Miguel Majuelos, junto a sus hijos
Miguel Majuelos, junto a sus hijos
DÍA INTERNACIONAL DE LA TARTAMUDEZ

«Llegué a dejar de hablar para no escucharme»

Elizabeth, de ahora 27 años, lo pasó realmente mal por culpa de su tartamudez. Burlas, incomprensión, problemas para encontrar trabajo. Hoy, Día Internacional del Conocimiento de la Tartamudez, ABC da voz a tres de sus protagonistas para que nos cuenten sus historias de superación

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Hoy, 22 de octubre, se celebra el Día Internacional del Conocimiento de la Tartamudez, cuyo fin no es otro que el de concienciar y sensibilizar a la población sobre un problema más desconocido de lo que a menudo pensamos. Tras los rostros de los miles de personas que sufren este trastorno comunicativo se esconden grandes historias: relatos de angustia, de vergüenza y, lo más importante, de superación. Muchos de ellos se ven obligados a superar barreras casi a diario, a admitir ser ridiculizados en no pocas ocasiones debido a su habla y a tener que demostrar más que el resto en una entrevista de trabajo, como si su dificultad supusiera una merma para su potencial.

En ABC hemos querido sumarnos al Día Internacional del Conocimiento de la Tartamudez y no hemos encontrado mejor forma de hacerlo que dando voz a sus protagonistas, aquellos que se enfrentan día a día al problema y cuyas historias nos demuestran que, con fuerza, todo se supera:

— Miguel Majuelos, ingeniero: «Mi éxito llegó cuando ignoré la tartamudez»

He tartamudeado desde que tengo uso de razón, recuerdo aludir a mi tartamudez desde muy pequeño y, con cuatro años, ya rogaba a mis familiares que no me preguntaran tanto, «que me atasco», decía. Mi infancia fue feliz sin apenas ser influenciada por esta característica de mi persona. Si bien con más edad, en la complicada adolescencia, me influyó con una fobia social propia de dicha edad agravada por mi miedo a la burla que en muchos casos sufrí en clase y en las calles de mi pueblo.

Mis profesores no supieron ver ni llegaron a entender el problema. Una vez en la Universidad, no me quedó otra que afrontar mi tartamudez de la mejor forma que se puede hacer, ignorándola. Y ahí llego mi éxito, comencé a vivir y terminé una Ingeniería con buen expediente y año por curso para comenzar a trabajar inmediatamente. Mi falta de fluidez no me limitaron en mi trabajo y años después me hicieron jefe de equipo, puesto en el que permanezco tras seis años con reuniones diarias y llamadas telefónicas continuas.Hoy día estoy casado con dos hijos que no tartamudean.

'Sufrí una fobia social y se burlaban de mí en clase'

Desde la Fundación Española de la Tartamudez buscamos derribar las barreras virtuales que nos impone la sociedad. Lejos de ser un problema banal, la tartamudez limita el acceso al empleo que, añadido a la propia fobia social que solemos sufrir las personas que tartamudeamos, nos margina y sume en una dura realidad. Esta marginación se incrementa en el ambiente escolar donde aún no hay un sistema adecuado de detección temprana y los niños son objeto de burla de sus compañeros. La formación de docentes, profesionales y padres es fundamental en nuestros retos.

Las personas que tartamudeamos podemos ocupar cualquier puesto de empleo con el mismo desempeño y resultados que cualquier otra. No debemos ni podemos permitir que más niños sufran y su felicidad se vea impedida por ese miedo a las relaciones sociales y al futuro. En nuestro colectivo joven el mantener un habla fluida suele ser frecuentemente la más deseada aspiración. Hemos de cambiar la sociedad para que sus únicos deseos sean los de ejercer su vocación y ser feliz siendo aceptados y considerados como iguales.

**Miguel Majuelos es representante de la Fundación Española de la Tartamudez en Castilla y León

Elizabeth Vega: «Dejé de hablar porque no soportaba oirme»

Mi nombre es Elizabeth Vega. Tengo 27 años, soy peruana y vivo en Madrid desde hace 17. De pequeña, mis padres me llevaron a atención logopédica porque al parecer tenía pequeños bloqueos y sobre todo tenía problemas pronunciando algunas consonantes. Fue a los once años cuando realmente noté que tenía una tartamudez. Se hizo muy fuerte, notoria, y, sobre todo, me hacía pasarlo muy mal en clase.

Siempre fui una alumna brillante, y mis aspiraciones en cuanto estudios no estuvieron especialmente condicionadas por mi habla. Sin embargo, ya en el Bachillerato evitaba salir a leer redacciones, aunque perdiera el punto extra que nos daba la profesora por hacerlo. Como tengo un espíritu muy combativo con las injusticias, sólo tuve valor de leer mi redacción un día que esta trataba sobre algo más importante que yo y mi miedo al ridículo: la desigualdad de riqueza en el mundo. Leí, tartamudee, y volví a mi asiento temblando.

