CAMBIO DE GUARDIA

Rushdie en Madrid

Doce años más tarde, Nueva York fue atacado, luego Bali, Madrid, Londres… Miles de muertos

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Salman Rushdie desembarcaba ayer en la noche de los libros madrileña. Como salido del reino de la nada. De esa nada de ya un cuarto de siglo, a la cual lo condenó el edicto de cierto ayatolá senil un 14 de febrero de 1989. El motivo era grave. No hay uno peor para la desquiciada cabeza de un portavoz divino: Rushdie había escrito, sin el tembloroso respeto que eso requiere, acerca del indescriptible e irrepresentable Profeta al cual Alá dictó su Libro. «Comunico al orgulloso pueblo musulmán» –rezaba, en consecuencia, aquella alucinación lúgubre– «que el autor de los Versos satánicos –libro contra el islam, el Profeta y el Corán– y todos los que han participado en su publicación conociendo su contenido están condenados a muerte. Pido a todos los musulmanes que los ejecuten allí donde los encuentren».

Fracasó en matar a Rushdie, el clérigo. Aunque otros tuvieron menos suerte: un traductor japonés asesinado, un traductor italiano y un editor noruego gravemente heridos… Pero el envite islamista de Jomeini triunfó en lo decisivo: mostró hasta qué punto el democrático Occidente es débil cuando se ve en la constricción de enfrentarse al más nauseabundo de los despotismos: la teocracia, esa puesta del destino humano en las exclusivas manos de los gestores de Dios.

A Madrid vino Rushdie para presentar su último libro: las «memorias» de un tal Joseph Anton, individuo en el cual, a lo largo de esos años ocultos, hubo de transformarse el escritor para poder seguir vivo. Pero nadie cambia de nombre –cualquiera que haya sido un clandestino sabe eso– sin cambiar él mismo. El hombre fingido acaba por devorar al que hubo antes. El pseudónimo da fe de hasta qué punto el nombre que dice nuestra identidad es un artificio; un artificio la identidad misma. Es una experiencia casi teológica, ésa de percibir cómo este que somos –que creímos ser– es muy poco más que nada. Es, en el límite, nada. Que es el único modo de ser libre.

Millones de creyentes dieron fe, entonces, al dislate de Jomeini. Lo cual confirma que, en materia de dislates, a mayor enormidad, más grande el entusiasmo. Nadie que haya leído el Corán –todos deberíamos hacerlo, para cobrar una idea de lo que está en juego– puede asombrarse de eso. Sí sorprende la blanda tolerancia de nuestras sociedades libres hacia quienes proclaman la conveniencia de quemar libros. Y autores, si se tercia. «El escuadrón de Dios» –ha escrito en este último libro Rushdie, al narrar los amargos días del 89 en el curso de los cuales se vio glacialmente abandonado a sus propias fuerzas– «ponía a sus tropas en formación». Y vaya si esa formación resultó mortífera.

Las respuestas de los gobiernos occidentales fueron tímidas: se estaba en trance de salir de la guerra fría y nadie quería abrir los ojos ante la realidad de que una nueva guerra asomaba; y que esta guerra tenía un tinte anacrónico para el cual no estábamos preparados, una guerra de religión. El islamismo tomó nota de aquella debilidad –a la cual otros llamarán cobardía– cuidadosamente. Y preparó sus golpes mayores. Y doce años más tarde, Nueva York fue atacado, luego Bali, Madrid, Londres… Miles de muertos. Por todo el mundo. Fue el éxito de los siervos de Alá: la muerte del infiel, que al Grande y Misericordioso le es tan grata.

«Después de la revolución no habrá relojes», dictamina el Imán iluminado de los Versos satánicos. Y remata: «nosotros los destruiremos todos». Para hacer de la historia tiempo inmóvil: Paraíso. Lo que es lo mismo: Infierno.