Manuscrito del Libro de la Vida, de Santa Teresa
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Santa Teresa y la Inquisición

La sombra de la Congregación del Santo Oficio, que se extendía como un siniestro manto sobre la España del siglo XVI, no dejó de gravitar sobre Teresa de Jesús a lo largo de su vida, como antes lo hizo sobre sus ancestros toledanos

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Los archivos del Santo Oficio de Toledo registran, con fecha 22 de junio de 1485, cómo el abuelo de Teresa, Juan Sánchez, confesó ante los señores inquisidores «haber fecho e cometido muchos e graves crímenes e delitos de herejía e apostasía contra nuestra santa Fe católica». Los testigos declararon haberle visto llevando públicamente «el sambenitillo con sus cruces» mientras cumplía su condena de ir en la procesión de reconciliados, de iglesia en iglesia, durante siete viernes. Con Juan Sánchez se reconciliaron también sus siete hijos, «habidos e tenidos por confesos de parte del dicho su padre», entre ellos Alonso Sánchez de Cepeda, el que será padre de Santa Teresa.

En la calle toledana de los Aljibes, esquina con la de Tendillas, tuvo «casa señorial muy buena» el bisabuelo paterno de Teresa, el judío Alonso Sánchez de Toledo. En esta casa nació el abuelo de la santa y también su padre así como sus seis tíos, todos ellos conversos reconciliados por la Inquisición.

Estimando que en Toledo serían siempre mal considerados por su pasado judaizante, los recién reconciliados se trasladaron a Ávila, en donde su padre se dio prisa en cambiar el apellido Sánchez por el de su mujer, Cepeda, con objeto de limpiar su identidad. Asimismo, en aquélla ciudad consiguieron un falso certificado de hidalguía y emprendieron una estrategia matrimonial casando con doncellas hidalgas al tiempo que asumían los usos y lujos propios de la nobleza.

Una generación después, le tocaría a la madre Teresa pasar por el tribunal del Santo Oficio de Sevilla, a causa de la delación de una novicia expulsada de uno de sus conventos. Se la acusaba de ser ilusa por el demonio con apariencias de perfección espiritual y, por lo tanto, de «alumbrada». Según lo relata su monja de confianza, María de San José: «Vino un inquisidor, y averiguada la verdad y hallando ser mentira lo que aquella pobre dijo, no hubo más. Aunque como éramos extranjeras y tan recién fundado el monasterio y en tiempo que se habían levantado los alumbrados de Llerena, siguiéronse hartos trabajos».

Sabedora del recelo que suscitaba al Santo Oficio, Teresa se impuso la más cuidadosa autocensura, como evidencia el que arrojase al fuego su manuscrito «Meditaciones Sobre El Cantar de los Cantares» a sugerencia de su confesor, en una época en que se castigaba severamente la difusión de las Sagradas Escrituras en lengua vulgar.

Especial sospecha levantó su autobiografía titulada el «Libro de la Vida», terminada de escribir en Toledo, en la casa de doña Luisa de la Cerda -hoy Casa de Mesa-, hacia junio de 1562. En ella se atrevía a hablar de cuestiones espirituales, siempre delicadas y fronterizas a la herejía desde la óptica suspicaz de los inquisidores.

En esta obra la futura santa deja ver sus temores y el de sus allegados por los «tiempos recios» que se vivían: «Iban a mí con mucho miedo a decirme que andaban los tiempos recios y que podría ser me levantasen algo y fuesen a los inquisidores».

No era un temor infundado, ya que, según el investigador García Cárcel, la Inquisición procesó un total de 150.000 reos, y otros autores calculan que cerca de 10.000 de ellos fueron sentenciados a muerte.

Cuando en 1559 se publica por primera vez el «Índice de Libros Prohibidos» auspiciado por el fanático Inquisidor General y Presidente del Consejo Real de Castilla, Don Fernando de Valdés, se ordena el registro de la pequeña biblioteca de la santa en el monasterio de la Encarnación, procediéndose a requisar varias obras consideradas peligrosas, entre ellas las de fray Luis de Granada, San Juan de Ávila y San Francisco de Borja, y. no solo religiosas sino también de entretenimiento. Santa Teresa anotó en su libro autobiográfico: «Cuando se quitaron muchos libros de romance, yo lo sentí mucho».

Del celo riguroso de los inquisidores son testimonio las muchas anotaciones, correcciones y tachaduras que pueblan los manuscritos de la madre Teresa, llegando incluso a arrancar páginas enteras. En el caso de «Camino de perfección», se le impone la obligación de rehacerlo de nuevo, a lo que ella obedeció con aparente docilidad, aunque se cuidó de guardar una copia de la primitiva versión, que hoy se conserva en la biblioteca de El Escorial.

El libro de Santa Teresa más cuestionado por la Inquisición fue su autobiografía. Estando la madre en Andalucía, la Inquisición de Madrid pide al obispo de Avila que les haga llegar el manuscrito y cuantas copias pueda conseguir, lo que el obispo cumple de tan buena gana que la santa morirá sin volver a tener el libro en sus manos y, de hecho, el libro solo se publicará póstumamente.

El censor del libro, padre Dominico Báñez, tras su examen realizado en 1575, dictamina que «en todo él no he hallado cosa que a mi juicio sea mala doctrina», aunque no deja de reprochar las revelaciones y visiones que contiene, «las cuales siempre son mucho de temer, especialmente en mujeres, que son más fáciles en creer que son de Dios y en poner en ellas la santidad». Y concluye con su veredicto final: «Esta mujer, por lo que muestra en su relación, aunque ella se engañase en algo, a lo menos no es engañadora».

En junio de 1576, en el contexto de las persecuciones contra los Descalzos, la madre Teresa recibió orden de reclusión forzosa en uno cualquiera de sus monasterios, y decide encerrarse en el convento de Toledo, al que comenzó a llamar socarronamente «mi quinta» pues se trataba de su quinta fundación y la más excelente de todas.

El año de reclusión forzosa en Toledo fue el más intenso para la producción literaria de Teresa. Aquí reanuda el «Libro de las Fundaciones» y redacta el «Modo de visitar los conventos». Justo un año después, la convencen para que vuelva a escribir el libro sobre su vida, que se convertirá en «Las moradas o castillo interior». Lo comienza en Toledo el 3 de junio de 1577 pero tendrá que interrumpirlo a primeros de julio, cuando ha de partir precipitadamente hacia Ávila para poner orden en el monasterio de San José.

Hasta el último de sus días, la Inquisición no cesó de mirar con suspicacia la vida y la obra de aquella afanosa mujer, visionaria descendiente de conversos toledanos y escritora con pulsión reformadora que se atrevió a contar con lenguaje de la calle su visión alternativa de la fe y sus íntimas experiencias con el amor, siquiera fuera el amor llamado divino.

Sin duda, la Inquisición contribuyó no poco a que la santa dijera, como conclusión de su experiencia existencial, que «la vida es una mala noche en una mala posada».