Manuel Blanco y Olga Puig, junto a un retrato anónimo de Eva Blanco, en su casa de Algete
Manuel Blanco y Olga Puig, junto a un retrato anónimo de Eva Blanco, en su casa de Algete - óscar del pozo
EL CASO DE EVA BLANCO

«El criminal que asesinó a Eva Blanco sigue en Algete»

El padre de Eva Blanco confía en que pronto detendrán al autor del asesinato de su hija: «Entonces, podremos descansar»

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En una de las paredes del salón de la familia de Eva Blanco cuelga un retrato de la chica. Les llegó a sus padres de Barcelona. Remitente desconocido. Como si de una señal se tratara, en él han instalado un pequeño altar en recuerdo de su hija mayor, la que no está. Es media tarde y alguien llega a la casa. Es el bullicio de un crío, uno de los dos nietos de Manuel Blanco y Olga Puig, que viene con ganas de merendar y jugar con un helicóptero de plástico. Le acompaña su hija, la mediana de las tres hermanas, Rebeca, que ya es toda una mujer, guapísima. La escena, tan cotidiana y entrañable, es la vida después de la muerte.

«Pero esto no se supera. Te vas haciendo mayor, pero tus tristezas se te van quedando ahí, mientras que las alegrías se han pasado al cabo de un día», nos dice Olga, de 54 años. La charla con los padres de Eva Blanco no deja indiferente a nadie. La tragedia no ha roto su relación. «Mi marido es una ONG ambulante», dice, bromeando, la madre de la chica asesinada.

Ella es más recelosa, más cauta sobre lo que puede ocurrir cuando se abran las urnas con los nombres de los voluntarios del pueblo para la prueba de ADN. El dolor la ha hecho menos confiada. O más desconfiada, según se mire: «No creo que vaya a pasar nada. Soy la que menos convencida está de que eso vaya a solucionar algo». «Creo que la Guardia Civil sí va a dar con el asesino. Creemos que el paso es importante... Es que los investigadores lo tienen todo, lo único que necesitan es ponerle cara», la interpela Manuel. «Pero, ¿de qué te sirve tener ladrillos si no tienes un solar donde ponerlos?», insiste Olga.

Sobre posibles sospechosos, el matrimonio sí se pone de acuerdo: «No creemos que fuera un amigo de Eva, quizá el padre o algún otro familiar...».

Hasta en cubos de basura

«Aquel día era la primera vez que la dejábamos llegar a casa a las doce de la noche. Ella solía regresar a las once y siempre la escuchaba un rato antes reírse, porque tenía una risa muy fuerte —recuerda Olga—. Ese día me duché y la esperé, porque le tocaba sacar el perro a pasear».

Un cuarto de hora antes de la hora fijada, la madre comenzó a preocuparse, y llamó a su marido. A las doce menos diez, salió a buscarla con una amiga. A la una, acudieron al cuartel del pueblo. «Seguro que está en algún portal drogada», me respondieron. Y eso que en esa época Manuel era el jefe de Protección Civil y conocía a los agentes. «La estuvimos buscando hasta en los cubos de basura; los hospitales; en arcenes, pensando en que la habrían atropellado...», relatan. A las cuatro de la madrugada, hora probable de la muerte de Eva, Olga le dijo a su marido: «¿Por qué no vas a buscarla a Cobeña?». Son las jugarretas del destino.

El cadáver fue hallado al mediodía siguiente. «Creemos que la violaron; de otra manera, no la hubiesen matado. Lo hicieron para que no hablara. Tuvo que ser alguien conocido, porque era una niña más bien reservada. Llovía mucho, y la hermana de una amiga se ofreció a llevarla a casa desde la discoteca, pero Eva no quiso. No se iba con cualquiera», dicen los padres, para explicar que es muy raro que se subiera voluntariamente al coche con alguien.

Para la juez que negó la prueba masiva de ADN, Olga Puig sólo tiene reproches: «Decían que era algo anticonstitucional. También lo es que mi hija salga a la calle y la maten. Fui a rogar a la juez, y me trató como un pingajo. Mi hija lleva 16 años en el cementerio».

Eva Blanco quería ser arquitecto. Le encantaba el dibujo. Era una admiradora de Bon Jovi y de la música africana. «Era muy sensible. Le enseñé a que tenía que ser siempre muy sincera, a llevarse muy bien con las amigas y a decir siempre las cosas a la cara. Saber quién la mató, para nosotros, supondría descansar. Alguien sabe quién lo hizo. Alguien que viva con el asesino. Seguro», sentencian.