Sadam Hussein, durante la celebración de su 61 cumpleaños
Sadam Hussein, durante la celebración de su 61 cumpleaños - ABC

Sadam Hussein: el punto débil del eje del mal

Presidente de Irak entre 1979 y 2003

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Tras los atentados del 11-S de 2001 en los Estados Unidos, George W. Bush puso en marcha la mayor operación de inteligencia de la historia para dar caza a Osama bin Laden, el cerebro de la matanza. Pero necesitaba hacer algo más y volvió su mirada hacia el eje del mal, en el que incluyó al iraní Mohammad Jatamí, al norcoreano Kim Jong-il y al iraquí Sadam Hussein. Los tres flirteaban con lo prohibido, ya que poseían armas químicas y estaban poniendo en marcha el embrión de su desarrollo nuclear con fines militares. Una vez constatado que Sadam era el punto débil de ese trípode, Bush hijo acometió la tarea que Bush padre no supo terminar con su Tormenta del Desierto en 1991: eliminar a Sadam.

El 2 de agosto de 1990 cometió Sadam Hussein el mayor error de su vida: la invasión de Kuwait, país con el que mantenía una larga disputa territorial por los pozos de petróleo fronterizos. Occidente temió una llamarada que incendiase Oriente Próximo. «Se enciende el Golfo del petróleo», decía ABC en su portada.
El 2 de agosto de 1990 cometió Sadam Hussein el mayor error de su vida: la invasión de Kuwait, país con el que mantenía una larga disputa territorial por los pozos de petróleo fronterizos. Occidente temió una llamarada que incendiase Oriente Próximo. «Se enciende el Golfo del petróleo», decía ABC en su portada.

Y es que Hussein se había ganado a pulso un lugar destacado entre las grandes amenazas para la humanidad. En 1980, apenas un año después de llegar al poder, ya estaba en guerra con su teocrático vecino, el Irán de los ayatolás. Fueron ocho años de conflicto a la vieja usanza de la I Guerra Mundial: trincheras y gas mostaza, con miles y miles de muertos. El motivo fue el petróleo y nadie ganó la contienda. Aunque Sadam afianzó su posición tanto en Irak como en el seno de la Umma árabe, de la que llegó a considerarse un nuevo califa.

Tan endiosado salió de aquella sangrienta contienda que, creyéndose el paladín del socialismo árabe, dos años después, el 2 de agosto de 1990, sus blindados invadían el vecino Kuwait y derrocaban a su emir, Yaber al Ahmad al Sabah. El temor a un estallido que abrazase todo Oriente Próximo sacudió a Occidente, pero pronto se disiparía: en apenas cinco meses, Washington puso en pie una coalición de 115 países que, entre el 17 de enero y el 11 de abril de 1991, derrotó por completo a Sadam. A la que se creía temible Guardia Republicana le faltó desierto para correr. Liberado Kuwait, Estados Unidos cometió, a su vez, un grave error al permitir a Sadam seguir en el poder.

La década siguiente, el carnicero de Tikrit masacró a placer a su propio pueblo: kurdos, chiíes y a todo aquel que considerase un potencial opositor. Pero le estaba llegando su hora.

El mazazo del 11-S, con Bin Laden huido, requería una respuesta, y Sadam Hussein fue el objetivo. Bush hijo orquestó una campaña internacional contra el tirano iraquí. So pretexto de su pretendido arsenal de armas de destrucción masiva, Irak fue invadido el 20 de marzo de 2003 y el 1 de mayo se declaraba el fin de las operaciones, con Sadam en fuga. El 13 de diciembre de ese año fue localizado en Tikrit, en un agujero, como una rata. Después de tres años de juicio sería ahorcado en Bagdad. El vídeo de su ejecución, de apenas dos minutos, daría la vuelta al mundo.