Transgénicos, una lucha entre ciencia y política
Maíz transgénico cultivado en España - fabian simon

Transgénicos, una lucha entre ciencia y política

Los científicos europeos demandan a la UE que acabe con la restrictiva legislación

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¿Puede Europa dar la espalda al cultivo de transgénicos? Un reciente estudio publicado en la revista « Cell» por investigadores del Instituto Agrotecnio de la Universidad de Lérida lo niega y respalda esta vieja demanda de buena parte de la comunidad científica, que mantiene desde hace años un debate con la clase política europea. Creen que, sin ellos, nuestro continente no podrá alcanzar los objetivos marcados para 2050 por la ONU e irá lastrando su competitividad agrícola.

En opinión de Eduard Pérez, investigador del grupo de Biotecnología Vegetal de la citada universidad y uno de los autores del estudio, la política europea sobre este asunto «carece de sentido», al regirse «sin tener en cuenta a la comunidad científica». De hecho, señala que el marco legislativo parece diseñado para «disuadir» a la población de estos productos. «Tenemos una legislación fragmentada e incoherente, que no se basa en principios científicos sino en cuestiones políticas», asegura.

La postura de este investigador no es la única que va en este sentido. José Miguel Mulet, profesor de Biotecnología en la Universidad Politécnica de Valencia, cree que las citadas leyes son una «aberración». Para él, esta situación se debe a que Europa «no volcó las investigaciones en tecnología transgénica hacia el mundo de la empresa», algo que Estados Unidos sí hizo. «Se dieron cuenta - afirma- de que la industria agrícola de EE.UU. podía arrasar y crearon una política proteccionista que lo evitara». A ello añade la acción de «organizaciones ecologistas como Greenpeace», que utilizan las campañas contra los transgénicos «para mantener su influencia».

Mulet explica algunas consecuencias de la restrictiva política europea: «Un grupo del Instituto de Agricultura Sostenible de Córdoba logró desarrollar un trigo apto para celiacos, cuya investigación estuvo financiada con dinero público español. Sin embargo, los derechos de explotación han terminado en una empresa estadounidense».

Uno de los principales argumentos de los movimientos contra los transgénicos es que otorgan el monopolio de la agricultura a las multinacionales. «La documentación y datos que les piden para sacar un producto al mercado son tan excesivos, que los costes del proceso solo los pueden costear las multinacionales», explica Pere Puigdomènech, profesor de investigación del CSIC, que atribuye este hecho a la ya citada legislación europea.

Esto ha derivado en un bloqueo de la producción y consumo de estos productos, que el investigador tampoco parece entender. «Sabemos que son iguales en términos de nutrición, y tenemos los medios para garantizar su seguridad. De hecho, pasan más controles que el resto», apunta.

Orden de prioridades

Los objetivos están claros. «Necesitamos que haya comida para todos, que ésta sea segura, saludable y, por último, que satisfaga nuestros gustos», dice Puigdomènech. Un orden de prioridades en relación con las peticiones de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), que estima necesario un aumento del 70% de la producción agrícola en 2050 para poder alimentar a las 9.000 millones de personas que se calcula habitarán ese año el planeta. «Sin los transgénicos, llegar a los compromisos será muy difícil», asevera.

Pero ello no significa la desaparición de la agricultura en territorios donde el cultivo es más complicado. «En Europa hay zonas donde trabajar la tierra es caro», explica. «En Grecia, por ejemplo, los espacios de cultivo son pequeños y solo pueden competir si mantienen etiquetas de Denominación de Origen. Hay que asegurar esos nichos agrícolas, pero eso no debe negar las posibilidades que ofrecen los productos genéticamente modificados», sentencia Puigdomènech.

En España, «entre el 15 y el 20 por ciento del maíz cultivado es transgénico», explica Mulet, que niega que los agricultores se vean obligados a comprar este tipo de semilla. «La adquieren -señala- porque les sale rentable y porque lo exportamos muy bien al exterior. De hecho, somos el principal productor de maíz para pienso animal». Un hecho notable, ya que, en palabras de Pere Puigdomènech, sin ellos «los niveles de producción cárnica actuales no se podrían mantener».

Sin embargo, no todos los expertos opinan lo mismo. José Luis Yela, profesor titular de Zoología y Conservación Biológica de la Universidad de Castilla-La Mancha, pone el ejemplo de la multinacional Monsanto y sus semillas de soja: «El productor depende no solo de esa semilla sino del glifosato, único herbicida aplicable, ambos distribuidos por esta empresa». Y añade: «Son fenómenos que van encaminados a acabar con la soberanía alimentaria, algo que traería terribles consecuencias». En opinión de Yela, los transgénicos no son la solución porque «la hambruna mundial no depende de los alimentos sino de las políticas gubernamentales». Y tampoco cree que se pueda garantizar la seguridad en su consumo ya que «se desconocen los detalles de sus efectos».

Seguridad y consumo

Yela explica que no existen «estudios sobre su impacto en la salud» y cita los trabajos del investigador francés Gilles Séralini. Éste publicó un controvertido estudio que demostraba que un determinado maíz transgénico causaba cáncer en ratas de laboratorio. Sin embargo, el Consejo Superior de Biotecnología francés (HCB) determinó en octubre de 2012 no haber encontrado «ninguna relación de causalidad» entre la aparición de tumores en las ratas y el consumo de maíz NK603 de Monsanto.

Para buena parte de los científicos, por el contrario, la seguridad de los transgénicos parece un hecho probado. Tanto Pérez como Mulet y Puigdomènech así lo señalan. «Existe el mito de que provocan alergias y no es cierto. Hace algún tiempo se intentó crear un arroz rico en licina. En su desarrollo se utilizó una proteína alérgena que se descubrió en el laboratorio, por lo que nunca salió al mercado», explica Mulet, que achaca todos estos rumores a «leyendas urbanas».

Puigdomènech atribuye los argumentos contrarios a los transgénicos a «quien toma ventaja en el debate con mentiras, como decir que son cancerígenos». Tesis que apoya Eduard Pérez: «Hay mucha más literatura científica sobre su inocuidad en humanos y nada hace pensar que representen algún peligro».