La enfermera Carolina Guinea junto a los pacientes en la sala de quimioterapia del Centro Integral Oncológico Clara Campal de Madrid
La enfermera Carolina Guinea junto a los pacientes en la sala de quimioterapia del Centro Integral Oncológico Clara Campal de Madrid - IGNACIO GIL

Día Internacional del CáncerAsí se lucha en las trincheras del cáncer

El mundo está en guerra contra el cáncer y en la batalla no solo hay grandes investigadores. Hay pacientes, enfermeros, médicos, voluntarios... Héroes anónimos cuya labor pasa desapercibida a diario

MADRIDActualizado:

Consuelo Sánchez tiene 42 años y lleva casi la mitad de su vida ejerciendo de enfermera. Trabaja en el Centro Oncológico HM Clara Campal desde hace nueve años. «Hasta que no conseguí estar en oncología no paré», cuenta Consuelo, que insiste una y otra vez en que la llamen «Chelo». «Es vocación, me gusta ver cómo van cambiando los pacientes hasta que se ponen buenos. Eso me da sentido. También me atraía este tema porque lo veo como la vida misma: sufres y vives alegrías. Es una enfermedad habitual del siglo XXI», cuenta con soltura mientras rellena planillas y observa desde un pequeño mostrador a los pacientes que están recibiendo dosis de quimioterapia. Es una inmensa sala bien iluminada y llena de sillones reclinables azules, dispuestos casi milimétricamente uno al lado del otro e interrumpidos por el blanco inmaculado de los uniformes de las enfermeras.

«La enfermedad está mitificada, la palabra cáncer o tumor da mucho miedo»

Ni Chelo ni la compañera que está a su lado, Carolina Guinea, conciben su trabajo como el más difícil de todas las especialidades médicas, ni tampoco reina en la sala de quimioterapia un clima distinto al que podría haber en una sala de radiografías. Pero hasta llegar a esa instancia, los pacientes necesitan habituarse y romper con los prejuicios que tenemos todos cuando se habla de cáncer. «La enfermedad está mitificada, la palabra cáncer o tumor dan mucho miedo. La figura del médico sigue imponiendo, pero aquí con nosotras hay un ambiente distendido y se animan a hablar. Lo primero que te preguntan es si van a morir. Y después, si se les va a ver el pelo, si podrán comer, si van a contagiar...».

Chelo lleva muchos años de experiencia, y aunque transmita la misma calidez que tiene con sus pacientes durante toda la entrevista, reconoce que se siente conmovida con su día a día. «Siempre digo, aunque suene bruto, que me voy a dormir con todos los pacientes. Te los llevas en la cabeza, te preguntas si la medicación les habrá sentado bien, si les dolerá...Hay que ser humana, el día que deje de sentir me dedicaré a otra cosa». Carolina Guinea, que también pidió trabajar en la planta de oncología, es consciente del soporte que le dan al paciente. «En la consulta están un momento, pero aquí pasan con nosotras hasta seis horas dándole vueltas a la cabeza mientras reciben la medicación. Se crea un vínculo que en un quirófano o en la UCI no se daría jamás».

«Haces de madre, hermana... Pasamos más horas con ellos que con la familia»

Chelo y Carolina no solo son enfermeras. «Haces de madre, hermana...tienes muchas horas para escuchar. Pasamos más horas con ellos que con la familia», cuenta Chelo. «Es un trabajo duro, no es la típica enfermera que hace reconocimientos en empresas. Te implicas emocionalmente y no siempre sale todo bien. Hay pacientes que ya tienen metástasis apenas los diagnostican», lamenta Carolina bajando la voz. «El problema es que no está bien enfocada la prevención -responde Chelo, combativa-. Cambiaron la ley, se empezó a ajustar y eso impide coger los tumores a tiempo. Deberían hacerse mamografías a partir de los 30, no a los 50».

Isabel Díaz-Palacios González apenas ha superado la treintena. Se encontró un bulto en enero de 2015 y aquellas Navidades vinieron con un sabor diferente, amargo. «Esto no es mío pensé cuando lo noté», cuenta riéndose. En el rostro joven y radiante de Isabel no se borra la sonrisa, incluso cuando recuerda algunas cosas y se pone a llorar. Se enjuga las lágrimas y continúa hablando. Como en su vida. «Al principio sientes un golpe, como si te pusieran una mano en la tráquea, después lloras, y luego dejas de llorar. En mi caso está yendo todo bien. Mi balance es positivo, aprendes, relativizas, guardas la energía para otras cosas, ves la a gente que vale y la que no. Un amigo me dijo: “Este año lo borramos”. Y yo le dije que no. He tenido días de mierda pero ayuda la actitud. Nunca pensé “me voy a morir de esto”. “Sé que voy a salir”, me decía». Y salió. En abril recibe la última dosis de tratamiento.

Chelo no sabe de dónde le viene la fuerza para responder a una persona que le pregunta cada día si va a morir. «Será como el minero que se mete en la mina, yo sería incapaz de hacerlo, pero él lo es». Dice que si volviera a nacer, haría lo mismo. Y cuando las preguntas se ponen difíciles, «les digo que como me pasaría a mí, que aquí no se queda nadie. Que hay que acabar el día de hoy, que hemos tenido suerte de levantarnos. Es importante disfrutar el presente».