La primera ministra, Theresa May - Reuters

La UE concede a May otro plazo hasta el 31 octubre pese a las dudas de Francia

Los Veintisiete no creen que la primera ministra sea capaz de ratificar el Tratado de Retirada antes de las elecciones europeas de mayo

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Vestida con un austero traje azul, el color de la bandera europea, la primera ministra Theresa May llegó ayer a Bruselas, una vez más, a pedir una nueva prórroga del artículo 50 de modo que se pueda retrasar la salida del Reuno Unido de la UE. Durante una hora trató de convencer a los demás miembros del Consejo Europeo de que solo necesita unos cuantos días para -esta vez sí- aprobar la ratificación del Tratado de Retirada de modo que se pueda producir una salida ordenada antes de las elecciones europeas. Los líderes de los 27 países que le escuchaban no acabaron de creerla y optaron por una prórroga más larga, que incluye que los británicos deben participar en las elecciones europeas del mes de mayo y el Reino Unido seguirá siendo miembro de la UE hasta el 31 de octubre, con la esperanza de que en este tiempo sean capaces de ponerse de acuerdo sobre qué hacer con su futuro. La fecha coincide con el fin del mandato de la actual Comisión europea, lo que significa que si se cumplen los plazos no habrá discusión sobre si Londres debe o no tener un comisario si mantiene sus planes de abandonar la UE.

El presidente francés, Emmanuel Macrón, mantuvo un pulso a los demás dirigentes durante toda la noche porque sostenía que May no había dado ni garantías ni promesas de que puede hacer cambiar el panorama político para lograr la ratificación del Tratado de Retirada. Por ello logró que la extensión hasta octubre esté condicionada a una revisión en junio en la que los europeos puedan valorar si realmente esta prórroga ha servido de algo.

Y pese a todo, ayer daba la impresión de que la frase con la que el presidente del Consejo, Donald Tusk, cerró la pasada cumbre en marzo y en la que se le dio a May una primera prórroga que caduca este viernes, podría ser premonitoria. Después de una noche de discusiones como la de ayer, una vez que se acordó prolongar el plazo antes de que el Brexit sea inevitable, Tusk dijo que habían querido dejar abiertas distintas posibilidades y que por eso decía que «todas las opciones están abiertas». Para un impenitente partidario de que el Reino Unido se quede en la UE, esa frase de Tusk quería alentar a May a tomar alguna decisión política, como la convocatoria de unas elecciones generales o incluso un nuevo referéndum. El caso ha sido que Theresa May ha usado estas semanas solo para seguir dando vueltas al mismo potaje parlamentario y ni siquiera la inédita decisión de ponerse a negociar con el líder laborista Jeremy Corbyn ha servido para desbloquear la situación.

La «premier» cena sola

Así que ayer volvió a pasar el mismo calvario que en las cumbres anteriores: puede entrar en la sala e incluso bromear con la canciller alemana, Angela Merkel, porque la coincidencia en el color de su vestido no había pasado desapercibida a algunos fotógrafos. Los demás escuchan sus argumentos y acto seguido le hacen salir para que la decisión sobre el futuro del Reino Unido la tomen los demás mientras cenaban juntos. Ella se limitó a esperar, sola, en las dependencias asignadas a su país. En la cumbre del mes pasado no quiso ni que le sirvieran el mismo menú como le ofrecían los servicios de protocolo del Consejo, y prefirió pedir su propia cena a un restaurante del barrio europeo.

La discusión esta vez estuvo centrada en la cuestión crucial de la participación británica en las elecciones europeas y la desconfianza generalizada por parte de los Veintisiete en que May pueda lograr a corto plazo hacer que el Parlamento británico ratifique el Tratado de Retirada. Una prórroga corta habría sido no solo de incierto cumplimiento sino que llevaría aparejada la necesidad de convocar una nueva cumbre extraordinariaantes de las elecciones europeas. Sin embargo, aunque participen en las elecciones de mayo, el tiempo permitiría sosegar el juego.

En realidad, Theresa May ya había dejado entrever a su llegada que daba por hecho que la propuesta de los europeos sería esa, que el Reino Unido participe una vez más en las elecciones europeas, mientras que la discusión de los Veintisiete se centró en las garantías de que ello no significaría que el virus que hay envenenando la vida política británica se propague a las instituciones europeas. Para varios países, se da por hecho que todos los miembros están obligados por el Tratado a comportarse de forma noble y sensata, pero a la vista de lo que está pasando en Londres puede haber dudas de que, al menos, una parte de los eurodiputados que sean elegidos en el Reino Unido vendrán a Bruselas con la idea de proceder como auténticos gamberros. O que si hubiera un cambio de gobierno y el sucesor de May fuese un partidario de un Brexit más traumático, podría dedicarse a boicotear cualquier decisión en el Consejo, que es lo que más inquieta a Francia. El problema es que mientras el país siga siendo miembro, lo será de pleno derecho y es legalmente complicado negarle sus derechos en las instituciones.

La UE tiene que decidir en los próximos meses cosas como la elección del presidente de la Comisión y los presupuestos para el próximo periodo de siete años. Varios jefes de Gobierno han insistido en que la UE tiene la obligación de proteger sus instituciones y evitar que «se conviertan en un guiñol» como lo definió el presidente del Parlamento, Antonio Tajani.