«Charlie Hebdo» publicó las caricaturas danesas con una portada en la que se representaba a Mahoma tapándose los ojos
«Charlie Hebdo» publicó las caricaturas danesas con una portada en la que se representaba a Mahoma tapándose los ojos - EFE
análisis

En 2006, solo 3 de 1.400 diarios de EE.UU. publicaron las «caricaturas danesas» de Mahoma

El ataque contra Charlie Hebdo reabre el debate en Occidente sobre cómo defender los valores liberales frente a quienes ya en 2006 decían en Londres «al infierno con la libertad de expresión»

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En febrero de 2006, al menos 200 personas murieron en países como Kenia, Pakistán y Líbano durante la explosión de violencia que siguió a la publicación en septiembre del año anterior de doce caricaturas de Mahoma en un diario danés. Lo que muchos occidentales consideran –de forma resignada unos, con entusiasmo voltairiano otros– como un saludable derecho a blasfemar y reírse de los dioses es percibido por la minoría fanática del Islam como una afrenta sancionable con la pena de muerte.

Durante la crisis de las llamadas «caricaturas danesas» de hace ocho años, muchos musulmanes de buena fe se sintieron violentados. El Islam prohibe la representación gráfica de Alá y de su profeta por temor a caer en la idolatría. Los dibujos publicados por el diario danés Jyllands-Posten generaron entonces protestas espontáneas. Muchas legítimas. Pero luego vino el cínico grito en el cielo de ciertos gobiernos autoritarios de países musulmanes (mucho menos celosos de otras libertades individuales cuando son sus ciudadanos los beneficiarios, claro).

Hubo un cínico grito en el cielo de ciertos gobiernos autoritarios de países musulmanes

Y a las quejas diplomáticas siguieron los ataques a embajadas occidentales en Kabul, Líbano y Siria. Y la quema de iglesias cristianas. Y los muertos de entonces. Y la ejecución extra-judicial y sanguinaria de doce seres humanos en una calle de París de esta semana [así te lo hemos contado en directo]. A la minoría rigorista, fanática y armada de una religión cuya mayoría quiere vivir en paz no le hace gracia el humor.

«Al infierno con la libertad de expresión»

«Al infierno con la libertad de expresión», rezaba la pancarta de una concentración integrista celebrada en febrero de 2006 en Londres en protesta –supuestamente– por las caricaturas danesas. Con los valores ilustrados que salvaguardan –con todas sus limitaciones e imperfecciones– un modo de vida liberal de nuevo bajo el asedio del fanatismo yihadista, ¿cuál debe de ser nuestra reacción? ¿Sacarle un dedo al fanatismo, como hacía el diario inglés The Independent ayer?

Publicar o no publicar –las viñetas danesas entonces, las portadas de Charlie Hebdo hoy– es el dilema que atormenta a las redacciones. En 2006, el semanario martirizado Charlie Hebdo fue una de las primeras publicaciones en republicar las viñetas del Jyllands-Posten danés. Le siguieron unos 70 periódicos de más de 30 países europeos –incluidos en España ABC, El Mundo o El Periódico de Cataluña–, según la recopilación de la Asociación Mundial de Periódicos (WAN-Ifra).

Sin embargo, en Estados Unidos solo tres de más de 1.400 diarios dieron el paso: The Philadelphia Inquirer, The Austin American-Statesmany The New York Sun. La brecha trasatlántica se manifestó entonces en forma de viñetas. Ningún diario británico, ni canadiense ni australiano reprodujo tampoco las caricaturas del diario danés mostrando de forma satírica al profeta Mahoma.

Portada de Charlie Hebdo del 7 de enero, el día en que sufrió un salvaje atentado
Portada de Charlie Hebdo del 7 de enero, el día en que sufrió un salvaje atentado

«The New York Times y la mayoría de los medios del resto del país han informado sobre las caricaturas pero se han abstenido de mostrarlas», justificaba el diario neoyorquino en su editorial del 7 de febrero de 2006. «Esto parece una decisión razonable para organizaciones periodísticas que habitualmente se abstienen de atacar gratuitamente a los símbolos religiosos, especialmente teniendo en cuenta que las viñetas son muy fáciles de describir con palabras», decían.

