El padre de todos los problemas

JOSÉ MARÍA CARRASCAL
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España es un país serio, fiable. Lo ha sido en los últimos siglos, con regímenes y gobernantes muy diversos. Incluso en sus peores momentos, que fueron bastantes, pagó sus deudas. Es un crédito del que nos estamos beneficiando hoy, cuando volvemos a estar en una situación de emergencia, tras haber creído que las habíamos dejado atrás para siempre.

Quien no es creíble es el hombre que nos ha llevado a ella. José Luis Rodríguez Zapatero comenzó negando la crisis; dijo luego que no nos afectaba; cuando no tuvo más remedio que reconocerla, tomó medidas pintorescas; las amplió con otras que lo único que han hecho ha sido llevarnos al furgón de cola de los países desarrollados, lo que no ha impedido que anunciase repetidas veces que la recuperación estaba en puertas, mientras seguía poniéndole parches de forma cada vez más caótica e improvisada, sin hacer caso de las advertencias y consejos que le llegaban tanto del interior como del exterior.

¿Qué ha hecho el presidente cuando las llamas llegan ya al cuarto de estar? Pues lo de siempre, negar la mayor: vamos bien, continuemos por el mismo camino, más planes, proyectos, leyes disposiciones, tan profusas como imprecisas, a tomar en las próximas semanas y meses. Incluso va a crearse una especie de supercomisión, integrada por la vicepresidenta económica y los ministros de Fomento e Industria, encargada de tramitar con todas las fuerzas políticas esas medidas. En Estados Unidos suele decirse con sorna que cuando no se sabe resolver un problema, se nombra una comisión que lo estudie. En España, podríamos decir que nuestro presidente cambia cada poco su política económica para poder continuar haciendo la misma. Pues si nos fijamos bien, ¿qué es lo que ha venido a proponer en su exposición de ayer? ¿Cómo intenta abordar los grandes problemas con que se enfrenta el país? Pues no nos ha dicho nada. La reforma laboral, algo en lo que todos los expertos coinciden en que sin ella no será posible avanzar, la deja a los sindicatos y a la patronal. La reforma de las pensiones, otra asignatura pendiente, pero cada vez con peor cara, se la deja al Pacto de Toledo. La reforma educativa, sin la que no podremos nunca alcanzar el nivel de país realmente desarrollado, se la deja al ministro del ramo con los portavoces de los distintos partidos. De las reformas fiscal y financiera, necesarias para el saneamiento de nuestra hacienda, ni siquiera habló. En una palabra: que se quitó de en medio. Y así no se supera esta crisis. Esta crisis sólo se supera con liderato firme, cogiéndola por los cuernos, eso sí, con riesgo de que se le claven a uno en la carne. Pero ese es riesgo de todo gobernante y lo que exige la hora presente. Y es justo lo que no ha hecho Zapatero, asumir responsabilidades.

Ha hablado, en cambio, mucho de diálogo. El mismo presidente que intentaba establecer en torno al principal partido de la oposición un cordón sanitario y que hace sólo un mes decía que no podía alcanzar acuerdos con él por razones ideológicas, muestra hoy interés en el entendimiento. Pero para entenderse con alguien, hay que confiar en él, algo que falta en este caso. Y no estamos hablando de confianza personal, mucha o poca, que el señor Rodríguez Zapatero pueda inspirar. Se trata de si puede tenerse confianza en su política, en sus medidas. Y nadie confía en las medidas que ha tomado, a tenor de lo que han dicho, uno tras otro, los portavoces parlamentarios de todos los grupos. Unas medidas no sólo fracasadas, sino tan poco serias como los últimos presupuestos, que se han mostrado inviables al mes de aprobarse, a un elevado precio, para obtener los votos que faltaban. Unas medidas que se han tomado siempre con la vista puesta en las próximas elecciones o según la coyuntura de cada momento, sin penetrar nunca en el fondo de la crisis ni contemplar el horizonte más amplio de la economía nacional presente y futura. Medidas coyunturales, más políticas que económicas, que a la larga producen más mal que bien y se descalifican a sí mismas, como ya las han descalificado los mercados, a no ser que uno viva en ese universo virtual en que se ha instalado nuestro presidente, personaje muy especial, mitad gaseoso, mitad granítico. Tiene, por una parte, la cualidad del ectoplasma, que se adapta a todas las circunstancias, pero, por el otro, mantiene su esencia sin cambiar jamás. Incluso con palabras distintas, dice siempre lo mismo, como lo dijo en el debate de ayer, en el que no rectificó lo más mínimo una política económica, pese al evidente fracaso de la misma. La única conclusión es que con este hombre no hay nada que hacer ni se puede ir a ningún sitio.

