Una de las últimas fotografías de Eva Blanco; a la derecha, imagen de su diario secreto
Una de las últimas fotografías de Eva Blanco; a la derecha, imagen de su diario secreto - ABC
LOS DIARIOS SECRETOS DE EVA BLANCO

Se estrecha el cerco al asesino de Eva Blanco 16 años después

La Guardia Civil ha investigado a 1.503 personas y cotejado 208 ADN tras 16 años del «crimen perfecto de Algete»

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«Sólo diré, sólo escribiré una cosa. Miguel T. Q. By Evita». Esta es la última anotación que la adolescente Eva Blanco redactó en su diario secreto. Lo hizo horas antes de su muerte, la madrugada del 19 al 20 de abril de 1997. El crimen sin resolver de la chica de Algete es quizá la espina más dolorosa en el Grupo de Homicidios de la Guardia Civil de Madrid. Y tienen razones para ello. Por un lado, porque sus índices de éxito son envidiables en asesinatos, con un 93,7% de esclarecimientos.

A ello hay que sumar el perfil de la víctima, una cría que dos meses antes de que la mataran había cumplido 16 años; toda una vida incipiente y truncada por un depredador. Y porque, a diferencia de otros casos, los investigadores sí que cuentan con una prueba elemental para poner nombre y cara al criminal: su perfil genético, procedente de los restos de semen encontrados en la ropa interior de la fallecida. Pero falta la otra pieza del puzle. Otro elemento orgánico con el que cotejarlo. La mitad oscura.

La noticia saltó en noviembre de 1999. El entonces alcalde del pueblo publicaba un bando en el que animaba a los vecinos varones a que se sometieran voluntariamente a pruebas de ADN para dar con el asesino y despejar la «x» de una vez por todas. Un total de 2.013 de los alrededor de 5.000 hombres de Algete dejaron por escrito su disponibilidad. Sus nombres se guardaron bajo llave en una urna.

Catorce años después, allí siguen. Porque la juez de Instrucción número 4 de Torrejón de Ardoz de la época vetó la prueba masiva. Y eso que hasta el Ministerio del Interior guardó una partida de cien millones de pesetas de la época (600.000 euros) para costear los análisis. La instructora consultó a la Fiscalía de Madrid, que no apoyó la iniciativa. Lo consideraba anticonstitucional y, pese a su carácter voluntario, contrario al derecho a la intimidad.

«En 2005, la Guardia Civil esclareció un caso ocurrido cuatro años antes en Campo de Criptana (Ciudad Real) tras una prueba masiva de ADN. También hay antecedentes similares en el Reino Unido, Alemania y Francia», explican fuentes policiales. Por eso, la reciente noticia de que la actual juez, a instancias del Instituto Armado, va a dar vía libre a la apertura de las urnas con los datos de los voluntarios supone un empujón a la investigación. Aunque no se haya pronunciado sobre la prueba masiva.

Descartar o sumar

Por un lado, supone una clara motivación para los agentes. «El de Eva es un caso que no hemos abandonado nunca. Conocer quién dio su consentimiento nos puede ayudar a descartar, pero también a apuntar a sospechosos», explica uno de los investigadores. Efectivamente, no se abandonan otras pesquisas, pero sí es verdad que tanto el hecho de aparecer en la lista como el de no aparecer en ella puede resultar revelador.

La primera persona investigada fue la propia víctima. Ocho meses después del crimen, su madre, Olga Puig, encontró escondidos entre cajones de su habitación dos cuadernos escolares. No eran apuntes de clase. Se trataba de los diarios secretos de la chica. Nadie sabía que existieran. La adolescente los fechó en los años «95-96» y «96-97», de su puño y letra, como si se correspondieran con cursos escolares. El relato en él es el típico de una chica de su edad. Aparecen las personas más cercanas, de su círculo íntimo, ese que es el primero que investigó la Guardia Civil: familia, amigos y novio.

Este último es Miguel, el chico al que van dedicadas sus últimas palabras escritas, una declaración de amor. Era un joven de más o menos su edad de Fuente el Saz. En otra página aparecen los nombres de Eva y Miguel repetidos continuamente. Está claro que fue uno de los primeros investigados, hasta se cotejó su ADN. Pero resultó negativo.

Entramos en el segundo círculo, el de conocidos, amigos menos cercanos y ámbito escolar. Se trata de gente del pueblo. Ahí es donde la Guardia Civil sospecha que está el nombre del asesino. «Tenemos claro, y jugamos con esa hipótesis, el de alguien conocido, de Algete o alrededores», explica un mando policial.

«Tengo que irme a casa ya»

¿Qué pasó aquella noche? La última persona, además de su asesino, que vio con vida a Eva Blanco fue su amiga Vanessa. Estuvieron juntas en las pistas de Valderrey, tomando algo de calimocho. Hasta que, según relató Vanessa, su amiga se despidió así: «Me voy. Tengo que estar en casa a las doce». Faltaban quince minutos para la medianoche. Pero nunca llegó a su domicilio, a menos de un kilómetro de distancia.