Es lamentable la atención a la tartamudez desde la Sanidad Pública. Realmente no saben ni qué hacer con nosotros. Mandar al logopeda a un adolescente que tiene pánico de tartamudear no es una buena idea. Al final sólo aumenta más la ansiedad, que empeora mucho las cosas, y desde luego:, así no dejas de tartamudear.

Muchos años han pasado y he pasado de todo: lo más doloroso sin duda es el saber que mi currículum y mi buena presentación de mí misma a veces no basta para ser tratada con igualdad en los procesos de selección laboral. “¿Qué tal llevas la tartamudez y la atención al público?”. Mi respuesta sincera no siempre es suficiente. La tartamudez no suele ser muy comercial de cara a que te contraten. Siempre he conseguido trabajo, pero también sé que tendré que hacer algunas entrevistas más que una persona que no tartamudee.

Personalmente, he vivido una gran evolución. Durante una depresión importante por un despido, mi tartamudez llegó a niveles que desconocía. Tuve una época de callarme porque no soportaba oírme. Un paso importante fue conocer a través de Fundación Española de la Tartamudez a otras personas que tartamudean. Si ellos son normales, yo también. Dejé de sentirme friki. Lo normal para una persona que tartamudea es tartamudear.

'Los tartamudos no somos una broma. Ni un chiste'

Con el tiempo, mi espíritu que busca cambiar el mundo me volvió a echar una mano, y decidí estudiar Trabajo Social. Puede parecer que atender personas es demasiado si tienes miedo a tartamudear…pero realmente es la razón perfecta para perderlo. Mi presentación de Trabajo Fin de Grado fue mi propio Discurso del Rey. El Tribunal se centró en mi mensaje, y tuve la máxima nota en la presentación. Antes de ese momento, estuve cuatro años aprendiendo que saber comunicar era mucho más que no tartamudear.

Si algún día tuviera un hijo o una hija que tartamudea, lo primero que le transmitiré es que tiene que aceptarse tal y cómo es. Es la única manera de ir con la cabeza alta y que los demás nos respeten. No somos una broma. No somos un chiste. Somos personas que nos enfrentamos a la imagen satírica y abufonada del tartamudo. Tan sólo por ello, merecemos admiración y empatía. Actualmente soy trabajadora social colaboradora en Fundación Española de la Tartamudez, y preparo con mucha ilusión un programa para colegios y un taller de búsqueda de empleo. Espero que en un futuro la calidad de vida de las personas que tartamudeamos sea tan buena como la de cualquier otra persona.

Abel Robledo: «Doy cursos a grupos de hasta 20 personas»

En mi caso comencé a tartamudear con 13 años. No recuerdo el día exacto ni cómo empezó, pero sí que recuerdo ciertas caras de extrañeza y de susto cuando intentaba decir algo y no me salía. Hasta aquel momento había sido un niño muy feliz y hablador. Recuerdo que cuando tenía 7 u 8 años, en las comidas familiares me subía a la mesa y hacia discursos imitando a los políticos del momento: Fraga, Felipe González, Santiago Carrillo, Miquel Roca… Y eso de golpe se acabó: a partir de aquel momento comenzó el miedo a leer en clase, a explicar la lección, a preguntar alguna cosa a los profesores. Miedo porque repetía y me atascaba. Miedo al que dirán, que pensarán. Y yo he sido de las personas que tartamudean que han tenido mucha suerte con sus compañeros de clase: todos me defendían y me ayudaban si me atascaba.

Ningún compañero se reía de mi. Siempre recordaré la paciencia de mis profesores durante aquellos años: Pepita Guardia, Carles Masjuan, Dolors, Paquita… Todos ellos dejaban que acabará de hablar y no me completaban las frases. A partir de aquel momento comenzó una actividad que se repetía cada jueves y que era ir a la terapeuta del lenguaje. Esta primera experiencia y todas las experiencias con terapeutas del lenguaje convencionales no fueron demasiado provechosas.

Los años fueron pasando, y en vez de ir acostumbrándome a mi nueva condición de persona que tartamudeaba, cada vez estaba más desesperado. Fui cerrándome en mi mismo y aunque en el Instituto iba superando cursos, no estaba a gusto conmigo mismo. Me fui cerrando más y más en mí mismo y llegó el momento de escoger un oficio. Mi sueño durante toda mi vida había sido hacer la carrera de Medicina y convertirme en médico. Llegó un momento que tuve que escoger y me recomendaron que me metiera en informática, ya que así el habla no sería un obstáculo para conseguir trabajo. Y así, lo hice. Comencé a trabajar y gracias al trabajo que había escogido no tenía que hablar y podía pasar desapercibido y mi tartamudez no me molestaba.

