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FESTIVAL DE CANNES

La batalla contra el Sida y el zafarrancho del arte moderno

La francesa «120 pulsaciones por minuto» y la sueca «The square», proyectadas dentro de la Sección Oficial

Elisabeth Moss, durante la rueda de prensa de «The Square»
Elisabeth Moss, durante la rueda de prensa de «The Square» - AFP
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Aún mantiene el festival a buen recaudo esas películas que maravillarán al mundo y que siempre apuntalan la Sección Oficial de Cannes como el mayor santuario para la peregrinación de cinéfilos. La francesa «120 pulsaciones por minuto» y la sueca «The square», las recién salidas a competir por la Palma, tenían algunas virtudes y algún que otro momento glorioso, pero no daban para peregrinajes. Entre las dos películas se comían cinco horas del día (sin contar el IVA de esperas, traslados y cacheos), o sea, que estaban tan hinchadas como los precios de los menús en Cannes.

Asuntos de interés, sí, pero ostensiblemente chapoteando para no hundirse en la melancolía del aburrimiento. La lucha contra el Sida en París durante los años ochenta, y contra la desidia política y farmacéutica, es de lo que trata la francesa, dirigida por el tunecino Robin Campillo; y sobre la impostura del arte moderno y los bandazos morales en nuestra políticamente correcta sociedad eran los objetivos de la sueca.

«120 pulsaciones por minuto»

«120 pulsaciones por minuto» recoge los afanes asamblearios y activistas de un grupo que presiona a políticos y farmacéuticas para trabajar en favor de los colectivos afectados, que se debatían aquellos años entre la muerte, el rechazo y la invisibilidad, y está filmada con nervio toda su carga militante en sus discusiones y en sus actos violentos, aunque no pierde tampoco la ocasión de organizar un aquelarre melodramático a propósito de la relación, pasión y muerte de algunos de sus miembros.

La película fue considerada efectiva (tuvo muchos aplausos) como alegato y denuncia de una situación y circunstancias que convendría no olvidar, pero también como historia de amor y homosexualidad tratada con excesivo trapo convencional. Y el exceso de duración y de sobeteo emocional conseguía que una película interesante adquiera el temible aspecto de un adoquín.

«The square»

«The square», del sueco Ruben Ostlund, tiene tres o cuatro momentos grandiosos que caen como goterones de vinagre en una ensalada que puede parecer aburrida, pura y dura lechuga sobre la verborrea «intelectual» con la que suele envolverse el arte megamoderno. El protagonista es el conservador de un Museo de Arte Contemporáneo y el argumento lo enfrenta a una serie de contradicciones artísticas y personales que invitan a apiadarse de él, también a reírse pues hay un notable y vitriólico sentido del humor que planea por la demencial historia.

La gran secuencia de la película consiste en una «instalación» llena de realismo sucio cuando a una cena de gala y pretensiones irrumpe un fulano semidesnudo que gruñe como un gorila (fabuloso el actor Terry Notary), que transmite la ferocidad y violencia de un mandril con dolor de muelas y que somete a los comensales «cool» a una tensión y humillación que casi le invitan a uno a comerse un plátano.

Hay conversaciones, reuniones, proyectos museísticos y radiografías sociales e intelectuales en ese justo equilibrio entre lo gracioso y lo inane…, y no resulta difícil agarrarse al palo de la brocha (los momentos de sexo y explicaciones entre Elisabeth Moss y Claes Bang son también muy grandes y correosos) aunque su desmedida duración te haga notar que te falta la escalera. El retrato de la Prensa, y de las ruedas de Prensa explicativas de los proyectos artísticos, le permiten a Ostlund reírse a lo bestia de los síndromes (incluido el de Tourette) del ser humano cuando se quita su piel de gorila.