A primera hora de la mañana siguiente, su padre, Manuel, tras haber telefoneado al cuartel y pasar toda la noche peinando zonas de ocio, hospitales y parques, puso la denuncia. Paralelamente, dos hermanos mayores de Ajalvir, ya fallecidos, que daban un paseo por el paraje de las Pesqueras, encontraron el cadáver de una chica. Estaba en la cuneta de la M-100, que une Algete con Cobeña, en una vía de acceso en obras. Era Eva Blanco.

La zona, a unos 7 kilómetros de su casa, estaba cerrada al tráfico y la solían utilizar chavales de la época en busca de intimidad en sus coches. El cuerpo estaba decúbito prono, boca abajo, perfectamente vestido. Sólo tenía quitada una manga de la chaqueta que llevaba. Esa noche había llovido muchísimo y aún había huellas de ella y también de su asesino en el terraplén de la carretera. Primera pista: el criminal calzaba un zapato tipo mocasín, de la talla 42. Debía de rondar los 33 años en 1997, quizá más, apuntan los padres de Eva. Ahora, por lo tanto, debe de andar por el medio siglo. «Creemos que es el padre u otro familiar de alguna de sus amistades», apuestan Manuel y Olga.

A Eva le dieron 19 puñaladas en la parte posterior de la cabeza y en la alta de la espalda. Utilizaron una navaja de 8 a 10 centímetros de hoja y uno de ancho. La primera cuchillada y quizá mortal, en el costado izquierdo. Lo que hace pensar que estaba aún dentro del coche cuando se la dieron. Iba en el asiento del copiloto.

Salió del vehículo, un Renault de color claro, tipo berlina. Corrió por el terraplén de arena, en pendiente ascendente, pero el asesino la atrapó. La acuchilló y el cuerpo quedó en el «valle» del arcén, que la lluvia de esa noche convirtió en una especie de canalón. Y ese fue el primer gran problema, el de base, para la investigación.

«La lluvia limpió el cuerpo. Sólo quedó una pequeña fibra roja, que coincide con la de la tapicería de algunos modelos de coche de aquella época», explican nuestras fuentes.

La autopsia fue complicada. Se encontraron vestigios de semen en las braguitas, pero, según el forense, a Eva no la violaron. Tras mantener relaciones con su asesino, según la tesis policial, se enzarzaron en una discusión que acabó en tragedia. Los padres de la chica creen que sí fue forzada sexualmente, y que por eso la mató.

La causa de la muerte fue un shock hipovolémico. Se desangró. El cadáver no presentaba golpes y estaba vestido. En cuanto a la hora de fallecimiento, el forense decretó que se produjo entre las 3 y las 6 de la madrugada del 20 de abril. Según Vanessa, su amiga, Eva se marchó a casa a las 23.45. Hay un espacio de horas demasiado amplio y la distancia recorrida no es nada larga. Algo no cuadra.

Presos con permiso

Han pasado 16 años. Cuatro más, y el crimen prescribirá. La tarea policial ha sido y es muy intensa. La Guardia Civil está volviendo a pisar el acelerador. En todo este tiempo, han investigado a 1.503 personas (entre seguimientos y entrevistas) y han cotejado los ADN de 208 varones del pueblo y alrededores. Incluso se ha investigado a gente de Algete con antecedentes, personas que hubiesen sido multadas por posesión de armas blancas e incluso a presos que en esas fechas gozaran de permisos penitenciarios. Son los que conforman el tercer círculo, el más lejano de Eva y del que seguro que no saldrá el nombre del asesino.

La prueba del perfil genético es importantísima, aunque no es la única vía de investigación abierta. En los años 90, las técnicas policiales no eran tan avanzadas como ahora. Los teléfonos móviles no estaban tan generalizados en la población, y mucho menos en la más joven, por lo que no se puede echar mano a la triangulación que ahora ofrecen los repetidores. Tampoco había cámaras de la DGT en la carretera. Ni siquiera puede decirse a ciencia cierta que alguien viera a Eva subirse a un coche.

El enigma del «343110»

En un despacho de la Comandancia de la Guardia Civil de Madrid cuelga en la pared un folio con un número en letra de imprenta: 343110. Hay que volver, de nuevo, a los diarios secretos de Eva. A las dos últimas páginas. En ellas, de manera obsesiva, la joven escribió de arriba a abajo, con cinco tintas de bolígrafo que se iban alternando en un perfecto orden, más de 200 veces el siguiente texto: «Eva y 343110». Como en su día hiciera con «Eva y Miguel».

¿Quién era 343110? Hipótesis hay muchas, algunas proporcionadas por numerólogos. Como para romperse la cabeza de tanto pensar. El 34 es el prefijo telefónico de España. El 110, curiosamente, es el distrito postal de Algete. ¿Casualidades? El padre de la víctima, Manuel, sospecha que se trata del número de un «buscapersonas» que, en aquella época regalaba una marca conocida de refrescos.

Lo que parece claro es que esos seis guarismos representan un nombre, un secreto. Nadie del círculo íntimo de Eva sabe nada de ello. Otro misterio que se dejó en aquella cuneta la última noche de su vida.