Georg, el enigmático eslabón entre dos Papas
El secretario personal de Benedicto XVI y Prefecto de la Casa Pontificia, Georg Gänswein - epa

Georg, el enigmático eslabón entre dos Papas

Georg Gänswein estuvo siempre al lado de Benedicto XVI. Como Prefecto de la Casa Pontificia también se ha convertido en una presencia habitual en la vida del nuevo Papa

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La sala Clementina del Vaticano. Reunión de despedida entre los cardenales del Cónclave y el nuevo Pontífice. Una presencia impoluta sobresale entre las sotanas negras de los purpurados. Es Georg Gänswein (Alemania, 1956), secretario personal de un Papa, Benedicto XVI, y jefe (prefecto, según la nomenclatura vaticana) de la Casa de otro Papa, Francisco.

Los purpurados que eligieron a Bergoglio saludan con cariño al sucesor de Ratzinger pero inmediatamente se dirigen a abrazar (Rouco lo hace durante largos minutos) al obispo de la diócesis alemana de Urbisaglia; todos le solicitan información sobre el Papa emérito, detalles de su vida en Castel Gandolfo, y muchos, casi todos, le entregan regalos para él.

La escena es una metáfora bien elocuente de que solo un hombre en la curia tiene balcones con vistas en los dos Pontificados. Ese es «don Georg», el apelativo con que le nombra la Prensa italiana. O Il Bel Giorgio, como le llama la nobleza romana entre la que se prodigó hace años, cuando tan solo era colaborador del cardenal Ratzinger en la Congregación para la Doctrina de la Fe. O el «George Clooney» de la Iglesia, como le apodó Donatella Versace, antes de que perdiera la cabeza y las agujas y le dedicara una de sus más exitosas colecciones de moda.

Preguntar por Gänswein en los pasadizos del Vaticano es toparse con un tabú menos poroso que los muros de hormigón. «De acuerdo con la Curia, ha decidido no hablar con nadie. Mantenerse en segundo término para poder cumplir con su delicada misión». ¿Cuál es esa misión? «Trasladarle los asuntos sensibles a Bergoglio». Son palabras de un alto funcionario que asesora a la Curia y que prefiere mantener el anonimato.

Ante la insistencia, explica a ABC la equivalencia española a la magistratura que ahora encarna el secretario del Papa emérito. «Su cargo es equiparable –sostiene- al que tiene el jefe de la Casa del Rey de España. Es decir, actualmente la agenda y la organización de los actos del Papa Francisco están absolutamente en sus manos. Más que en las de Bertone, el secretario de Estado». Por eso tuvo que abandonar Castel Gandolfo el pasado martes para asistir, como obispo, a la Misa Pro Eligendo Romano Pontífice. Pero más importante fue su presencia inevitablemente morbosa en la procesión que acompañó a los electores hasta la Capilla Sextina. Ahí no era la de obispo la dignidad demandada, sino la de Prefecto de la Casa Pontificia. Es decir, lo hizo como lo haría Rafael Spottorno en cualquier acto oficial de Don Juan Carlos.

La traición de «Paoletto»

Su apostura (1,80 de estatura, moldeada como profesor de esquí), que ha devenido en el imaginario femenino en un trasunto de Richard Chamberlain en «El Pájaro Espino», no ha conseguido perturbar la percepción que en la maquinaria vaticana se tiene de él: germano de los pies a la cabeza, «cerebro» de Derecho Canónico y mucho más halcón que paloma de la doctrina católica. Desde que en 2006 Ratzinger lo nombrara su «mano derecha», algunos en la curia lo temen. Son los mismos que en estos días toman dos tazas de Gänswein, por si una fuera poca.

Esos funcionarios no han olvidado cómo la tarde del 28 de febrero, minutos antes de que un helicóptero le trasladara junto a Ratzinger a la orilla del lago Albano, el que hoy se ha convertido en el único puente entre los dos Papas lloraba como un niño al clausurar la tercera planta de la Loggia, cuyos apartamentos habían cobijado los años de Pontificado de Benedicto XVI durante ocho años.

Dejaba atrás casi dos lustros de un aprendizaje a «machamartillo» de las intrigas palaciegas, de un curso acelerado de la diplomacia más celebrada, la vaticana, y de muchos sinsabores, pero fundamentalmente uno: la traición de Paolo Gabriele, el célebre «Paoletto», mayordomo infiel incardinado en la estructura que dirigía don Georg y que alumbró el «vatileaks», un escándalo con menor sustancia de lo que su fama ha dejado escrito en los periódicos.

El responsable de la felonía de airear los secretos del Vaticano dio una estocada desde luego al Papa, pero también a su principal colaborador, que tuvo que testificar en el proceso judicial que llevó al acusado a la cárcel, condenado a 18 meses de reclusión. Tiempo después fue perdonado por el Papa emérito. Quizá esos recuerdos le invadieron cuando el pasado miércoles, tras el « Habemus papam», el obispo alemán tuvo que desprecintar los apartamentos papales para recibir al primer Pontífice argentino. La prensa italiana cuenta cómo el padre Leonardo Sapienza tuvo, ante el aturdimiento del obispo, que «traerlo a la realidad» y recordarle que tenía que encender la luz de los aposentos. Parecía, según el rotativo «La Stampa», «perdido en sus recuerdos».

La Casa, en sus manos

Gänswein tiene en sus manos la Casa del Papa. Por eso estos días se prodiga a su lado. Eso sí, con la boca sellada por la prudencia, la misma que guardó cuando cierta Prensa especuló que su nombramiento como Prefecto, el pasado diciembre, obedecía al interés de Ratzinger de perpetuarle en la Curia sabedor de que iba renunciar a su Pontificado. A la derecha de Francisco estuvo en la audiencia del Papa con más de cinco mil periodistas el pasado sábado y no faltará mañana en la Misa de Inauguración del Pontificado con decenas de jefes de Estado y de delegaciones diplomáticas de todo el mundo.

Pero cuando su presencia será estelar tiene una fecha y un lugar: próximo sábado 23 en Castel Gandolfo. Allí, el fiel secretario, el emisario de Ratzinger y Bergoglio, el enigmático eslabón entre dos Papas, reunirá a sus «jefes» para un almuerzo en el que no faltarán confidencias entre el Vicario de Cristo, que no cesa de romper moldes desde la fumata blanca del pasado miércoles, y por primera vez en la historia, su antecesor vivo. Y todo, a un mes de que el único Papa alemán ocupe –junto a un grupo de colaboradores fieles entre los que se halla Gänswein- una estancia del convento Mater Ecclesiae. En el corazón de la Santa Sede.