Esta semana, ni el New York Times, ni la agencia Associated Press, ni las grandes cadenas de televisión de EE.UU. han reproducido tampoco ninguna de las polémicas portadas de la revista francesa con Mahoma como protagonista. «Según nuestros estándares, no publicamos normalmente imágenes cuya intención deliberada es ofender sensibilidades religiosas», explicaba ayer un portavoz del rotativo. En la prensa británica, algunos como The Daily Telegraph optaban por cortar o pixelar las ilustraciones del profeta del Islam.

Ayer por la mañana, mi colega Fernando Lázaro de El Mundo se mostraba así de categórico en un debate sobre el asunto en Twitter.

En España, los diarios líderes El País, ABC y El Mundo ilustraban sus portadas de la edición impresa de ayer con imágenes del atentado, como hacían el International Herald Tribune o The Times. En la prensa española, La Razón y Las Provincias (editado como ABC por el Grupo Vocento) optaron por reproducir portadas del semanario atacado. Una decisión y la otra fruto del mismo debate editorial responsable con el que las redacciones –traumatizadas por el ataque– afrontan la cobertura de una de las grandes amenazas a las libertades y a las sociedades democráticas.

En Estados Unidos, nuevos medios de la era digital como BuzzFeed, Business Insider, The Huffington Post, Gawker y The Daily Beast sí reprodujeron, en cambio, portadas de Charlie Hebdo con alusiones a Mahoma. «Muchos medios [de EE.UU-] censuran las viñetas satíricas tras el atentado», denunciaba el portal Buzzfeed. De nuevo, la decisión de publicar o no publicar reflejaba un dilema más profundo sobre la mejor manera de defender las libertades que el fanatismo yihadista quiere aniquilar.

En un duro artículo, el profesor de la City University de Nueva York y «gurú» digital Jeff Jarvis advertía que «la libertad de expresión es un derecho humano, no un privilegio americano», y exigía a los medios estadounidenses «valor» para publicar las portadas de Charlie Hebdo.

Sin embargo, el debate va mucho más allá de la mera selección gráfica –soberana e intransferible– de cada periódico para su portada. ¿Debemos acaso interpretar esos mayores escrúpulos de la prensa anglosajona como una cesión del modelo multicultural ante la intimidación del radicalismo islámico, como interpretan algunos? Así, en febrero de 2006, el respetado columnista del Washington Post, Charles Krauthammer, concluía que «la masa ha vencido». «La masa ha convertido este caso [el de las caricaturas danesas] en un test sobre la libertad de expresión en Occidente, los diarios alemanes, franceses e italianos que republicaron las viñetas no lo hacían para informar sino para desafiar, para afirmar que no serán intimidados por la masa», escribía entonces.

El largo asedio que nos espera

Al mismo tiempo, ¿acaso no refleja ese celo en reivindicar el derecho a la blasfemia en la Europa continental también nuestra propia incomodidad civilizatoria ante la creciente presencia del «otro» musulmán en nuestras sociedades, como afirman otros? «La cobertura informativa de la religión determina la capacidad de las sociedades de abordar con libertad y rigor cuestiones que son centrales a las raíces de la democracia y el respeto a los derechos humanos, y esto de forma más crucial aún desde que la religión se ha convertido en una cuestión global», analiza con tino el periodista belga Jean-Paul Marthoz en este análisis publicado por el Comité para la Protección de los Periodistas de Nueva York.

La gravedad existencial que plantea la guerra del fanatismo islamista contra la libertad de expresión no deriva del brutal ataque contra la prensa que supone. Ni siquiera de su afán de aniquilar la sagrada libertad de los periodistas de acertar o equivocarnos con una foto de portada. En la calle Nicolas Appert de París corrió la sangre de todos nosotros, desde Montaigne y Voltaire hasta el último hijo de inmigrantes mahometanos nacido en suelo europeo. Y los cadáveres que allí yacían son víctimas de un asedio que será largo, y que requerirá nuestras mejores portadas, muchos lápices y pancartas silenciosas, así como la acción infatigable de jueces, fiscales, policías y militares.