Los presos preferían ir a galeras, antes que en las minas de Almadén
Los presos preferían ir a galeras, antes que en las minas de Almadén

La bajada a los infiernos de Mateo Alemán, autor de Guzmán de Alfarache

Un best-seller del siglo XVI

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Este año se cumple el cuatrocientos aniversario de la muerte de Mateo Alemán, autor de la célebre novela picaresca Guzmán de Alfarache, un best-seller de su tiempo, que no le evitó tener que emigrar a Méjico, donde murió en la indigencia. Fruto de uno de sus múltiples oficios, Mateo Alemán nos dejó un interesante «Informe Secreto» sobre el trabajo forzoso en las minas de Almadén, cuya lectura equivale a un estremecedor descenso a los infiernos.

A sus cuarenta y seis años, en 1593, Mateo Alemán consiguió un empleo efímero como «juez visitador por especial comisión de su majestad» para inspeccionar las minas de mercurio (azogue) de Almadén. La investigación se había puesto en marcha a raíz de ciertas «hablillas y murmuraciones» que se habían extendido sobre los malos tratos que recibían los galeotes y forzados que en ella cumplían condena, e incluso los obreros libres de la mina.

Mateo Alemán se entrevistó uno por uno con todos los presos, encontrando que algunos ni siquiera eran tales, sino esclavos que cumplían las penas impuestas a sus amos. Averigua también que en la mina se trabajaba de sol a sol, todos los días del año, incluidos domingos y festivos.

Entre los forzados abundaban los gitanos, moriscos y bandoleros, pero había también otro tipo de delincuentes especiales, como el religioso Fray Juan de Pedraza, fraile sacerdote de la Orden de San Agustín, condenado a diez años de trabajos forzados por haber asesinado al esposo de su amante.

En muchos casos, las condenas parecen desorbitadas desde nuestra perspectiva moderna. Es el caso de Marcos Hernández, natural de Berbería y vecino de Granada, de sesenta años, condenado porque «estando alistado por vecino de esta villa ( Almadén) con los naturales del reino de Granada se salió de su alojamiento y se fue a Sevilla». Un tal «maestro Romano», natural de Roma, había sido condenado a galeras y a vergüenza pública «por haber sido sorprendido en pecado nefando». Otro, Antonio Peláez, lo fue por «rufián que traía consigo a ganar por las mancebías de estos reinos a Isabel de Ribera y otras mujeres, y lo tenía por oficio y trato». Pero lo que más abundaban eran los condenados por robo, bien de casas o de caballerías, con penas que solían oscilar entre cuatro y seis años.

Aunque los presos reconocían que las condiciones de trabajo habían mejorado últimamente, no habían olvidado cómo en otro tiempo se les obligaba a un trabajo excesivo, «más del que ellos podían sufrir, porque había en la dicha fábrica un capataz que se llamaba Luis Sánchez, el cual metía a los dichos forzado en los tornos del agua, que es el trabajo mayor que hay en a dicha fábrica, y les hacía tirar trescientos zaques (sacos de cuero) de agua entre cuatro forzados sin cesar y si dellos se cansaba alguno lo sacaba fuera y lo hacía azotar atándolo a la ley de Bayona que llaman, que es atadas las manos y pies a un palo atravesado por las corvas de las piernas y las sangraduras de los brazos de manera que un hombre no se puede rodear, y lo azotaban con un manojo de mimbres hasta que se quebraban, y, quebradas aquellas, tomaban otras y remudaban dos o tres manojos hasta que todos se quebraban y les saltaba la sangre».

Pero el trabajo más aborrecido por los forzados era el de los «buitrones» u hornos donde se cocían los metales para sacar el azogue. Había que introducirse en ellos para cerner las cenizas y coger los cubos del azogue, en medio de una humareda asfixiante y tóxica que «se les entran por los ojos y boca y narices… (en cuya operación ) se azogan los hombres y quedan tontos y fuera de juicio y vienen a enfermar gravemente.»

El testimonio del fraile Juan de Pedraza describe un terrible cuadro del trabajo en los hornos: «En el tiempo que fue veedor (Miguel Brete) andaba con un bastón en la mano que, por fuerza y dándoles de palos con el dicho bastón, hacía entrar a los forzados en el horno, estando abrasando, a sacar las ollas, y que del dicho horno salían quemados y se les pegaban los pellejos de las manos a las ollas y las suelas de los zapatos se quedaban en el dicho horno y las orejas se les arrugaban hacia arriba del dicho fuego, y que de la dicha ocasión habían muerto veinticuatro o veinticinco forzados…»

La enfermería se reservaba para los casos más graves, y los galeotes se quejaban de que los enfermos «que están azogados, si no tienen otras enfermedades, no los curan hasta que ya se quieren morir, que los llevan a la enfermería…» El reproche más común de los presos era que no les dejaban permanecer en la enfermería el tiempo de convalecencia suficiente, de modo que al poco de retornar al trabajo volvían a recaer. «Y así —dice uno de los testigos— todos cuantos forzados hay en la dicha mina están enfermos sin que haya ninguno sano».

Ni siquiera en la enfermería se excusaban los tratos brutales, como el que relata, de su propia experiencia, Fray Juan de Pedraza, que «estando en la cama, tullido de piernas y brazos con grandes dolores…» se atrevió a sugerir al médico que acelerase su curación antes de la llegada de los calores del verano, pues creía que sería nefasto para su recuperación a base de trasudados, por lo que fue castigado a que «le echasen una cadena gruesa al pie y que se levantase de la cama y que cada noche fuese a vaciar el servicio de todos los enfermos de la dicha enfermería lejos de allí, de manera que por no poderlo hacer éste que declara, algunos de caridad se movían a llevarle la cadena y otros el caldero…»

Muchos galeotes no firman su declaración en el «Informe Secreto» porque no saben, pero otros porque están «azogados» y les tiemblan las extremidades. También los hay que han perdido el juicio. Tal es el caso del gitano Francisco Hernández, del que se hace constar que «está fuera de juicio y no puede declarar»; o de Francisco Téllez, también gitano, «que ha más de cuatro años que está en la dicha fabrica (…) y que no sabe por qué tiempo está condenado ni por qué delito», aunque Mateo Alemán apunta en su informe que lo fue a seis años de galeras y a doscientos azotes por haber robado dos borricas. El informe agrega que el declarante «no respondió a propósito y parecía estar falto de juicio y temblando todo el cuerpo, pies y manos y cabeza».

No es difícil comprender que el anhelo de los forzados de la mina fuera poder cumplir sus penas en galeras, lejos de aquel pozo umbrío e insalubre donde pocas veces veían la luz del sol y cada día era un milagro de supervivencia.

Y es razonable pensar que la experiencia de Mateo Alemán en la mina de Almadén pudo influyera en el marcado pesimismo del Guzmán de Alfarache, escrita solo cuatro años después. Así parece sugerirlo el que el protagonista de la novela cuente su vida desde su condición de condenado galeote. Y es igualmente posible que para Mateo Alemán su Guzmán de Alfarache tuviera la cara de alguno de aquellos desdichados de la mina del azogue.