Maya Balanya | Vídeo: ATLAS

Así es la dieta que ayuda a luchar contra el cambio climático

Hay que duplicar el consumo de frutas, verduras, legumbres y frutos secos, y reducir en más del 50% las carnes rojas

MadridActualizado:

Los expertos en cambio climático lo tienen claro: hay que cambiar la forma en la que la población mundial se alimenta para no superar los 2ºC de calentamiento global. Este jueves, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU, a través de un informe especial, lo ha puesto de manifiesto. La clave está en consumir más legumbres, frutas, verduras y frutos secos, y carne producida de forma sostenible. Pero, ¿cuál es la medida ideal?

A principios de año, un comité de científico organizado por la revista médica «The Lancet» y la Fundación EAT dio a conocer la llamada «dieta planetaria», la primera diseñada para garantizar la salud de las personas y la del planeta. En líneas generales, consiste en duplicar el consumo de frutas, verduras, legumbres y frutos secos, y reducir en más del 50% las carnes rojas (vacuno, cerdo y cordero) y los azúcares añadidos. El objetivo es que en 2050 diez mil millones de personas tengan una alimentación saludable y que el esfuerzo medioambiental para lograr esta producción sea «sostenible».

No será fácil, reconocían los autores. Para hacerla realidad se necesita llegar a acuerdos internacionales y nacionales, reconducir la producción agraria y las políticas de pesca, y convencer a la población y a los productores. Pero si se logra, se reducirían hasta 11 millones de muertes al año causadas por enfermedades relacionadas con la alimentación. A la vez, las emisiones de efecto invernadero pasarían de una proyección para 2050 que superaría en 196% el límite asumible por el planeta a mantenerlas en un límite «seguro».

Miles de platos posibles

Diseñada para una ingesta de unas 2.500 calorías al día, la dieta fija rangos en los diferentes grupos alimentarios para adaptarse a las características de cada región, preferencias culturales, sistemas agrícolas o preferencias dietéticas individuales. Aunque la base de la alimentación es clara: los vegetales deben ser los protanistas, con entre 200 y 600 gramos de consumo al día. Algo parecido pasa con la fruta, de la que habría que consumir hasta 300 gramos (una manzana o una naranja mediana estaría en unos 150 gramos). Sin embargo, su aportación de energía es limitada.

«Para ser saludables, las dietas deben tener una ingesta adecuada de calorías y consistir en una variedad de alimentos de origen vegetal, bajas cantidades de alimentos de origen animal, grasas insaturadas en lugar de grasas saturadas, y pocos granos refinados, alimentos altamente procesados y azúcares añadidos», resumía Walter Willett, profesor de Epidemiología y Nutrición en la Escuela de Salud Pública de Harvard Willett.

La ingesta de carbohidratos vendría esencialmente a través del arroz, el maíz o el trigo y debería suponer el 60% de la ingesta calórica del día. El grupo de proteínas supondría el 15% de la ingesta calórica del día, aunque dentro de este grupo hay alimentos, como la carne roja, que salen especialmente perjudicados. El estudio pide que se limite el vacuno o el cordero a unos 98 gramos a la semana, que equivaldría a una pequeña hamburguesa.

Menos de dos huevos

«La cantidad estipulada de carne roja para un país como Estados Unidos puede sonar pequeña, pero no para otras partes de mundo», opinaba Johan Rockström, profesor de Ciencias Ambientales en la Universidad de Estocolmo. «Supone comer vacuno una vez a la semana».

«Por ejemplo, yo estoy intentando eliminar la carne a la parrilla, cuando la parrilla es, por definición, carne. Pero a la gente le gusta», dice Willett. «Estamos intentando hacer la dieta asumible. Es una gran oportunidad para ganar en salud», explica el profesor. No obstante, también puntualizan los investigadores que el estudio es una guía sobre adónde tiene que ir el planeta.

De pollo o pavo se podrían consumir hasta 400 gramos a la semana. El consumo adecuado de huevos sería de uno y medio a la semana, mientras que de pescado se podrían consumir hasta 100 gramos al día. El consumo de frutos secos debería duplicarse hasta 350 gramos a la semana, o las legumbres, con un umbral máximo de 525 gramos semanales. Los azúcares añadidos estarían reducidos al mínimo, unos 31 gramos al día.

Esta dieta, que puede sonar «extrema o poco factible» para algunas personas o países, dice el estudio, ha estado presente en la tradición de algunas regiones. «El ejemplo mejor estudiado es la dieta mediterránea. Esta dieta era baja en carne roja (el consumo promedio de carne roja y aves de corral combinadas era de 35 gramos al día) y gran parte de alimentos origen vegetal, pero alto en la ingesta total de grasas (alrededor del 40% de la energía) consumida principalmente como aceite de oliva», señala el informe. No obstante, hoy esta proporción de alimentos se ha erosionado hacia un mayor consumo de carnes y grasas saturadas.

Sobre la posibilidad de introducir productos alternativos como fuente de proteínas como insectos o carne artificial (diseñada en laboratorio), la comisión decidió no incluirlo y centrarse en en soluciones que «ya están disponibles».

Revolución agrícola

Ahora, la producción alimentaria es «la principal causa de degradación ambiental», dice el informe. Solo la agricultura acapara el 40% de la tierra y la producción alimentaria es responsable de más del 30% de las emisiones de gases de efecto invernadero mundiales y del 70% del uso de agua dulce. Los investigadores piden «nada menos que una nueva revolución agrícola mundial», decía Rockström. «La buena noticia es que no solo es factible, sino que tenemos cada vez más evidencias de que se puede lograr a través de una intensificación sostenible que beneficie al agricultor, al consumidor y al planeta».

Esta revolución debería llegar con una descarbonización de la producción agrícola mediante la eliminación del uso de combustibles fósiles, mientras que la expansión de tierras agrícolas debería ser igual a cero. Serían necesarias mejoras drásticas en la eficiencia de los fertilizantes y el uso del agua, el reciclaje de fósforo, cambios en la gestión de los cultivos y del pienso, además de reducir a la mitad el desperdicio de comida. «La comida que comemos y cómo la producimos determina la salud de la gente y del planeta, y actualmente estamos haciéndolo mal», resumía Tim Lang, de la Universidad de Londres.