El principal, y prácticamente único, argumento a su favor es que sus críticos sólo hacen eso, criticar, sin ofrecer ninguna propuesta. ¿Pero no es bastante propuesta denunciar una política económica de principio a fin, anunciar que se va a hacer justo lo contrario de lo que se hace en ella? A saber: no ir poniendo parches aquí y allá, para ganar tiempo en espera de que la galerna pase, los demás países se recuperen y tiren de nosotros. Pues a eso se reduce todo el plan de salvación de Zapatero, el de antes y el de ahora. Pero nadie va a salvarnos si seguimos por el camino que vamos, de cerrar los ojos a la realidad e ir posponiendo la severas medidas que ésta exige. No se sostiene anunciar un severo reajuste manteniendo intocable el gasto social. No se puede llamar «economía sostenible» a una economía de déficit galopante. No se puede alardear de «energías renovables» cuando no se tiene asegurado el suministro de energías tradicionales. No se puede, en fin, decir que este año empezará la recuperación, cuando todos los analistas de prestigio advierten que 2010 será un año malo para todos. Y si es malo para todos, pueden imaginarse como será para los que están peor.

Estamos en la «segunda ola» de la crisis. La primera pudimos capearla gracias a las reservas de los Estados, que invirtieron enormes cantidades de dinero para evitar el colapso financiero. Pero esas reservas se han agotado y ahora hay que poner de nuevo en marcha las economías, algo que sólo podrán hacer aquellos países que han hecho sus deberes. España no los ha hecho, al no liderarlos quien hubiera debido hacerlo, el gobierno, que incluso llegó a calificar de catastrofistas a quienes anunciaban lo que se nos venía encima. Recuerden el debate Solbes-Pizarro, que perdió el segundo. Mejor dicho, perdimos todos. Pero a quienes no han hecho sus deberes, se los va a obligar a hacer la realidad. O Bruselas, como a Grecia. Hay que hacer reajustes duros, que alcanzan a todos los sectores de la sociedad. El primero de ellos, restablecer el equilibro presupuestario, algo que sólo puede hacerse aumentando los impuestos o recortando los gastos. Aumentar los impuestos significa lastrar unas empresas ya sobrecargadas, muchas de las cuales no lo podrán soportar. O sea, más paro. Recortar gastos ofrece más posibilidades, dada la inflación en cargos, coches, fiestas, viajes, subvenciones, publicaciones, informes y otras mil cosas innecesarias, empezando por unos cuantos ministerios. El problema es si hay voluntad de hacerlo. Por lo que oímos ayer, no.

El debate, con todas sus deficiencias, tuvo un aspecto positivo: todos los portavoces coincidieron en que la situación es muy grave y en que la política del gobierno para afrontarla no es la correcta. Por primera vez, el aislado era Zapatero no Rajoy. Si la oferta de diálogo del presidente fuese sincera, debería de tener en cuenta esta unanimidad. Que no lo haga, que siga pensando que todos los demás se equivocan y sólo él tiene razón, nos advierte de que está entrando en ese terreno nebuloso que alcanzan algunos políticos cuando se acercan al desastre. El próximo paso será decir que hay una conspiración contra él dentro del país. Fuera, ya la ha visto.

Para resumir: el problema de España se llama José Luis Rodríguez Zapatero. Hace un siglo, al hablar de ese problema, Ortega dijo que Europa era la solución. Hoy, ni eso, porque ya estamos Europa. Tendremos que arreglarnos por nuestra cuenta. Si somos capaces. Pero al menos hemos localizado el gran obstáculo.