José Francisco Serrano Oceja

El silencio de los obispos

El progreso de la democracia española, se quiera ver o no, también se ha cincelado con la palabra colegial y pública de los obispos

José Francisco Serrano Oceja
MadridActualizado:

El pasado viernes el Papa Francisco recibió a la nueva cúpula de la Conferencia Episcopal Española. La novedad del encuentro radica en la presencia del cardenal Antonio Cañizares, arzobispo de Valencia, en sustitución del arzobispo de Madrid, cardenal Carlos Osoro. Hecho que ha dado mucho que pensar a más de uno en Roma. Más allá de las referencias públicas oficiales, han sido muchos los temas abordados en este protocolario ejercicio de comunión.

Hace tiempo que se viene escuchando un cierto lamento que produce no poca desafección entre los católicos: la ausencia de una palabra pública elocuente y significativa de la Iglesia sobre lo que está pasando en España. Sorprende que ante fenómenos de esta sociedad cambiante, que afectan al núcleo de la configuración moral de la sociedad, como por ejemplo la corrupción, el desencanto político y participativo de la ciudadanía, la emergencia de nuevas formas políticas como los populismos, la ruptura del valor de la representación, la cuestión demográfica, el abandono de la España rural, el miedo, la quiebra de los procesos educativos, entre otros, los obispos guarden un sagrado silencio. Interrumpido, por cierto, esporádicamente por casos individuales que no trascienden los límites de la geografía diocesana, como el del cardenal Blázquez esta semana pasada.

Un silencio que rompe con una tradición bien asentada de la Conferencia Episcopal desde los albores de la democracia. En 1990, ante la situación moral de España, presentaron «La verdad os hará libres». Y años después, en 1996, «Moral y sociedad democrática». Se podría decir que el progreso de la democracia española, se quiera ver o no, también se ha cincelado con la palabra colegial y pública de los obispos. Si no es un problema de saber qué decir, ¿será de colegialidad? No nos llevemos a engaño, parece que los vientos no van a cambiar.

En días pasados, un destacado político en activo, de sincera confesión católica, se lamentaba en privado del mutismo de los obispos sobre la noble vocación a la política, calificada por el Papa Francisco como una de las formas más elevadas de caridad. Y añadía: solo se acuerdan de nosotros para resolver sus problemas.

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