Clonación de Vito Corleone

VALENTÍ PUIG
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FRANCISCO Correa, supuesto mandamás de la trama Gürtel, quiso que el contable de la trama le hiciera constar en las entregas como Don Vito. Es el mundo al revés: los Corleone pusieron todo su empeño -inútil- en maquillar su pasado delictivo y en cambio Correa se vanagloria en ser apodado contablemente como Don Vito. De la «beautiful people» a los Corleone: historia de una metástasis. Es la vieja conversación entre Joaquín Costa y Giner de los Ríos. «Giner, aquí hace falta un hombre». Respuesta: «Aquí hace falta un pueblo». A finales de la primera década de un nuevo siglo, lo que hace falta es más sociedad civil. Siempre habrá sinvergüenzas que anden sueltos, pero no tanto si la sociedad estuviese más atenta a sus propios desmadres, a la transmisión de valores, a los baremos de la honorabilidad y el deber. La responsabilidad de casos como Gürtel es totalmente de los partidos políticos -en concreto, del PP y sus aledaños- pero los Corleone están en todas partes.

En el pasado de España, desde los regeneracionistas y con la generación del 98, aparece periódicamente la querencia de una figura enérgica y casi providencial, el hombre que acabe con los males de la patria con un golpe de bisturí. Fue el «cirujano de hierro» a quien se le reconocerían poderes autocráticos para una acción inmediata y eficaz. García Escudero enumeró en varias ocasiones ese pedigrí tan peculiar. La causa era la europeización, lo que justificaba según aquella dialéctica la solución no democrática, transitoria y de urgencia. Era la «dictadura tutelar» de Rafael Altamira, el «gran hombre» de César Silió, «el hombre con H grande» de Silvela, el «tirano paternal y piadoso» de Ramón y Cajal o el «Pío Cid» de Ganivet. También son César Moncada en la espléndida novela de Baroja y el Quijote redivivo de Unamuno. Esas eran las ilustraciones. Únicamente un anacronismo o la mala fe deducirá que sugerimos extrapolar ese concepto histórico a lo que es el presente.

Los tiempos han cambiado mucho. Desde la transición democrática hasta hoy, los impulsores de la acción política son los partidos, sus aparatos organizativos y sus líderes, aunque el lastre también pueda ser la partitocracia. El «cirujano de hierro» ahora es un sujeto colectivo cuyas energías se concentran o se dispersan en virtud de estrategias políticas que se nutren de la iniciativa del liderato o la diluyen entre tantas inercias. En realidad, como se comenta ahora en muchos sectores sociales respecto al caso Gürtel, la sociedad pide a sus representantes políticos y allegados que controlen la vida de los partidos, que sean el guardián del guardián, vigilantes de sus entrañas antes que los jueces. Curioso: se le da el Nobel de Física a los inventores de la fibra óptica, que es fundamental para las nuevas telecomunicaciones, pero los bulos, filtraciones y verdades de la política circulan todavía como en el Madrid de Galdós, con o sin SMS.

Nadie está por la exaltación arcaica del cirujano de hierro, sino por la cirugía exacta. No por el «lifting» ni por la cosmética. Es el turno de Rajoy con el bisturí. Más pronto o más tarde se verá obligado a tomar una grave decisión. La más indicada es que las partes del PP directamente afectadas del PP vayan a parar al cubo de los desechos junto al quirófano. Es lo que corresponde a una situación de tanta gravedad. También los partidos políticos han de ser selectivos, a poder ser meritocráticos. Sobre todo, claros. Nadie ignora que los Corleone clonan y proliferan a ritmo exponencial.

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