Javier Rodríguez, técnico de la Sala de Estimulación Multisensorial de la Fundación Juan XXIII Roncalli de Madrid, trabajando con un usuario
Javier Rodríguez, técnico de la Sala de Estimulación Multisensorial de la Fundación Juan XXIII Roncalli de Madrid, trabajando con un usuario - FOTOS: ISABEL PERMUY
Día Mundial de la Discapacidad

3-D: «Todos somos Juan», las mil y una caras de la discapacidad intelectual

Conquistado el derecho al voto, las personas con discapacidad intelectual reclaman un derecho que nadie regula: el de una formación digna, con el que salten las vallas que la sociedad aún levanta

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Ponerle rostro al Día Mundial de la Discapacidad que se celebra cada 3 de diciembre es hablar de Carmen y Ana María, de Guillermo y Antonio... de tantos otros. Discapacidad física, sensorial, orgánica, psíquica o intelectual. Son personas con «capacidades diferentes», como les gusta decir a los voluntarios y personal que trabaja con ellos, pero seales cuales sean sus facultades, para todos hay una palabra clave de la que se no se habla tanto: autonomía.

«Darles libertad e independiencia es el mejor arma para luchar contra el miedo que tienen muchos padres», asegura Nacho Moratinos, mientras enseña a valerse por sí mismos a varias personas con discapacidad en una estancia de la Fundación Juan XXIII Roncalli, en Madrid, que acaba de ser premiada en los galardones Foro Justicia y Discapacacidad por su actividad empresarial.

En esta fundación, que lleva más de 50 años en pie, el término «autonomía» es la «clave de Fa» que mueve todos los sonidos. La melodía que resuena en sus tres áreas de actividade es la formación. Tienen la enseñanza por bandera para que sus «chicos» arañen cada día cuotas de autonomía personal en maniobras en apariencia insignificantes pero cruciales para su vida, como pelar un pimiento o limpiar un baño, y sobre todo para que puedan enfocar (siquiera soñar) en su integración laboral. «Muchas veces las empresas recluyen a estas personas a labores de limpieza; de ordenanza; conserjes.... Es un hándicap contra el que luchamos, porque hay muchos que son ingenieros o tienen su carrera. Quizás tarden más tiempo, pero llegan», cuenta a ABC uno de los trabajadores de esta fundación.

La superprotección familiar y social resulta, paradójicamente, dañina para las personas con discapacidad intelectual que se desarrollan en ocho líneas de actividad parcelas en esta fundación, cuya sede se encuentra en Vicálvaro (Madrid). «Sin formación no tendrán acceso a otros derechos» es la rimbombante expresión que suena aquí entre sus trabajadores. La vulnerabilidad existe, pero hay que dar pasos más allá y el trabajo es una herramienta fundamental para ellos.

Por ese motivo nació hace unos meses la campaña «Yo soy Juan», que hace uso del nombre de marca de la fundación. Los protagonistas de la iniciativa son usuarios y trabajadores de la fundación que ambicionan una sociedad más inclusiva. Juan es Mar Muñoz,la directora de Marketing, Ventas y Responsabilidad Social Corporativa que recibe a este diario enfundada en la camiseta con su lema y defiende llevarlo hasta sus últimas consecuencias; Juan son Miguel Ángel e Isabel, que recorren las instalaciones del centro de día, el centro ocupacional y los talleres de trabajo. Juan son Nacho, Miguel y Javier, que cuidan de ellos y defienden con uñas y dientes que las familias tienden a cobijar demasiado bajo su paraguas a los miembros nacidos con una discapacidad.

Sin inclusión laboral hasta 2249

Si «todos somos Juan», ¿por qué la Fundación Adecco extracta en un informe publicado hace una semana que las personas con discapacidad no alcanzarán la plena inclusión laboral hasta el año 2249 al ritmo que llevamos? «A la hora de apostar por la formación y el empleo, las personas con discapacidad no deben verse excluidos por el hecho de serlo», dicen desde Adecco. Pero, de hecho, lo son, responden en la Juan XXIII Roncalli.

Ambas instituciones aprovechan para recordar a las empresas de más de 50 miembros que existe la Ley General de Derechos de las Personas con Discapacidad, una conquista que aún se ve «con matices» en el colectivo. Acorde con la ley, las empresas tienen que reservar una cuota del 2%a trabajadores con discapacidad del total de la plantilla. «Cuando un 2% está preparado para dar el 100%, es una victoria», dicen en la fundación. Pero para muchas compañías «sigue siendo un problema el cumplimiento de ese porcentaje, y se acogen a medidas alternativas que contempla la ley», se enrabietan.

Por encima de cualquier otro derecho y de «leyes marketinianas» como el derecho al voto que acaban de sacar adelante los partidos en el Congreso, Mar Muñoz reivindica que los políticos deben anteponer las necesidades formativas de estas personas, sin las cuales no se logrará el deseado mercado de trabajo inclusivo. «El derecho más importante que queda por regular es el de una educación digna. Y ese nadie lo regula. Hay un déficit gravísimo tanto en la Administración, como en la enseñanza ordinaria. Ahora mismo en la sociedad hay una discapacidad social. Y el problema está en la formación de personas con discapacidad intelectual, no se da a este colectivo una formación en condiciones; por eso o están desempleados o acceden a trabajos muy precarios», urge Muñoz.

En estas instalaciones de 32.000 metros cuadrados hay un centro especial de empleo, que les ofrece esa ansiada oportunidad. Hay casi 400 trabajadores mileuristas (el 80% con discapacidad) y se dedican a la organización de bandejas de cátering, cocina y sellado digital. Muchas empresas prefieren dar un donativo que colocar un muchacho en sus filas, se quejan. Hoy ellos celebrarán su día con la tarta de chocolate más grande del mundo. No excluirán a nadie. Habrá pedazos para todos.

Carmen Arranz, David Herrero y Ismael Garrido, en el centro de Empleo. En segundo plano, Antonio Galindo
Carmen Arranz, David Herrero y Ismael Garrido, en el centro de Empleo. En segundo plano, Antonio Galindo - ISABEL PERMUY