa, desde que en 1988 el terrorista libio Abdelbaset Ali Mohamed Al Megrahi hiciera estallar, en la localidad escocesa de Lockerbie, un avión que acabó con 259 pasajeros y otros 11 vecinos.

«Parecía el fin del mundo. Es como si no fuera real. Una pesadilla», describía un testigo de la barbarie. Los helicópteros, el ininterrumpido ir y venir de furgones policiales, ambulancias y bomberos, y el atronador y dramático sonido de las sirenas por las calles del centro hacían de aquella escenas algo «difícil de describir», más propio de «una guerra o un genocidio», comentaba a ABC el jefe de Bomberos, Juan Redondo.

«Lo peor se ha producido. Madrid, como Nueva York, como Jerusalén, como Bagdad y Kerbala, ha tenido su holocausto terrorista y, a partir de ahora, nada podrá ser como antes», escribía el escritor Jon Juaristi en La Tercera de ABC.

Un «holocausto» se hacía visible en los andenes cerca de la estación de Atocha: decenas de personas saliendo ensangrentadas de los vagones de la estación, sorteando como podían los cadáveres desmembrados, cuerpos visibles entre los hierros retorcidos de los convoyes de cercanías reventados por las explosiones, restos humanos esparcidos por el suelo y gente que se quejaba con el rostro y el cuerpo enteros destrozados por la metralla, mientras deambulaban desorientados por los andenes, aterrorizados.

«Vi a una persona volando por los aires, vi a gente caerse del miedo, de los nervios. Miré hacia atrás y había gente tirada en los andenes, muertos y heridos», contaba José Luis, momentos después de que explosionara el tren en el que viajaba desde Fuenlabrada.

Anibal Altamiro, un joven de Guayaquil, se encontraba dentro de un vagón en la vía 2: «El tren estaba parado y la gente entraba –recuerda–. Antes de que cerrara sus puertas se produjo la primera explosión. Una chica me gritó: “¡Hay gente estampada contra la pared! ¡Corre!”. Corrías por tu vida. Yo caí al suelo. Nos caían escombros del techo».

En el Pozo del Tío Raimundo, con 67 cadáveres, la escena no fue menos dantesca: «Subí al cuarto vagón: estaba partido por la mitad, como una lata de sardinas. Se veía el cielo. Había muertos por todas partes. Negros como el carbón. Y sangre, y miembros amputados, y tripas, y no tuve más remedio que pisar sobre ellos», explicaba Luismi cuatro horas después.

Setenta forenses y nueve equipos de la Policía científica estuvieron identificando los cuerpos (en muchos casos sólo posible mediante pruebas de ADN) durante más de diez horas, mientras más de un centenar de psiquiatras y psicólogos prestaban atención a los familiares de los muertos.

«La voz tenue de un hombre pedía ¡ayuda! Intenté socorrerlo, pero un policía me dijo: “…es inútil. Ha llegado su hora. Mejor, los heridos”», describía un operario de grúa que viajaba en un tren que circulaba en sentido contrario al que explosionó. Mientras, Paqui Fernández, una enfermera que fue corriendo al apeadero cuando escuchó la primera detonación: « El único sonido que se escuchaba era el de los móviles de los muertos».

Ellos, los heridos, colapsaron rápidamente las urgencias de los hospitales próximos a los lugares de la matanza, especialmente el Gregorio Marañón, mientras los muertos eran trasladados al polideportivo de Daoíz y Velarde, trasnformado en depósito de cadáveres a pocos metros de Atocha. Pronto, sin embargo, quedaría pequeño.

Madrid madrugaba con la muerte el 11 de marzo de 2004, preguntándose «¿por qué?»… al día siguiente, más de dos millones de madrileños y otros nueves millones de españoles, trataban de volver a la vida con la manifestación más multitudinaria de la historia de España.