El Príncipe y Gibraltar

Gibraltar es un problema pendiente. En este contexto, las palabras del Príncipe de Asturias han sido perfectamente adecuadas

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LA Corona representa el interés permanente de España al margen de las coyunturas políticas y partidistas. Esta función resulta especialmente relevante en materia de política exterior, ya que hay planteamientos que todo gobierno debería mantener con absoluta firmeza. Uno de ellos es, sin duda, la reivindicación de la soberanía española sobre Gibraltar, la última colonia en suelo europeo, cuya permanencia bajo el dominio británico carece de justificación en pleno siglo XXI. Es lamentable que el Ejecutivo socialista —aunque no ha hecho concesiones formales sobre la soberanía— haya desarrollado una política débil a base de gestos absurdos que serán utilizados en el futuro en contra de nuestros intereses. La imagen del entonces ministro Miguel Ángel Moratinos con el Peñón al fondo es la expresión más lamentable de ese «buenismo» sin sentido, al igual que las reuniones oficiales con las autoridades locales de la Colonia, tratadas casi como si fueran representantes de un Estado soberano. Las relaciones políticas, socioeconómicas y culturales entre España y el Reino Unido son excelentes, como corresponde a dos grandes naciones históricas que son socios y aliados. Sin embargo, no se puede negar que Gibraltar es un problema pendiente y que mirar para otro lado es la peor de las opciones.

La visita del Príncipe de Gales se está desarrollando con enorme éxito en el marco de las relaciones cordiales y afectuosas entre ambos países y las Familias Reales. En este contexto, las palabras del Príncipe de Asturias en su brindis oficial, hablando de «avanzar en la solución del contencioso histórico bilateral que aún sigue pendiente», fueron perfectamente adecuadas tanto en el fondo como en la forma, a diferencia de la calculada ambigüedad con la que Moncloa jugó al difundir una nota sobre el encuentro entre Carlos de Inglaterra y Rodríguez Zapatero en la que se hablaba de «encontrar soluciones a los asuntos pendientes», y cuyas dudas tuvieron que ser despejadas por la Embajada británica con un tajante: «la cuestión de Gibraltar no ha sido tratada ni directa ni indirectamente durante el encuentro». El estreno como anfitriones de Don Felipe y Doña Letizia refleja una vez más la singular capacidad de la Monarquía para conjugar tradición y modernidad, manteniendo con todo rigor el protocolo correspondiente, pero sin olvidar el ejercicio de las funciones constitucionales que corresponden al Heredero de la Corona.