Mis relaciones de amistad se fueron haciendo más fuertes y gracias al grupo de amigos que nunca me han fallado, tenía una vida lo más normal posible, pese a la tartamudez. Conocí a algunas chicas y me llegué a emparejar, aunque no han sido relaciones duraderas.

«Mi tartamudez no supone impedimento alguno para comunicarme»

Y así era mi vida: trabajo, amigos, sufrir la tartamudez en silencio, negar mi tartamudez a todo aquel que me preguntará… Hasta que un 2 de octubre de 2003, volviendo de la piscina, me paré a desayunar en un bar y vi un artículo en “La Vanguardia” donde se daba noticia de la creación de la Fundación Española de la Tartamudez. Me inscribí y al día siguiente me estaba llamando un ángel que nos habían puesto en la tierra para todas las personas que tartamudeábamos. Esa persona se llama Claudia Groesman y puso una luz de esperanza en mi vida. Se presentó y me invito a ir a una de las reuniones de los grupos de autoayuda en Barcelona.

Y ahí comenzó a cambiar mi vida: conocí a otras personas que tartamudeaban, vi personas con tartamudez que habían triunfado en la vida y formado familia, en definitiva, personas a las cuales su tartamudez no les condicionaba su vida. A base de reuniones en grupos de autoayuda fui cogiendo confianza y ví que mi vida no podía continuar basándose en negarme a hacer cosas y que podía ser igual que cualquier otra persona.

Uno de los retos que me propuse era que quería hacer teatro e inicié un plan a partir de una casualidad. En mi pueblo, Granollers, hacen una obra de teatro que se llama “Els Pastorets” y en el cual uno de los personajes es una persona que tartamudea. Me llegaron noticias que no lo estaban haciendo lo más correcto posible e inicié una campaña de sensibilización. La directora del espectáculo, Txell Roda, apoyo la iniciativa pero a cambio tenía que actuar en la obra de teatro. Al principio era muy reacio, pero acabe aceptando.

Cuando en el primer ensayo me comunicó el papel que tendría que realizar, el de sacerdote, me negué. Pero me dio ánimos y seguí adelante. El día del estreno no sé quien estaba más nervioso, si mi padre o yo. Con mucho miedo y emoción salí al escenario y conseguí hacer una actuación muy digna. Uno de los mejores momentos fue cuando ví que en el patio de butacas había 20 o 30 compañeros de la Fundación Española de la Tartamudez. Fue uno de los días más felices de mi vida. Desde entonces, he participado en 2 obras de teatro más y el próximo día 25 estreno mi tercera obra: “Els tres silencis”, un recorrido sensorial por una fábrica textil. Viendo el poder terapéutico del teatro, junto con otros compañeros propusimos la iniciativa “Vidas Melódicas” donde explicábamos a través del teatro, la vida de una persona que tartamudea y lo que significaba en renuncias si no se aceptaba a la misma. Fue estrenado el día 09 de octubre de 2009 en el Teatre Auditori de Granollers delante de un auditorio de 700 personas. Fue un momento muy emocionante y donde pusimos la tartamudez en la primera plana de los medios de comunicación nacionales.

Otro de los retos era viajar solo. Hasta entonces, siempre había viajado con mis padres ya que me sentía muy protegido. A partir de mi incorporación en los grupos de autoayuda, fui ganando autoestima y decidí ir de viaje a un campo de trabajo de los que organiza las Secretarias de Juventud de las Comunidades Autónomas. El primero fue a 30 kms. de casa, ya que pensé que si no iba bien, podía coger y volverme. El verme con personas de mi edad a las cuales no les importaba mi forma de hablar fue uno de los momentos más gratificantes de mi vida. Desde entonces, he hecho muchos viajes, algunos de ellos para conocer a mis compañeros de la Fundación Española de la Tartamudez.

Y el tercer reto fue sobrevenido: a causa de que en mi trabajo no estaba a gusto decidí buscar un nuevo empleo. Y resulto que el empleo que encontré uno de los puntos fuertes era la relación con el cliente. Tal y como le dije al gerente de la empresa, y no lo oculté, tenía un grave problema de tartamudez que podía ser que molestara a los clientes. Eso no les importó y me contrataron. Y me encontré dando formaciones a los clientes y haciendo cursos de formación ocupacional. Eso supuso una gran inyección de autoestima, ya que mi tartamudez no era impedimento para comunicar. A día de hoy doy cursos de formación ocupacional a grupos de 15 o 20 personas, estoy todo el día colgado al teléfono y mi tartamudez no es ningún impedimento para trabajar.

He podido cumplir mis sueños gracias a la decisión que tome aquel lejano 2003 de entrar en la Fundación Española de la Tartamudez y dar una patada a mi tartamudez para que no fuera excusa para no cumplir los mismos. Desde aquí quiero animar a todos aquellos jóvenes que tienen miedo a hablar por su tartamudez que entren a la Fundación y se atrevan a cumplir sus sueños.