Una rama de un árbol de grandes dimensiones cayó hace unas semanas en plena calle Montera de Madrid
Una rama de un árbol de grandes dimensiones cayó hace unas semanas en plena calle Montera de Madrid - EFE

Árboles caídos, el problema que se viene encima

Podas salvajes y especies inapropiadas los han convertido en un riesgo en Madrid, Granada, Córdoba, Sevilla y Barcelona

Actualizado:

Los desafortunados incidentes de este verano en Madrid, donde dos personas han muerto a causa del desprendimiento de pesadas ramas, han hecho que los ciudadanos miren con temor hacia arriba. De ser uno emblema y orgullo de quienes los disfrutan en sus ciudades, los árboles han pasado a convertirse en un elemento de inquietud y, como siempre, de disputa política.

No han faltado acusaciones de falta de mantenimiento, de recortes o de desidia en la gestión del arbolado urbano. Puede que de todo haya habido un poco. Pero la realidad es que los árboles son seres vivos que nacen, crecen y mueren. Y cuando llegan a su fin, en el caso de los de gran porte, son peligrosos. Ha ocurrido ahora en Madrid. Pero también en Córdoba, en 2009, cuando cuatro turistas italianas resultaron heridas -una de ellas muy grave- en el Alcázar de los Reyes Cristianos; en Barcelona en 2011, con la caída de una gran palmera en la Diagonal que ocasionó heridas graves a dos mujeres; en Alcoy (Alicante), este pasado agosto, cuando dos personas resultaron heridas de carácter grave; o en el sevillano barrio de Triana, con sus vecinos atemorizados por la caída de varias grandes ramas este verano.

La posibilidad de morir a consecuencia de la caída de un árbol o de una gran rama, no obstante, es realmente remota. Según el Grupo Nacional de Seguridad de los Árboles del Reino Unido (NTSG, por sus siglas en inglés), esta es de tan solo una entre diez millones. Pero lo que puede ser, desafortunadamente termina siendo, como hemos visto este verano.

«La seguridad absoluta no existe en ningún ámbito. Los riesgos derivados del arbolado existen, como los asociados a los edificios, a la electricidad, al transporte aéreo o a las tormentas. De lo que se trata es de conseguir que sean mínimos. No hay una única causa que induzca la existencia de peligrosidad por el arbolado. Una concatenación de sucesos puede conducir al desastre», explica a ABC José Antonio Sáiz de Omeñaca, profesor de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Montes de la Universidad Politécnica de Madrid.

«Las causas por las que un árbol se convierte en un peligro actúan durante plazos muy largos, muy superiores a uno o varios mandatos de un Gobierno municipal, aunque otras pueden actuar en plazos cortos, como ciertas plagas y enfermedades. Estudiar el peligro que supone una rama o un árbol es complejo», concluye Saíz de Omeñaca.

Rafael Navarro es también ingeniero de Montes y profesor de la Universidad de Córdoba. Y para este especialista en selvicultura y gestión de espacios forestales, el problema es que «en los jardines españoles vivimos demasiado de las rentas de árboles que ya tienen muchos años. No es solo en Madrid. En Granada, Córdoba, Sevilla o Barcelona también ha habido accidentes por el envejecimiento arbolado. El problema de Madrid es el de los Jardines de la Alhambra o del Alcázar de los Reyes Cristianos en Córdoba. La naturaleza no es inerme. Hay que despolitizar el problema y ponerlo en el contexto de ciudades con jardines históricos. Eso sí, al haberse producido víctimas mortales es obligatorio abrir un proceso de revisión para ver qué ha pasado».

Precisamente por eso, «España necesita un plan de gestión de su arbolado urbano», afirma Mariano Sánchez García, conservador del Real Jardín Botánico.

«Se nos va a venir encima un gran problema. Igual que los humanos vivimos de media entre 70 y 80 años o los perros entre 10 y 12, los árboles viven según la especie. Y muchos de los que se plantaron en la década de los 70 han llegado al final de su ciclo. Además, no ha habido visión integral. La política ha sido la de tener el mayor número de árboles para tener más sombra y más oxígeno, por eso se diseñaron las calles con alcorques iguales cada cuatro metros; se olvidaron de que los árboles crecían y amenazaban las fachadas y, ahora, en Paseos como el de la Castellana o Recoletos, en Madrid, sobran en algunos tramos hasta la mitad. Algo que también pasa en la margen derecha de Bilbao, al lado del Guggenheim, con los plátanos de sombra que se plantaron», agrega Sánchez García.

«A todos hay que someterlos a unas podas drásticas que debilitan al árbol y provocan pudriciones, haciéndolos peligrosos. Hay que comenzar a retirar árboles, siempre previo plan de gestión. Y para ello hay que concienciar a la población. De lo contrario volveremos a ver imágenes tan surrealistas como las de ilustres ciudadanos encadenados a enormes árboles enfermos que podían haberse caído sobre ellos en cualquier momento», afirma Sánchez García.

La mala gestión, la pésima elección de especies hace años y la falta de tradición en la arboricultura, algo que no ocurre en el Reino Unido, Francia o Alemania, nos aboca a un futuro problemático si no se toman soluciones ya, aseguran los expertos de a pie.

Gigantes de pies de barro

La ciudad es un medio hostil para el árbol «per se». Y nosotros tampoco hemos ayudado con alcorques diminutos, que apenas les dejan sitio a las raíces; aceras estrechas que les obligan a inclinarse hacia el centro huyendo de las fachadas; interminables obras que debilitan sus raíces o la obsesión por praderas de césped regadas con miles de metros cúbicos de agua, que vuelven vagos a los árboles y les convierten en gigantes con pies de barro.

«La presión de los viveristas por vender especies de crecimiento rápido, o exóticas que luego traen plagas; las depuradoras obsoletas que suministran agua reciclada que les intoxican poco a poco y las frondosas plantadas en orientaciones oeste para que en verano se achicharren, como los tilos y los castaños de indios, tan bonitos, y tan machacados en muchos parques donde no deberían haber sido plantados nunca. Es mucha la presión que se ejerce sobre nuestros árboles», denuncia este veterano jardinero municipal, que prefiere no dar su nombre, mientras perfila un sombrío panorama: «En Francia -dice- hay universidades con cátedra de arboricultura y más de un centenar de escuelas-taller, aquí hace años que se vienen eliminando. Nosotros rondamos los 50, y cuando miramos para atrás no vemos que haya gente con formación. Vamos a tener que renovar nuestro patrimonio verde y no habrá gente que sepa hacerlo. El futuro va a ser peor».