El Greco (El caballero de la mano en el pecho) reflejado en Modigliani, a la derecha
El Greco (El caballero de la mano en el pecho) reflejado en Modigliani, a la derecha - abc
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El Greco en la pintura moderna

«La exposición del Prado hace justicia, mostrando veintiséis obras de un artista único, El Greco, y lo que las une al universo de los artistas modernos, que en él se inspiraron y descubrieron en él lo que durante siglos estuvo, si no olvidado, preterido»

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La conmemoración del IV Centenario de la muerte de El Greco sigue su curso. Si la exposición «El Griego de Toledo» en el Museo de Santa Cruz fue excelente, la actual en el Museo del Prado, «El Greco y la pintura moderna», es fascinante. Asombro y pensamiento. Sorpresa y descubrimiento. La exposición «El Greco y la pintura moderna» es espléndida, sugerente, atractiva y maravillosa. Merece una larga visita para conocer la pintura del más genuino de los pintores, El Greco, y su proyección en quienes lo redescubrieron y valoraron, los artistas de la vanguardia.

El Museo del Prado entre junio y octubre debe ser un hervidero de personas admirables que admiran el pincel de un visionario, la obra antigua del padre de El Greco y Picasso, la excelencia, el origen del cubismo, la influencia del Entierro del señor de Orgaz en el Entierro de Casagemas, la La visión de san Juan o el reflejo del Caballero de la mano en el pecho en el Picasso más tardío, el de los Mosqueteros. Solo eso ya merece una larga contemplación.

Hay mucho que mirar. El Laocoonte y La visión de San Juan justifican la muestra con su imponente presencia, su concepto y su modernidad. Pero ahí está también el diálogo entre El Greco y Cézanne, El Greco y Zuloaga, El Greco, Rusiñol y Sorolla, El Greco reflejado en Modigliani, en Delaunay, en Diego Rivera y los cubistas checos. ¡Tanto Greco! ¡Tanta influencia! Y proseguimos ese viaje por la exposición para encontrarnos con El Greco y Kokostchka, El Greco y Schiele, El Greco y los alemanes Beckmann, Macke, Hofer o Steinhardt, El Greco y Korteweg…El tiempo solo se nota en las piernas. Hay que reposar un rato, incluso salir a beber y volver a las salas.

El asombro continúa con los pintores judíos. ¿Por qué los vanguardistas de origen judío se fijaron tanto en El Greco, un pintor al que lo judío no parecía serle ajeno? El gran Chagall y también Soutine y Bomberg están ahí a la luz del gran maestro en su pintura expresiva. Y los surrealistas, como Masson o el canario Óscar Domínguez, también nos muestran lo que del Greco tienen. Y los del otro lado del charco, el mexicano Orozco, el chileno Matta y los norteamericanos Benton y Pollock (¡muy grande lo de Pollock!) están presentes con su «gréquica» influencia. Y Giacometti y Saura y el maravilloso escorzo de Bacon.

Cuatro horas con El Greco y las vanguardias en el Museo del Prado parece mucho tiempo para ver una exposición como esta de «El Greco y la pintura moderna», pero es poco para aprehender tanto como nos muestra, para que, tras el asombro, nazca y arraigue el pensamiento.

Kandinsky, que, como El Greco, es artista e intelectual, afirma en su escrito autobiográfico Rückblick que: «Pintar es colisión atronadora de mundos diferentes, destinados a crear en su lucha, y a resultas de ella, el mundo nuevo. Técnicamente, cada obra surge tal como surgiera el cosmos: por medio de catástrofes que forman, como conclusión del caótico estruendo de los instrumentos, una sinfonía que se llama música de las esferas. Crear la obra es crear el mundo».

El Greco y su obra entran de lleno en esta concepción de la creación que tan bien define el vanguardista Kandisnky. Existe un verdadero y objetivo vínculo entre la personalidad creativa del Greco y el espíritu de las vanguardias artísticas del siglo XX. Maestro en la distancia, mentor que tutela nuevas formas expresivas nacidas de la ruptura con el mimetismo idealista del Renacimiento, correlato manierista de la iconoclasia esgrimida contra el naturalismo…fue la posición que le asignaron los artistas de los «ismos», especialmente fértiles durante el periodo de entreguerras, es decir, a los pocos años de haberse fraguado la corriente de revisión alcista que se proyectó sobre la figura del cretense y que lo elevaría, desde interpretaciones dispares y hasta contrarias, a la categoría de genio. El Greco y los creadores vanguardistas comparten el intelectualismo y la creación de un arte de transición y apertura. Tanto para el cretense como para los vanguardistas, la concepción del arte es más el fruto de la plasmación de un proceso de reflexión, que el resultado de someter las emociones a un código expresivo. Todo eso está en la exposición «El Greco y la pintura moderna».

Cuatro horas en el Museo del Prado dan para ver y pensar, pero es preciso más tiempo para unir los eslabones de esa cadena que engarza al Greco con las vanguardias. En la visita podemos apreciar la eclosión de las vanguardias y la entronización del Greco como el más heterodoxo y genial de los artistas de esas corrientes de ruptura, que defienden el inmanentismo artístico preconizado por la estética manierista y la innovación provocadora y díscola, a semejanza de la pretendida sedición del Greco con respecto a los imperativos pictóricos salidos del Concilio de Trento.

Ahí tenemos a Ignacio Zuloaga que ve al Greco como la consecuencia de un ambiente externo que desarrolla la genialidad latente del pintor, que alcanza su cénit justo cuando convergen en él la madurez expresiva y la asunción de la síntesis del espíritu nacional. Santiago Rusiñol sitúa al Greco en la raíz de las grandes corrientes estéticas europeas que conforman el magma del Modernismo y le convierte en el antepasado simbólico de la modernidad europea. Entre los impresionistas, Degas pone de manifiesto su profunda admiración por el cretense. Y los cubistas siempre con Picasso a la cabeza, que llega a referirse al Greco como «un veneciano cubista en su construcción», consideran al Greco, como el primer gran iconoclasta. Todos estos creadores estiman el Cubismo como la ruptura por antonomasia con el arte naturalista, mimético, y al Greco, como el primer gran iconoclasta.

Y ahí está la pincelada de Jackson Pollock, gran abanderado del expresionismo abstracto, que no duda en situar al Greco en el eje troncal del movimiento expresionista. Al fin y al cabo, el expresionismo pone en crisis los fundamentos figurativos del arte mediante la distorsión de la realidad para acentuar el dramatismo expresivo. ¿Acaso El Greco no alarga las figuras rompiendo todos los cánones? El Greco y los artistas de las vanguardias comparten razón, emoción, ruptura y rebeldía. Eso es lo que vemos en los cuadros que dialogan en la maravillosa exposición que nos ofreceel Museo del Prado hasta el cinco de octubre.

Cuatro horas en el Museo del Prado contemplando lo que se nos ofrece a la vista en «El Greco y la pintura moderna» quizá basten para vislumbrar cómo el talento de Doménico Theotocópuli, su estilo personalísimo y sus hallazgos expresivos fueron una verdadera epifanía creativa para muchos de los movimientos y representantes del arte innovador y rupturista que irrumpió en el primer tercio del siglo XX y llegó a trascenderlo. El tributo que las vanguardias deben al Greco es enorme. La exposición del Prado hace justicia, mostrando veintiséis obras de un artista único, El Greco, y lo que las une al universo de los artistas modernos, que en él se inspiraron y descubrieron en él lo que durante siglos estuvo, si no olvidado, preterido. Hay que aprovechar la ocasión de este momento cultural emocionante El Greco y la vanguardia. Hay que ir al Prado.